Miércoles, 20 Mar,2019
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La indignante muerte de la pequeña Isabel Sofía

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Isabel Sofía Medina Guarnizo era una bebé alegre y risueña. Las fotografías que sus padres ahora guardan celosamente, la muestran sonriendo, con sus mejillas abultadas, y sus ojos llenos de ansias por vivir.

Así fue su corta vida. Dos meses en los que llenó de amor su hogar. Pero esos ojitos se cerraron en medio de la indolencia de un mundo que no alcanzó a conocer.

Isabel Sofía murió sin entender nada. No entendía aquel pequeño ser por qué en este país donde había nacido le negaban la posibilidad de salvar su vida. No entendía aquel angelito por qué no la podía ver un especialista ni la podían trasladar a un hospital donde se tuviera todo lo necesario para que ella siguiera viva.

Murió sin entender qué es una EPS o por qué los directivos de estas podían decidir si ella seguiría viviendo o no.

Isabel Sofía murió a pesar del esfuerzo de sus padres y de sus familiares. Murió a pesar del esfuerzo  en vano de uno que otro ciudadano, de uno que otro periodista o de uno que otro médico que intentó brindarle ayuda, pero que nada pudieron hacer ante la ineficiencia de nuestro sistema de salud y de los entes que deberían defendernos sin importar si es domingo, festivo o navidad. Sus familiares buscaron ayuda en la Defensoría del Pueblo, en la Personería Municipal y en cuanto lugar les dijeron que acudieran, pero todas las puertas cerradas por fiestas navideñas, fin de semana o vacaciones de fin de año. Como si la muerte y los atropellos en este país tuvieran vacaciones.

Y es que solo hasta el lunes, con ayuda de la Personería Municipal de Armenia, pudieron instaurar una tutela contra Caprecom, la EPS en liquidación que no autorizó el traslado de la niña a otro centro asistencial, y contra SOS, la EPS a la que estaba afiliado el padre de la bebé y que le negó la afiliación a la niña porque les generaría elevados gastos. El fallo de esa tutela llegó el martes cuando la bebé ya había muerto. Ese fallo ya no interesa, lo que ahora exigimos es justicia.

Justicia contra la negligencia de todos los implicados en la muerte de esta bebé. Justicia para que se acabe ya con las máquinas asesinas que son las EPS. Entidades del horror creadas a partir de la Ley 100, aquella que el Senador Álvaro Uribe Vélez promovió en 1993 en una muestra más de su búsqueda por favorecer a los más adinerados de este país y del extranjero. Gracias a esta ley la salud se convirtió en un negocio en el que un buen médico ya no se mide por las vidas que salva sino por el dinero que recauda.

Pero Isabel Sofía no sabía de eso. No sabía lo que es una ley y mucho menos quien es Uribe Vélez. No sabía de dinero ni mezquindades. Ella solo quería vivir.

Y sus papitos, que con impotencia tuvieron que ver cómo dejaban morir a su niña, solo soñaban con verla crecer. Seguramente nunca pensaron en perderla tan pronto y soñaban desde el día en que nació, verla crecer corriendo por su casa, escuchar su primera palabra y ver salir su primer dientecito como grano de arroz. Soñaban con curar su primer raspón y reprenderla por su primer berrinche. Ahora nada de eso será posible.

¿Qué más situaciones horribles deben suceder para que los colombianos entendamos que esto no puede seguir pasando y que rebelarnos contra estas injusticias ya no es una opción sino un deber y una obligación para con nuestros propios hijos?

La muerte de esta bebé nos debe indignar a todos y movilizarnos a todos en una sola voz en contra de un sistema oprobioso que nos está aplastando y que podría cobrar mañana la vida de cualquiera de nuestros niños o de nosotros mismos.

¿Vamos a seguir rasgándonos las vestiduras por Venezuela o porque nos roban una corona, mientras nuestro país se deshace a pedazos? ¿Mientras mueren nuestros vecinos en la puerta de los hospitales? ¿Mientras congresistas y gobernantes pisotean a nuestro propio pueblo?

Es hora de despertar. Plantones, marchas y movilizaciones para que esto no vuelva a suceder. Ese será el mejor homenaje para Isabel Sofía Medina Guarnizo, el angelito cuya sonrisa ahora brilla desde el firmamento.

Si no defendemos nuestros derechos, nadie va a venir a defenderlos por nosotros.


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