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¡No más violencia sexual!

Las opiniones de los blogueros son de su estricta responsabilidad y no representan la opinión de este portal.

Violencia sexual es todo acto sexual, propósito de consumar un acto sexual, comentarios o sugerencias sexuales no deseados, o acciones para mercantilizar o utilizar de alguna manera, la sexualidad de una persona mediante coacción por otra, con independencia de la relación de esta con la víctima, en cualquier ámbito, incluidos el hogar y el lugar de trabajo.

En el centro sexológico donde laboro, el porcentaje de personas que declararon haber sido víctimas de agresiones sexuales es del 21% en mujeres y 3% en hombres. Las mujeres y los menores (niñas y niños, la mayoría menores de 15 años, de nivel socioeconómico medio y bajo, en mayor proporción) constituyen el grupo de mayor riesgo. Es curioso que las víctimas sean minoría cuando tienen un nivel de educación superior.

Las personas conocidas (vecinos, parejas, amigos, etc.) y familiares (padrastros, abuelos, tíos, etc.) son el subgrupo donde se concentran la gran mayoría de los victimarios.

Las relaciones sexuales forzadas no solo son distintas al derecho al goce, sino que son contrarias. He ahí la importancia de enfatizar en los programas de prevención e información a los menores sobre el respeto a sus derechos sexuales. En los adultos está centrada la responsabilidad de educar, no la infalibilidad de los hechos, puesto que todos podemos equivocarnos, pero no el descuidarnos. 

La sexo-educación es el camino a la disminución y eventual erradicación de la violencia sexual, por eso el papel del sexólogo no es buscar el cariño o la aprobación de las personas ni de la sociedad. Nosotros estamos para enseñar, prevenir y evitar el crecimiento de las víctimas, aunque nuestras ideas a veces resulten desagradables o eventualmente inconvenientes ante los ojos de la crítica.

No a la doble moral, en que a veces sabemos o conocemos el acoso sexual al que está sometido alguien, pero la indignación no convence tanto por la falta de intervención como en la hipocrática sorpresa mostrada. Ante la falta de responsabilidad o por el temor de denunciar se mira de soslayo la violencia sexual, y cuando los hechos quedan al descubierto revelando la precariedad social en que vivimos, ya es poco lo que hay que hacer por la víctima o el victimario. 

La lógica dialéctica de la educación sexual, en contra de la incultura sexual en la que vivimos, tiene que compadecerse de las víctimas con un esfuerzo operativo de las escuelas, universidades y demás centros de formación, en la búsqueda de erradicar la violencia sexual.

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