Miércoles, 14 Nov,2018

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Rehenes de la libertad

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Caminaba lentamente por un amplio camino veredal circundado de hermosos árboles que eclipsaban momentáneamente los tibios rayos del sol, una suave brisa jugaba con mi cabello mientras saboreaba un delicioso helado de chocolate, en el profundo azul del cielo, solo cirros se aventuraban a adornarlo, el aroma de los pinos recorría mis pulmones llenándome de vida y los pájaros con su armonioso canto complementaban aquel instante perfecto que quería, fuera eterno.

En qué momento decidimos cambiar los deleites de la vida por efímeros instantes presos del timbre de un celular o un tono de mensaje en el Whats App, en cuantas ocasiones fue más importante responder la invitación de un desconocido en Facebook al llamado de un amigo a tomar una taza de café, en cuantas oportunidades estuvimos más cerca de un extraño en el Messenger, que de nuestro familiar que estaba al lado, muchas veces fue más urgente el último video de You Tube a contemplar la luna llena en todo su esplendor o el atardecer de los venados.

Con todas las ventajas que le ha reportado a la humanidad la tecnología, la globalización y las comunicaciones nos volvimos esclavos de los computadores, los celulares y la televisión, no aprendimos a darle un uso inteligente a estos recursos y permitimos que desplazaran de nuestra vida las cosas verdaderamente importantes.

Entramos en pánico cuando nos quedamos sin minutos en el celular, somos presa de episodio de angustia si perdemos la señal, sentimos horror si se nos descarga el celular, pues quedamos aislados del mundo, e incluso estamos dispuestos a defenderlo con la vida misma si un desadaptado pretende hurtárnoslo.

Hasta donde esta pequeña cajita cambio nuestra vida y se hizo indispensable, salir a la calle sin el es comparable a salir sin una prenda de vestir, y es necesario hacer ajustes al presupuesto para renovarlo con frecuencia o para mejorar el plan pues me estoy quedando corto.

Cuantas relaciones familiares no se han deteriorado a causa de el, al punto que interrumpimos la paz de una cena familiar para contestar una llamada, no logramos conciliar el sueño por estar pendiente de las redes sociales, plagadas de usuarios que solo muestran su poder, opulencia o belleza.

La anhelada libertad de andar el planeta sin los absurdos afanes de la efímera vida, se los robo el celular y nos hizo rehenes de nosotros mismos, arrastrando de paso la tranquilidad y armonía de la familia.

No estoy contra las bondades de los avances tecnológicos de nuestra época, estoy contra el hecho de que hayan desplazado a las personas, minado nuestra capacidad para grabar en nuestra memoria números, fechas y nombres y que cuando usted desea ser atendido personalmente te digan, un momento por favor contesto el celular.

 

Julián Alberto García Lozano

 

 

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