Lunes, 14 Oct,2019

Volver

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El viaje parece estar signado por la palpitante idea del retorno, y con ella, la añoranza del pasado. Dice Gardel: “volver, para volver a partir como antes, dejando el corazón”. También lo dice Tejada Gómez y lo canta Mercedes Sosa cuando entonan: “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Viajar parece ser entonces el aventurarse hacia el destierro, hacia una especie de muerte en vida pues no solo se ha dejado lo amado, sino que se ha elegido, por voluntad, la destrucción del presente y el cambio. Pero el viajero, al estar condenado a regresar al lugar donde ha dejado su corazón, esa ineluctable necesidad del retorno, se interroga sobre si en verdad existe el cambio que busca o si el retorno es precisamente la conciencia de que no existe cambio. 

Ulises es, por antonomasia, el héroe del retorno. En La odisea Homero canta su periplo por regresar a la amada Ítaca después de veinte años de ausencia, ausencia provocada por la guerra de Troya, los cíclopes, el colérico Poseidón y Circe. En casa le espera Penélope, su esposa, que ha sorteado la presencia de los pretendientes que buscan su mano, y Telémaco, el hijo del héroe. El retorno del astuto Ulises está marcado por tantos obstáculos que se engendra en él la angustia del no volver nunca, y bajo esa angustia, que está en Gardel, en Mercedes, en Tejada Gómez y en Eliades Ochoa con su magnífica versión de Volver, está la pena de no poder ser otra vez el mismo.

El viaje se trata de la transmutación del hombre que se queda por el hombre que se va, y aquello no solo lo intuye quien se va sino quien se queda. Se despide a los viajeros como si entraran por voluntad propia en el mausoleo, las felicitaciones se entremezclan inevitablemente con la nostalgia de que algo se destruye. El viajero no es inmune al encanto de la destrucción pues recuerda con nostalgia el pasado que hasta hace poco era presente y todo lo querido se viste con un aura de belleza, los lugares mil veces transitados se llenan de ternura y se prepara así mismo y con cuidado un recorrido por la memoria que es el preludio de la partida. 

Cuando Ulises llega a Ítaca no logra reconocerla pues se ha ausentado durante mucho tiempo, pero Palas Atenea se le presenta y tras desvanecer la nube que ha puesto sobre él para que no sea reconocido por los suyos, le muestra la ciudad. Aunque lo invade el gozo de estar en casa decide, junto a su protectora, probar la fidelidad de quienes decían amarlo al partir y matar a los pretendientes. La diosa convierte a Ulises en un anciano, un vagabundo andrajoso, pero el cambio es simplemente en apariencia pues Ulises sigue siendo el mismo hombre astuto y mentiroso, como le recuerda Atenea. Cuando el héroe logra su cometido, la diosa le devuelve su apariencia, magnificada por un halo de belleza. Ulises se vuelve más alto y más joven, pero a Penélope dicha apariencia no parece convencerla pues cree que el héroe ha muerto. Solo se lanza en los brazos de Ulises cuando este le demuestra ser él, al narrarle cómo construyó con sus propias manos el lecho. 

¿Puede haber otra cosa más bella que morir sin haber muerto? ¿Que ver con nuevos ojos lo que siempre había estado frente a nosotros, magnificado por la nostalgia de creerlo perdido? Todo se llena de vida a orillas de la muerte. Pero el encanto de ver como nuevo lo viejo implica aventurarse en la incertidumbre del cambio, en la angustia de no poder volver nunca más a ser lo que se fue y no poder saberlo a ciencia cierta hasta el momento del retorno.  

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