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General / ABR 22 2012 / Hace 6 Años

El Paisaje Cultural Cafetero y la visión crítica de su declaratoria

Se habla mucho, en referencia al Quindío, sobre el Paisaje Cultural Cafetero (PCC), como un aditivo más de lo que significa el turismo y como una alternativa económica para sus habitantes.
El Paisaje Cultural Cafetero  y la visión crítica de su declaratoria

En la institucionalidad se ha vuelto imperioso que todas las administraciones municipales, o las departamentales del Eje Cafetero, posicionen el PCC como dimensión importante de sus planes de desarrollo en construcción. Esto ocurre, en aras de una consecución de recursos presupuestales para aumentar sus flacos erarios. Se configura otra vez el panorama odioso de la panacea, como ha ocurrido con el sector turístico desde hace 10 años gracias a ese mensaje retórico que muchos se han creído, mostrando al Quindío como el “segundo destino turístico de Colombia”.

Para ponderar ese “espectáculo” en el que se ha convertido el PCC como Patrimonio Cultural de la Humanidad” (desde su declaratoria por parte de Unesco en junio de 2011), es necesario mirar el proceso desde su pregestación, y también desde su gestación y mutación. Corría el año 1999 y se desarrollaba en el Quindío el famoso proceso de reconstrucción del Forec.

Sólo que se daba con las equivocaciones que llevaron a una reparación infrahumana para miles de damnificados, aquellos que creyeron en las mieles prometidas por la tan cacareada labor del “tejido social”. Paralelamente, se adelantaban cientos de obras de ingeniería, donde el mayor afectado fue el patrimonio arqueológico, pues nunca se protegieron los yacimientos de las culturas antiguas y el resultado fue desastroso: aumento de la guaquería, desprecio por incontables estructuras de piedra (tumbas de cancel) que iban apareciendo y comercio inescrupuloso de piezas de oro y cerámica precolombina. Otra vez, veíamos trunco el proceso científico de explorar nuestro pasado desde la visión de los profesionales de la antropología arqueológica.

Fue ésta, lamentablemente, la noticia que llevé ante los participantes que nos reunimos durante diez días en el marco de la Cátedra Unesco en Manizales, en junio de 2000. En este evento nos encontramos representantes de la cultura de todos los departamentos colombianos, con expertos internacionales. Fue allí donde escuché por primera vez el concepto de Paisaje Cultural, y donde discutimos la necesidad de considerar al patrimonio monumental desde una característica de manejo integral que, tomando como ejemplo a los inmuebles históricos de la colonización, deben también ser tenidas en cuenta sus historias y los elementos adherentes a lo que en ese momento se conocía como el Patrimonio Intangible. Conocimos de primera fuente el interés de potenciar, desde esa figura, a las poblaciones del Eje Cafetero como Patrimonio de la Humanidad, ya que la mayoría de ellas conservan estructuras tradicionales de bahareque. Conocimos y escuchamos atentamente al arquitecto Jorge Enrique Robledo cuando se refería a que “se debe proteger el bahareque por varias razones, una de ellas porque muchas de esas edificaciones hacen parte de la mejor arquitectura regional que se haya dado en Colombia; tan buena, que cada vez gana más reconocimiento universal, por sus bellas formas y porque podría ser la más importante Cultura Sísmica Local del mundo.”

Escuchamos el inicio de aquella propuesta desde la dimensión de lo arquitectónico, porque sus promotores, el sociólogo Fabio Rincón y el arquitecto Juan Manuel Sarmiento, nos la presentaron como una empresa de rescate social en la tarea urgente de recuperar las técnicas constructivas tradicionales de nuestros abuelos: el bahareque y la tapia pisada. Por razones obvias, visitamos algunos municipios de Caldas que poseen este tesoro patrimonial arquitectónico (Salamina, Aranzazu y Neira, con su corregimiento Pueblo Rico).

Regresamos a nuestros lugares de origen con inquietudes renovadas y yo, especialmente, con el ferviente deseo de madurar la propuesta de extender el interés por el cuidado de lo patrimonial a otras esferas, como la arqueológica o el hoy llamado patrimonio inmaterial, ya que hasta ese momento pocos países del mundo resaltaban las expresiones y manifestaciones culturales. En resumen, fue uno de los eventos más productivos, a tal punto que desde allí Colombia consiguió afirmar la declaratoria como Patrimonio de la Humanidad al Carnaval de Barranquilla (2003 como patrimonio de Colombia y 2008 como bien inmaterial inscrito en la lista representativa mundial de patrimonio) seguidas de otras importantes decisiones.

Se evidenció en 2001 el liderazgo de la propuesta por parte de la universidad Nacional sede Manizales, en los términos de propender por la declaratoria de nuestros paisajes en el eje cafetero como Patrimonio Cultural de la Humanidad, incluyendo en ese momento a los municipios del occidente del Tolima y del sur de Antioquía. Eso se manifestó cuando se remitieron sendas cartas en inglés, desde la sede de Unesco en París, dirigidas a los gobernadores de estos departamentos. La que se recibió en el despacho de Armenia no mereció ninguna preocupación por parte del ejecutivo, siendo remitida a la entonces Gerencia de Cultura, donde dicha correspondencia finalmente fue olvidada. Se supo tiempo después que se convocaba en ella a los gobernadores para formar parte de los equipos de trabajo, en aras de la cristalización de dicha declaratoria.

Pasaron dos o tres años de silencio institucional y no se volvió a saber más de aquella gestión cultural hasta que algunas universidades del Eje Cafetero asumieron su dirección académica; para entonces Fabio Rincón dirigía el programa de Gestión Cultural en la Universidad Nacional de Manizales. Mientras tanto, en el Quindío, el organismo que debía preocuparse por el impulso de la declaratoria, daba tumbos en el manejo de aspectos básicos como eran la defensa de los bienes arquitectónicos o arqueológicos o la iniciación de los preinventarios e inventarios de bienes o manifestaciones culturales. Por ejemplo, presenciamos la destrucción de cuarenta tumbas de cancel en el barrio La Fachada de Armenia, la absurda demolición de la Plaza de Mercado, (no obstante su declaratoria como monumento nacional), la demolición del símbolo arquitectónico llamado Ffaro en Filandia (una de las dos casas de arquitectura civil con amplios corredores y ático; la otra corresponde a la actual Casa de la Cultura de Marsella, Risaralda) y la destrucción de la casa La Mariela, entre otros hechos que se consideraron un desastre cultural.

Hasta que después de 2005, aparece renovada la propuesta del Paisaje Cultural Cafetero como Patrimonio Cultural de la Humanidad, porque su nuevo actor importante jalona el proceso, convirtiéndolo incluso en fortaleza nacional ante Unesco.

Me refiero a la Federación Nacional de Cafeteros, organismo que a través de sus comités departamentales le da vida y paso seguro a la permanencia en los ámbitos donde se discutía.

Por supuesto, el Quindío adhiere a esas discusiones. Lo irónico de la situación es que fue precisamente la Federación la que hace treinta o cuarenta años destruyó todas las casas de bahareque de los municipios cafeteros, para construir en su lugar modernas sedes de la institución. Es contradictorio encontrar este texto en el Parque Nacional del Café, haciendo alegoría del proyecto del PCC, tal cual lo sugería el Grupo de Protección del ministerio de Cultura en el campo de las discusiones departamentales: “La cultura cafetera se ve reflejada en el patrimonio arquitectónico y/o urbanístico, en la arqueología de algunos pueblos, las expresiones artísticas, su patrimonio natural, fiestas, grupos étnicos, gastronomía, cuentos, mitos y leyendas. El arraigo cultural de la región cafetera se ve reflejado en el patrimonio tangible e intangible, comunes a un grupo humano en especial y conservadas en aquellos asentamientos humanos en los que conviven lo rural y lo humano” (leído en visita realizada al Parque Nacional del Café, segundo semestre de 2011, antes de la declaratoria de Unesco).

Si lo anterior fuera un reflejo fiel de la pretensión de la Federación Nacional de Cafeteros para el Plan de Manejo que se le debe presentar a Unesco, podríamos asegurar que bienes y manifestaciones del Patrimonio Cultural se verán beneficiados con esta declaratoria. Pero parece que no ocurrirá así, porque hasta el propio ministerio de Cultura ha presentado un plan de manejo que comprende los siguientes puntos:

1-Fomento de la competitividad cafetera
2-Desarrollo de la comunidad cafetera
3. Conservación y revitalización del patrimonio material e inmaterial cafetero
4-Fortalecimiento del capital social cafetero
5-Integración regional
6-Apoyo a la sostenibilidad productiva y ambiental del PCC

Llama poderosamente la atención el punto 3. Ahora entendemos por qué, y es algo que no pudo responder la viceministra de Cultura en un evento en Armenia, luego de la declaratoria de Unesco, cuando se le preguntó por qué el municipio de La Tebaida había sido excluido del proyecto. Es inconcebible que no se haya tenido en cuenta porque no está dentro de la cota cafetera, ignorando además que en esa jurisdicción (riveras del río Espejo y sus afluentes) hay por lo menos tres yacimientos arqueológicos importantes (petroglifos de unos 1500 años de antigüedad).

Si así se va a manejar la dinámica que sostiene estas declaratorias, que pide exclusivamente se cuiden los bienes arquitectónicos tradicionales, los yacimientos arqueológicos o las expresiones y manifestaciones culturales, presumo que entra en peligro la del Paisaje Cultural Cafetero. Eso está ocurriendo, por ejemplo, con Cartagena de Indias y con el Parque Arqueológico de San Agustín. En el primer caso, los alcaldes distritales de sucesivas administraciones de la capital de Bolívar han intervenido inconsultamente las murallas protegidas y, en el segundo caso, el alcalde del municipio huilense ha permitido una carretera privada que cruza el parque, exponiendo así a las estatuas arqueológicas a su robo o expoliación.

Si añadimos a esto el desinterés de alcaldías y gobernaciones por participar activamente en el plan de manejo de la declaratoria, no lograremos que se dé lo más importante que ella exige, que es la apropiación social de sus habitantes, esto es la querencia por esta tierra. Se agrava esa situación, sobretodo en el Quindío, cuando vemos que se le está dando un tratamiento de tercera a la secretaría departamental de Cultura o cuando ya, transcurridos cuatro meses de la nueva administración departamental, no se ha nombrado titular en la Secretaría de Turismo. Porque son estas dos instituciones las que deben liderar el proceso en el departamento, ante la mirada miope del ministerio de Cultura sobre el asunto y la pretensión equivocada de la Federación Nacional de Cafeteros, al desconocer otros valores del patrimonio cultural material e inmaterial.


Por: Roberto Restrepo Ramírez
Antropólogo universidad Nacional de Colombia. Vigía del Patrimonio Cultural.

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