Lunes, 14 Oct,2019
20 años terremoto de Armenia / ENE 25 2019 / hace 8 meses

Armenia: 20 años reconstruyendo la esperanza

La “Ciudad Milagro” le hizo, le hace y le seguirá haciendo gala a un apodo que retrata fielmente su historia, su lucha, su gente. 

Armenia: 20 años reconstruyendo la esperanza

Foto : LA CRÓNICA

Terminaban los años 20 del siglo ídem cuando el poeta Guillermo Valencia, fascinado por el crecimiento y el progreso que mostraba una joven y naciente urbe del corazón de Colombia, no dudó en afirmar que se encontraba ante un “milagro de ciudad”. El político y literato, acostumbrado a crear mundos con versos, lejos estaba de dimensionar cuán premonitorio resultaría ese apelativo y con el cual, sin querer, se graduaría de vidente.

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Esa joven ciudad, homónima de una antigua república soviética, se convirtió cuarenta años después en la capital de uno de los departamentos más jovenes de Colombia. Entre cafetales y en medio de las tres urbes más importantes del país, sin pausa pero sin prisa, aprendió rápido a llevar la responsabilidad que conlleva ser “capital de”. Y con treina y tres años de experiencia en su currículo, el “milagro” de ciudad se encaminaba a entrar al nuevo milenio.

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¿Es 1999 el último o el penúltimo año del siglo XX? ¿Qué es eso del Y2K y cómo me afecta? ¿Tendrá éxito el proceso de paz entre el aún novel presidente Pastrana y las Farc? … Eran solo algunas de las preguntas que, quizás, rondaban en la mente de los armenios en la mañana del 25 enero de 1999. Un día como cualquier otro.

O al menos así fue hasta la 1 de la tarde, 19 minutos y 15 segundos. Porque apenas un segundo después, la naturaleza y su dinámica de movimientos, placas y fallas generó una onda de 6,2 grados que partió cerca del municipio de Córdoba, a 17 kilómetros de Armenia, y continuó expandiéndose por todo el departamento y regiones vecinas.

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Fue la capital del Quindío, la “ciudad milagro”, la que apenas había cumplido su primer centenario de vida administrativa diez años atrás, la que recibió el golpe más fuerte de la onda, como si ese “milagro” del que hablaba Valencia le diera a la naturaleza carta blanca para probar a su gente de manera excepcional. Los poco más de 20 segundos que duró el remezón fueron suficientes para mover los cimientos de la urbe en crecimiento y hacer caer edificios como fichas de dominó, castillos de naipes y demás lugares comunes que incluso parecen demasiado benéficos con las dramáticas escenas.

 


“La tierra rugió y sus entrañas se movían en unas ondas que parecían olas. Vimos caer el edificio de la asamblea departamental, vimos los edificios de Armenia en el sitio donde empezaron a tener vida hace años. Vimos la gente llamar a Dios porque en estos momentos a nadie más se puede invocar”, escribían en su momento los periodistas Jota Domínguez y Alberto Naranjo en la primera edición de LA CRÓNICA tras la tragedia, el 27 de enero de 1999.

Y no fue suficiente con el primer movimiento. La geodinámica y la física no entienden de treguas o de súplicas —y los humanos tardamos en entender nuestra pequeñez—. Una réplica de 5,5 grados, cuando el reloj marcaba las 5:40 de la tarde, acabó por hacer más complejo el panorama. Luego, la noche, la oscuridad y con ella el resurgir de los más bajos instintos que permanecen en el 'cerebro reptiliano' del ser humano y que, para unos más que otros, se expresan con más intensidad cuando hay caos.
 


“Orden y autoridad, por favor”, pedía a gritos la portada de LA CRÓNICA el 30 de enero de 1999, día en el que todavía no se había podido controlar las turbas irracionales a las que no les importaba llevarse dos tenis izquierdos o pacas de papel higiénico sin tener siquiera en donde dormir o qué comer.

“Duele mucho ver la ciudad de Armenia, arruinada, en manos de saqueadores, destruida por el terremoto, con una economía paralizada, sin intercambio de bienes y servicios y dejada a la buena suerte”, se lamentaba el editorial del periódico, con un tono que dejaba ver la indignación y el miedo que se respiraban en la ciudad.

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400... 600... 800.. 900. La lista de víctimas fatales aumentó y sobrepasó los 1.000. 1.185 para ser exactos, según el Dane, 1.111 de ellos en el Quindío y 929, el 78,4% del total, en Armenia. Los heridos fueron más de 8.300, las viviendas afectadas en el departamento fueron 90.471 —49.927 en la capital—, lo que llevó a que 158.918 personas vivieran en alojamientos temporales. El valor total de los daños ascendió a 2,7 billones de pesos de la época.

Cifras que al final ayudan a entender un poco la magnitud de la tragedia, pero que están lejos de ser un fiel reflejo de lo sucedido. Con el tiempo, los números que se fueron agregando directa o indirectamente al balance permitieron entender más las secuelas del hecho.
 


El departamento pasó a estar entre los tres primeros lugares de escalafones que nadie quisiera liderar: desempleo, consumo de alucinógenos y tasa de suicidio. A lo que se le sumó una grave crisis de liderazgo que tiene como “punta de lanza” a su capital: no es casualidad que los últimos cuatro alcaldes de Armenia elegidos por voto popular —David Barros Vélez, Ana María Arango, Luz Piedad Valencia Franco y Carlos Mario Álvarez Morales— terminaran implicados en escándalos de malas decisiones, extrañas contrataciones y/o investigados por manejo irregular de los dineros del estado.

Pero no todo es negativo. 20 años después de aquella dramática fecha, Armenia muestra una cara renovada. Ni la tragedia, ni el vandalismo, ni la corrupción pudieron arrebatarle a los armenios la esperanza. Esa misma que permite confiar en que el mañana puede ser mejor.

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La “Ciudad Milagro” le hizo, le hace y le seguirá haciendo gala a un apodo que retrata fielmente su historia, su lucha, su gente. Y hoy por hoy, casi 100 años después de que Guillermo Valencia lo dijera por primera vez, la vigencia de sus palabras sigue siendo la misma que en ese entonces: no queda la menor duda de que Armenia es todo un milagro de ciudad.


Álvaro José Carvajal Vidarte
LA CRÓNICA


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