Blogs / Salud / Noviembre 11 de 2017 / Comentarios

La no “patologización” de la sexualidad

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La sexualidad humana es la esencia misma de la persona; es decir, es una capacidad fundamental del hecho de ser humano, la cual es necesaria para identificar al individuo como el humano que es. Se encuentra íntimamente relacionada con la afectividad, la capacidad de amar y la aptitud para relacionarse con los demás, es por ello que se debe aplaudir de forma axiomática que «toda persona es un ser sexual desde que nace hasta que muere».

La sexualidad es una cuestión primordial en el humano, y está vigente a lo largo de su vida. El sexo, erotismo, placer, intimidad, reproducción, orientación sexual e identidades y papeles de género, se encuentran implícitos en ella; a la vez se experimenta y manifiesta mediante actitudes, conductas, deseos, fantasías, creencias, pensamientos, valores, prácticas, papeles y relaciones interpersonales; por lo tanto, influye en la calidad de vida, pues abarca un conjunto de circunstancias anatómicas, afectivas, fisiológicas, culturales, emocionales, sociales y de conducta.

Al hablar de sexualidad estamos involucrando todo lo que expresa el hecho de ser humano, de ahí surge entonces la siguiente reflexión: «existen tantas sexualidades como personas», debido a que somos seres únicos e irrepetibles, producto de una coincidencia de condiciones particulares que influyen de un modo diferente en cada individuo; lo cual significa que nadie tiene la obligación de comportarse sexualmente como el otro.

Me atrevo a declarar que la sexualidad humana ha venido evolucionando de la mano de la historia, ya que se comporta de forma dinámica y adaptativa, dependiendo de cada época, tiempo o cultura. Es por eso que las peculiaridades de hoy o del ayer, pueden ser antagónicas, dependiendo del contexto en que las analicemos.  

La práctica de una sexualidad responsable se determina cuando se vive la sexualidad con libertad, prudencia, integridad, ponderación, beneplácito, seguridad, satisfacción y gozo, a través del placer; de tal manera, que no son los instintos los que nos orientan, sino un albedrío consciente e inteligente, capaz de discernir entre el bien y el mal, por ello podemos actuar respetándonos y respetando a los semejantes.

Si una persona vive y disfruta su sexualidad, de manera distinta a las demás, sin generarse daño a sí mismo ni a nadie, y no entra en conflictos con la pareja, -independientemente que experimente su sexualidad con o sin la participación de los genitales-, no hay razones para “patologizarlo”, puesto que no se ha convertido en un disgusto; máxime cuando la satisfacción de sus necesidades básicas, llámense deseo de contacto, expresión emocional, intimidad, placer, ternura, amor, etc., están siendo garantizadas. Lo importante es entender que la «sexualidad es más que un pene y una vagina».

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