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Quién se acuerda de Libia

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A punto de cumplirse el tercer aniversario de la caída del régimen de Muamar Gadafi, Libia se encuentra en un callejón sin salida, azotada por una espiral de violencia de consecuencias impredecibles. Libia a día de hoy es incapaz de levantar cabeza. Los gobiernos occidentales, que a la sazón, se apresuraban a “liberarla” de la tiranía, hoy están interesados en introducir sus hocicos en otras latitudes, prefieren que los libios se sumerjan en una lucha fratricida, que a corto plazo no tiene visos de terminar.

La Libia de antaño, símbolo de riqueza y estabilidad, cuenta ahora mismo con dos parlamentos (uno en la capital Trípoli y el otro en Tobruk), dos gobiernos y un desorganizado ejército incapaz de controlar este vasto territorio. Y todo empezó en nombre de la libertad.

Allá por septiembre de 2011 un triunfal, y ahora alicaído, Nicolás Sarkozy, y el primer ministro de Reino Unido, David Cameron, fueron aclamados por una muchedumbre jubilosa cuando visitaron Bengasi (este del país), entonces baluarte de los opositores del difunto Gadafi. “Pelearon como leones. Celebramos su coraje”, dijo en aquella oportunidad Cameron. Y engañaron al pueblo libio.

A día de hoy y grosso modo, el país que posee las mayores reservas de petróleo en África está en manos de varias milicias. En su capital y en Misrata, tercera ciudad libia, predominan los islamistas moderados de Fajr Libia (Alba de Libia). Bengasi, la segunda ciudad más poblada, está en un 80% bajo el yugo de Ansar Sharia (Partidarios de la Ley Islámica), un grupo tachado de terrorista por EE UU porque participó en el asesinato de su embajador en Libia en septiembre de 2012.

El resto de Bengasi y Tobruk lo controlan los hombres del general jubilado Khalifa Haftar al que obedecen los despojos del Ejército libio y que mantiene estrechas relaciones con la milicia de Zintan (noroeste), que tienen en su poder a Saif el Islam, el primogénito del extinto Gadafi. Haftar cuenta con el respaldo del golpista Abdelfatah Al Sisi, actual presidente de Egipto.

Y ese naufragio se ha convertido en un auténtico quebradero de cabezas para sus tres vecinos árabes: Egipto, Túnez y Argelia, que están siendo salpicados por sus turbulencias. Pero el único país que ha manifestado su intención de acercar postura ha sido Argelia, quien ha apostado por una solución dialogada para salir de este atolladero, y que implique todos los actores políticos. Pero desafortunadamente los ruidos de la sinrazón aún se imponen al diálogo.

A ese rompecabezas en el ámbito de la seguridad, se le añade una fuerte crisis institucional y administrativa difícil de encauzar. El parlamento de Trípoli (de tinte islamista) solo considera legítimo al Congreso General Nacional, elegido en 2012, y asignó el pasado mes de agosto a Omar al Hassi como primer ministro; mientras que en la ciudad de Tobruk se “refugia” el actual Parlamento (electo en junio) y el primer ministro Abdullah al-Thani, después de que milicianos se tomaran por la fuerza la capital. Es decir, que los occidentales -que en su gran mayoría cerraron sus embajadas- carecen de interlocutores. Aunque la ONU reconoce la legitimidad del gobierno de Tobruk.

Ante este dantesco panorama de no lograrse una solución razonable- lejos de intervenciones militares, como amaga Francia y sus aliados, en defensa de sus intereses- que permita estabilizar la actual situación, Libia terminará por convertirse en un problema crónico de inestabilidad regional, cuyos efectos se harán sentir en toda la cuenca mediterránea. Y en vano habría sido derramar tanta sangre y en balde se gritó por la paz y la libertad.

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