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La nicotina y su condena de muerte

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Se es parte de  una especie, que tiende a despreciarse a sí misma. Nunca se eligió ser parte de ese grupo tan poco selecto, no es de mortales tener esa clase de derechos, pero si es de humanos contraer ciertas obligaciones como amar, temer y odiar,  puesto que no se puede existir sin ese abanico de sensaciones básicas.

Se vive cada vez menos y se muere cada vez más. Esas fueron las clausulas pactadas a cambio de los maravillosos beneficios de vivir, y por eso la muerte lleva en su bolsillo su propio reloj de arena.

Lo preocupante es esa tendencia a la autodestrucción que tiene el ser humano. Se vive menos debido a ese constante flagelo en el cual esta raza se encuentra supeditada. El autocastigo se convirtió en nuestra bomba atómica de bolsillo, todo lo que el hombre crea está condicionado a destruirlo: armas, drogas, alimentos transgénicos, maquinarias, la industria estética entre otros, que  resultan siendo  detonantes de una crónica que anuncia la muerte.

La organización mundial de la salud afirma que cada cinco segundos muere alguien por consumo de cigarrillo, un estudio bastante alarmante si se tiene en cuenta la enorme población fumadora.

Con bastante vergüenza pero con mucha gallardía acepto que fui uno de esos fumadores empedernidos, pero  es aún más triste aceptar que  facturé mi vida de fumador desde muy temprana edad. Inicié el camino desde los dieciséis años hasta los 27. Once años esclavo de la nicotina. Once años privado de la libertad; una década de flagelo constante.

La vida de un fumador no es para nada alegre, es tan gris como el mismo humo que  expelen de su cuerpo, viven ahí, abrazando la esperanza de un día poder salir del desahuciante abismo del vicio, porque así nos cueste aceptar se trata de un vicio y de una droga, no se es menos adicto o más drogadicto por el tipo de droga, aquí de lo que se habla es de la adicción y al apego a la sustancia.

Todo fumador conoce su historia. Siempre recordará perfectamente el día que firmó su propio pacto con el diablo. En mi caso personal recuerdo perfectamente la forma y el día en que sellé mi condena, hace once años estaba en una reunión de amigos, era lo suficientemente carente de carácter, sin personalidad definida, lo suficientemente ingenuo y con baja autoestima.

Como cualquier adolescente, vivía con crisis de identidad,  la sombra del temor a ser rechazado acechaba cada paso dado. Recuerdo que éramos un grupo de aproximadamente seis personas, estábamos haciendo juegos de cartas con penitencias, muchas de esas penitencias eran con cervezas y cigarrillos. En una oportunidad perdí el juego y tuve que aspirar el humo del cigarrillo y guardarlo en los pulmones  por más de  cinco segundos para  luego expulsarlo. Al principio fue imposible hacerlo bien porque la tos que producía ese humo era imparable, pero después de varios intentos pude contener el humo. Efectivamente, el malestar que me causó esa gigantesca estupidez juvenil   fue catastrófico, me inundé en sudor, tomé el color de la silla blanca, y las ganas de vomitar fueron bastante abrumadoras. En resumen, la experiencia fue tenaz y lo suficientemente atroz como para no volver a repetirla. Sin embargo, la curiosidad mató al gato. Unas semanas después me encontraba caminando con un  camarada que iba fumando, le pregunté sobre esos mareos que producía el fumar, me respondió que era normal, era tan solo algo de una primera vez y que a la segunda no iba a ser así, que muy seguramente sería más satisfactoria. En medio de mi tonta inmadurez y absurda ingenuidad,  accedí  a probar una bocanada de humo bajo las recomendaciones dadas por el supuesto amigo. Sucedió lo que nunca había imaginado: desde ese día ya era miembro honorario  del club de los muertos vivientes.

Desde ese día viví todos los infiernos de Dante Alighieri, pasé de ser un fumador ocasional a un fumador de tiempo completo. Es algo verdaderamente triste, un fumador es un ser humano normal, desea ser abrazado sin asco, desea poder abrazar sin miedo, desea no ser vetado, desea que no lo miren con repugnancia,  desea que sus pasos no estén sincronizados con el reloj de la muerte… desea ser libre.  El fumador conoce muy bien las consecuencias de este mal hábito, desde luego no es estúpido, sin embargo sus cadenas opresoras resultan siendo tan sólidas hasta el punto de poder llevarlo a la  mentira autocomplaciente, frases como “tengo un tío que fumó toda su vida, duró hasta los 85 años y murió de muerte natural”  o “no soy adicto al tabaco,  lo puedo manejar y lo dejo cuando quiera” son típicas y hasta folclóricas.

Gracias al infinito creador, hoy he salido de esa sombría prisión, no tuve que  asistir a conferencias contra el tabaquismo, no usé parches de nicotina, no tuve que masticar chicles de nicotina, tampoco cigarrillos eléctricos, y mucho menos tuve la necesidad de someterme a sesiones de  hipnosis. La mejor herramienta para erradicar este mal fue por medio de  la determinación y la necesidad de emancipación de este vicio que cada vez se lleva a miles de personas en el mundo. Hoy por hoy, el cigarrillo es una de las principales causas de muerte  a causa de su fácil adicción que inclusive es comparable con la adicción que produce la heroína, nunca se sabe de qué forma se puede enganchar en tan fatídico vicio, pero lo que si es cierto es que cualquier persona es propensa a volverse adicto, por lo tanto, es mejor no dejarse seducir por la curiosidad, se puede rodar fácilmente por el abismo más tenebroso.

Muchos fumadores consideran que su proceso de liberación y emancipación es algo imposible, pero no es cierto, lo verdaderamente difícil es tomar la decisión de dejar de fumar, no es tan difícil si realmente se quiere. Es bueno recordar que en la vida no hay logros difíciles,  lo verdaderamente difícil es tener el valor para soltar y luego emprender proyectos nuevos.

 

 

Sebasandrioli.blogspot.com

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