Sabado, 20 Abr,2019
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El vendedor de girasoles que no era consumidor del vehículo

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El juez 32 Civil del Circuito de Bogotá, como Juez de segunda instancia, revocó la sentencia de un Juez de la Superintendencia de Industria y Comercio, SIC, que le ordenaba a un concesionario de Pereira devolverle al demandante la suma que había pagado tres años antes por una camioneta Chevrolet Captiva que utilizaba como si fuera un vehículo de carga, repartiendo con él los girasoles de su cultivo y transportando los insumos que se necesitan para producirlos industrialmente.

En este caso, el demandante le había dicho al concesionario en sentido de reclamo que le cambiara el vehículo porque le estaba ocasionando perjuicios económicos al no poder utilizarlo permanentemente en sus actividades comerciales e industriales, frase que para el juez de la SIC no era la prueba de que era consumidor final, sino más bien una estrofa de una canción de Jhonny Rivera.

Dice el juez 32 en su sentencia que para él no cabe duda de que esa frase indica que el demandante debió ir más bien ante un juez civil, pues la SIC solo es competente cuando el reclamo lo hace un consumidor, como usted o como yo, y no un industrial o un comerciante. Además, dice el juez 32 en la sentencia que si el bruto del abogado de la demandada no recurrió el auto admisorio de la demanda o presentó ese argumento como expresión previa —que detiene todo proceso—, de todos modos el juez está obligado a producir un fallo indicando que el demandante no es consumidor final del bien, pues las sentencias inhibitorias son cosa del pasado.

Le ordenó a la SIC que envíe el expediente al Juez Civil Municipal de Pereira —reparto— para que resuelva lo que se adelantó como protección del consumidor y ahora se vuelve proceso civil para la rescisión del contrato de compraventa por los defectos de la cosa, algo que al juez del conocimiento le va a resultar una galimatías de la Madonna, porque aunque los procesos se parecen, en el de protección al consumidor se baila merengue —con ventaja para los bailarines que reclaman—, y en el proceso civil “apretao no se baila cumbia”.

En todo caso, lo que queda claro es que dictar sentencias a favor de quienes no son consumidores finales es un mal negocio, porque a la larga el juez de segunda instancia le recuerda a la SIC que su encargo no la faculta para actuar como juez en asuntos que no sean de consumidores, como este del vendedor de girasoles que se quiso hacer pasar por un ingenuo consumidor, que no sabe nada de nada.


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