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Una noche sinigual...

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Una sensación distinta: volver al Centenario y encontrarlo habitado para un partido de fútbol profesional. Si parecía que era un algo del pasado que nunca iba a volver. Cambiar el panorama lóbrego y desolador de tribunas desiertas por el ruidoso acontecer de una fanaticada, aunque no fuera la nuestra…

No importaba ni siquiera el dolor y la vergüenza de ver y oír a nuestro equipo rechiflado por una marea que se vestía de rojo, con la firme decisión de irrespetar el feudo nuestro.

Qué iba a importar el coro que acompañaba a los escarlatas desde las cuatro esquinas de un país que está empeñado en la gran cruzada por el ascenso de los “diablos”. A un lado, la gran prensa nacional que no había tenido ni una nota, ni una palabra, para hablar del rival de “la mecha” en esa noche de gala, dispuesta para los trapos rojos, insultantes en  las cornisas del Centenario.

Adentro, los hinchas pocos que nos atrevimos por amor a desafiar el lógico temor a los vándalos que saben aparecer en estas circunstancias, sentíamos un escalofrío de nervios y de coraje al mismo tiempo por vernos despreciados, minimizados como el enemigo derrotado antes de enfrentarlo.
Como en tiempos de la historia, cuando se burlaban los grandes de verdad de nuestro viejo y amado estadio y osaban vernos tan pequeños, en la cancha los once del ‘Cheché’, debieron recibir una oleada de orgullo que bajaba del cemento, acompañada de un deseo de venganza deportiva. Y se revitalizaron de tal modo que se olvidaron de la languidez de otros partidos, de la modestia de su juego que solo les permitió llegar con apuros a la cita del final, para erguirse en cada momento, en cada pasaje del juego y decir: aquí estamos, no nos han ganado; la tendrán que sufrir.

Y cómo la sufrieron. Los vimos a todos con los rostros desencajados, mirando hacia el suelo por la arrogancia que habían tenido, traducida al final en la vergüenza del que sale derrotado y con los alamares perdidos en medio de la refriega. No sé cuál irá ser la suerte de mi Quindío en este intento por la gloria de subir, pero el goce que nos dio en esa noche, ha compensado largamente momentos amargos del ayer y del mañana.

Hubo tantos abrazos y tantos golpes de pecho por las culpas de insultos recientes, que hasta ganas tuvieron de treparse al palco y estrecharse con Hernando Ángel en acto sincero de reconciliación. Pero, tranquilos, solamente fueron ganas… Porque falta todo aún, los puntos de aquí y de allá, la contrición de corazón y la confesión de boca para nunca más volver a las andadas de un equipo pobre y mermado de esperanzas.

Todo fue tan bueno. En la salida no hubo zafarrancho porque los americanos se fueron tan maltrechos que ni siquiera tuvieron alientos momentáneos para reaccionar ante el peso glacial de la derrota. Cuando despertaron del marasmo ya las luces de Armenia estaban muy distantes. Felices aquí, los guardas de tránsito también se apuntaron en el equipo triunfador y lo evacuaron todo con una limpieza singular.

No me duele tanto el empate que nos flageló en el último minuto de la heroica; al fin y al cabo, el de allí fue otro puntazo. Me llena de regocijo el alma la victoria de esa noche, en la que ni el frío quiso arrimarse porque sabía que por dentro estábamos ardiendo de pasión.

 

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