Lunes, 24 Jun,2019
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Voces de Diotima

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En la filosofía antigua se habla de una mujer tan inteligente, tan inteligente, que muchos creyeron que en realidad era un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer. Diotima, una vidente, sacerdotisa, que hizo parte del Banquete, un diálogo escrito por Platón, fue quien expuso la idea del amor platónico y es una de las dos o tres mujeres que se toman como referencias tangenciales en la filosofía antigua, aún con la sospecha de que nunca existió. La nombro especialmente por dos cosas. La primera, porque da cuenta histórica de los límites entre los sexos, de aquellas cosas que se creían —y que todavía se creen— que son exclusivamente para hombres y esas otras que son para mujeres. Diotima representó lo que una mujer no debía hacer: pensar bien. La segunda razón por la que la nombro, es porque allí, en esa figura de un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer, también se puede ver un indicio, quizás, de una cuestión andrógina: un hombre que habita en el cuerpo de una mujer, o una mujer que se siente atrapada en su cuerpo, porque en realidad se siente como un hombre.

Amantine Dupin, como Diotima, fue una mujer muy inteligente, tan inteligente, que acudió a un seudónimo de hombre para poder —poder— publicar sus obras. Conocida como George Sand, Dupin escribió cerca de sesenta novelas, cincuenta cuentos, treinta piezas de teatro, artículos de crítica y política, y escritos autobiográficos. Fue catalogada por Dostoiévski como ocupante del “primer lugar en las filas de los escritores nuevos”  —bajo su seudónimo, claro— y fue aludida por Ivan Turgenev, escritor ruso, con un comentario que demuestra la primera razón por la que nombré a Diotima, y le complementa una cosa más: hay formas y características ineludibles para cada sexo, y es por eso por lo que quizás Turgenev no fue capaz de decir que Dupin fue “una mujer valiente”, sino que se vio obligado a hacer claridad ante su cumplido: "¡Qué hombre valiente fue ella, y qué buena mujer!".

Hace unos días un profesor amigo contaba que había descubierto una cosa que antes no habría notado: para algunas personas ciertos temas toman más relevancia cuando los dice un hombre que cuando los dice una mujer. Para explicar esto contó que en un grupo de personas con las que se reúne constantemente, una chica desde hace tiempo hablaba de feminismo y cuando era necesario trataba de corregir o de señalarles que estaban siendo machistas, pero nadie prestaba atención, nadie le daba importancia a un tema como ese. Sin embargo, tiempo después, cuando él comenzó a padecer lo que implica el feminismo —analizarse, cuestionarse y dudar— se encontró hablando con ese grupo sobre esas pequeñas cosas que los revelaban, a él y a sus amigos y a otros tantos hombres más, como hombres que se creen superiores y que viven como tal. La respuesta del grupo fue totalmente diferente a la que tuvieron con la chica, entonces decía el profe que eso tenía que ver con quien portaba el discurso. Lo que pasó con Dupin y con una gran cantidad de mujeres fue algo parecido, tuvieron que prescindir de su identidad para ser tenidas en cuenta y para que sus ideas fueran valoradas como ideas y no como ideas de mujeres, por esto prefirieron firmar sus libros con nombres ambiguos o masculinos, para que no les pasara lo que le pasó a la amiga del profe, porque cuando un hombre firma o cuando un hombre habla, presuponemos que piensa bien, aunque piense mal.

Después de Diotima vinieron muchas más mujeres que seguramente aquí estoy obviando, Amantine Dupin, Carlotte, Emily y Anne Brontë, Mary Ann Evans y Violet Paget, encarnaron en cuerpos de hombres para poder —poder— escribir, para poder —poder— pronunciarse, para poder —poder— estudiar o para poder —poder— trabajar. La periodista Dorothy Lawrence, a los 19 años, decidió hacerse pasar por soldado —en el Ejército no se permitían mujeres— porque no había logrado su acreditación como reportera de guerra. Margaret Ann Bulkley se hizo pasar por James Barry para poder estudiar medicina en la universidad de Edinburgo, porque en la época, las mujeres no eran merecedoras de estudios superiores. 

Sobre este fenómeno que duró hasta principios del siglo XX hay dos cosas por resaltar. Primero, que revela cómo el poder tiene una forma y esa forma es la del hombre, la masculina, y segundo, que como lo dice Lanser1, es posible que no todas las mujeres estuvieran tratando de protegerse con el seudónimo o con el cambio de identidad, sino que algunas estaban tratando de explorar y habitar otras identidades, por lo que es posible que Amantine Dupin se sintiera como George Sand y esa es la razón por la que físicamente se veía varonil, o que Mary Ann Evans se sintiera como George Eliot y por eso criticara en un ensayo, las novelas escritas por mujeres. En este segundo punto me debo detener porque creo que hay una cosa brutal que tiene que ver con la empatía, con esa capacidad de identificarnos con las personas, y no solo con esas con que a conveniencia nos queda bien hacerlo, porque como lo hablábamos hace pocos días en el grupo de estudio de Filosofía, Género y Feminismo, en la universidad del Quindío, si las personas no nos asumimos en la perspectiva de los otros, posiblemente no vamos a entender el mundo, y esto no distingue género. Un hombre que no asume cuál es la perspectiva de una mujer cuando se encuentra sola en una calle oscura, o que no entiende por qué no es capaz de hacer una denuncia de acoso o violación, o una mujer que se burla de los hombres que sufren violencia intrafamiliar, o que no comprende que los hombres también han sido víctimas de este sistema machista que se basa en el abuso del poder, no solamente son personas que no entienden ni al hombre ni a la mujer, ni al sistema, sino que son personas que probablemente no entienden muchas otras cosas cruciales de la vida y del mundo. Entender el mundo parece también un asunto de cuántas voces somos capaces de escuchar, de cuántas nos hablan cuando el mundo nos habla. Quizás se trata de entender eso: si en nuestro interior no tenemos varias voces, si no habitamos la perspectiva de los otros, si no habitamos su posición, su visión y lo que los aqueja, no vamos a tener cómo comprenderlos, no vamos a tener cómo comprendernos. 

José Manuel Fajardo, en una nota de autor, del libro Maneras de estar, escribe: “Supongo que en eso consiste el milagro de la literatura, en dejar que Otro nos habite y nos haga más grandes. Otro que puede adoptar muchos rostros, a veces imaginarios, a veces reales”. Yo les sugiero que cambiemos literatura por vida: “Supongo que en eso consiste el milagro de la vida, en dejar que Otro nos habite y nos haga más grandes. Otro que puede adoptar muchos rostros, a veces imaginarios, a veces reales”. Quizá Diotima, la sabia de la ficción, haya entendido esto antes que nosotros, quizá sí era un hombre vestido de mujer y es precisamente por eso que entendía tanto de los hombres y del amor, y quizá eso nos falte a nosotros, que vivimos en la soledad de una y la misma piel, y en el eco torpe, aturdidor y monótono de nuestra voz.
 

[1] Sue Lanser, profesora de Inglés, Literatura Comparada y Estudios sobre Mujeres, Género y Sexualidad de la universidad Brandeir de Estados Unidos.

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