Martes, 21 May,2019
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El amor es una adicción

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Los sentimientos románticos se relacionan con los sistemas de recompensa, mediados por la dopamina del centro del placer. Estos le facilitan a la persona desarrollar conductas que respondan a hechos placenteros, generando un comportamiento reiterativo como las drogas o el juego. 

Al activarse el núcleo accumbens —vinculado a la experimentación de recompensa—, el cual interviene en las “conductas adictivas”: apuestas, drogas, beber, comer, cleptomanía, apego o sexo; de este modo el amor se comporta como una adicción, ya que se puede convertir en una ferviente e intensa obsesión. 

La persona adicta al amor busca en todo momento la gratificación emocional, siempre pretende estar en una alta autoestima y en el clímax del amor romántico —amor apasionado, obsesivo, encaprichamiento, etc.—, mediante el torbellino embriagador del romance y las relaciones sexuales. 

Un adicto al amor se comporta como un adicto a cualquier sustancia o hábito, puesto que pasa mucho tiempo esforzándose por tener al lado a la persona de su adicción. Esta gente valora el amor hacia el otro por encima de sí misma, y se enfoca exclusivamente en el ser amado, de forma obsesa, con todo el interés de su existencia, pero bajo el manoseo de la dependencia de la tentación afectiva que lo motiva.

El adicto al amor, ama amar el amor, y en ese estado adictivo solo entiende que el único remedio para curar lo que siente, es disfrutar lo ofrecido por la felicidad. Se le descomponen las maquinarias regentes del corazón y la cabeza. Su universo gira en torno a la persona amada; vive de suspirar y releer, una y mil veces más, los mensajes de la pintiparada de su idilio. Se extasía en pedazos, sintiéndose vencedor por la euforia que le producen los abrazos y besos de la pareja, incitado por el círculo vicioso de pasar más tiempo con ella.

A los hombres al igual que las mujeres, no los mueve de forma exclusiva el sexo, también son presa de una pasión legítima. Si les importa el amor, —al conocer a una persona que les haga disfrutar el fuego de la impetuosa pasión—, olvidan la lógica de toda situación; corren riesgos y se aventuran a disfrutar el brillo y embrujo de unos cautivadores ojos. Es ahí donde hacen todo tipo de manifestaciones públicas —besos, caricias, presentan a la pareja a los amigos, a la familia—, y tienden a desarrollar una mayor actividad sexual. Al adicto al amor se le nota la sinceridad de sus emociones y sentimientos a primera vista, se involucra demasiado en su pasión y frenesí, a tal punto que se descuida a sí mismo. La felicidad de su desenfreno afectivo se resiste a la realidad que exige la inteligencia o la prudencia; crea un contubernio contra la lógica y la razón, ante el influjo del ardiente amor, tirado a la bartola en la efusión de sus emociones.

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