Lunes, 10 Dic,2018

General / OCT 04 2015 / Hace 3 Años

Adiós al biblionavegante José Chalarca

José Chalarca confió tanto en los intelectuales nacientes del Eje Cafetero que, contra esa creencia de que estamos hechos más para los negocios que para la reflexión, nos entregó su Biblioteca.

Adiós al biblionavegante José Chalarca

Foto de Leidy Montoya en el homenaje que le brindó a don José la UTP.

No recuerdo muy bien lo que hablamos la primera vez. Debí decirle que su cuento “Con el alma en la boca” me había sorprendido por la vehemencia del sicario que lo protagoniza y que sentencia, mientras espera por su víctima: “Que mano de pendejos los que se privan de los goces que ofrece la vida porque los condenan las religiones, las sociedades o las leyes. No cabe otro mandamiento que el de gozar mientras estemos vivos; aun del dolor”.

Esas fueron las líneas que me llevaron tras un gran hombre. Un intelectual de voz firme que, en esa primera conversación, lejos de la beligerancia de su personaje, se despidió de mí diciéndome: “Hazme el favor de ser feliz”.

En ese momento lo amé. Nunca supe cómo mi felicidad podría contribuirle a él en algo como para que me lo encareciera. Quizá fueron los libros el  vehículo para que el enigma se resolviera. Como intelectual, José Chalarca dedicó su vida a la pasión de los libros: leerlos, comentarlos y escribirlos. Luego entonces, esa felicidad que otorga la lectura, fue la que me encargó a lo largo de nuestra amistad.


Donó su biblioteca

Solo así se podría comprender mejor ese detalle de incalculable valor que tuvo para con la ciudad de Pereira, cuando decidió donar su biblioteca a la maestría en literatura de la UTP. Recuerdo mucho la semana en que llevé a mi hermano Santiago a Bogotá, a la casa de José, para empacar los libros rumbo a su nuevo destino. Títulos y más títulos, desconocidos, inimaginables para un lector apenas en ciernes.

A José debía dolerle mucho despedirse de ese selecto tesoro, trabajo de muchos años y sacrificios. Pero también, quizá nuestra tarea le devolvía la esperanza: los libros encontraban razón de ser en las manos de un pichón de profesor y la inquietud de un joven en la etapa final del colegio.

Creo que nuestras risas y aventuras, de las que él fue alcahueta, le hicieron sentir que valía la pena, pues siempre nos esperó de nuevo. Las veces en que hablamos, siempre hubo preguntas por la biblioteca, por Santiago. Tampoco faltaban las de los nuevos amigos: Mauricio Ramírez, Giovanni Gómez, Alan Salazar. A uno de ellos, a John Jairo Carvajal, le agradezco infinitamente que lo tuviese en sus planes y lo trajese a Pereira. La primera vez, haciendo un gran esfuerzo, nos habló de Mishima y la belleza. En aquella ocasión estuvo muy asustado y agradeció al público que lo acompañó hasta el final a pesar de su lectura fatigada. En la segunda oportunidad, el año pasado, tuve el privilegio de presentar su último libro, su testamento espiritual, El biblionavegante. Sentí que los amigos de José ya éramos más. De hecho vi su nombre firmando nuevas reseñas en los periódicos del Eje Cafetero, incluso debatiendo la estilística de una polémica novela. 


El valor de los libros

Sí, a sus 74 años, José se nos fue muy joven. Su amor por los libros y su responsabilidad con la escritura no cesaban. En la Filbo de 2015, mientras le mostraba mis compras, me pidió prestados 3 libros. Uno de ellos le encantó tanto que a las semanas vi en el portal web literariedad.co su reseña sobre un libro de 1999, El destino de la literatura de Michael Pfeiffer. 

En menos de un mes, en LA CRÓNICA aparecía su columna Los libros del alma. José, que hacía décadas no pisaba un salón de clases en el rol de maestro, a pesar de anhelar ese regreso por largo tiempo, seguía entusiasmándonos por el valor del libro, de la lectura, de la felicidad.

Leí también dos cuentos inéditos en los que José trabajaba preparando un próximo libro de cuentos. Me atreví a darle una recomendación: que no fuera tan tímido. Pensé, no se lo dije, que ya había sido “prudente” hasta el extremo. José no fue de círculos literarios, a pesar de sus amigos del medio y del apoyo que brindó como editor, como reseñista. Viviendo en Bogotá, no fue de la élite, del centro. Sin caer en el chauvinismo, y con sus tantas lecturas de otras latitudes, siempre tuvo lugar para la provincia. La introducción que hace en la reseña de la novela de Ómar García Ramírez, Metal-Riff para una sirena varada, reivindica los oficios de la literatura en los que estamos metidos.


Confianza en los del Eje

José Chalarca confió tanto en los intelectuales nacientes del Eje Cafetero que, contra esa creencia de que estamos hechos más para los negocios que para la reflexión, nos entregó su biblioteca. Quizá porque fue amigo de Eduardo López Jaramillo y vio en él, la ambición cosmopolita, que creyó en que sabremos manejar su herencia. 

El agradecimiento del director de la maestría en literatura, César Valencia Solanilla, en el acto que tuvo lugar en la Universidad Tecnológica de Pereira, junto con el reconocimiento del profesor Rigoberto Gil Montoya y de los estudiantes ganadores del Premio Casa de las Américas, le confirmaron a José que el destino de sus libros es el de alimentar el genio creativo de esta región. ¡Qué feliz estaba con el hallazgo de los textos del profesor Carlos A. Castrillón!

Por su experiencia en la Federación Nacional de Cafeteros y sus publicaciones sobre el café, otros lo abordarán desde esa rivera. Pero esa, no ha sido la mía. De hecho, también tengo presentes sus reclamos por mi falta de etiqueta ante una taza de café cuando lo endulzaba: crimen, sacrilegio, herejía. Cuando uno es aprendiz y pierde a sus maestros, experimenta formas de la orfandad.


Su amor: Yourcenar

He vuelto sobre el registro de nuestra última conversación. Ante sus disculpas por un encuentro que no pudo ser, le respondo: “Así que no se sienta preocupado por mí. Yo lo quiero mucho, le estoy muy agradecido y eso es lo importante”. Él concluye con un: “Gracias, estás bien correspondido”. Por eso dejaré que sea él, a propósito de esa mujer que tanto amó, la Yourcenar, quien cierre esta nota:

“El amor es un tema recurrente en la obra de Marguerite Yourcenar y casi puede afirmarse, sin caer en la exageración, que es el resorte, el eje sobre el que gira y la trayectoria que describe en los desplazamientos de su escritura. 

Sabe bien la autora que el amor no tiene definición; que solo es cuando se vive. Frente al amor quizá sea posible rastrear sus motivos, lo que lleva a él o inventariar lo que deja cuando muere, tarea también difícil porque es vacío de amor, lo que queda de la forma del agua cuando se vierte de la copa. 

El amor es un estado, una situación del alma. No existe por sí mismo, no tiene entidad, no tiene dimensión, no tiene término. No está ahí como algo que se puede tomar o dejar. Sólo es en los seres que aman. 
No es posible hablar entonces del amor como ser, no existe. Su existencia está referida siempre a los que aman —hombres y mujeres—, y sólo en el momento en el que acceden o caen, en el estado de gracia amoroso. En última instancia el amor no es sino en los amantes.

Reitero, el amor no existe, el amor sólo es en la ausencia de su objeto porque se deshace con el mero roce del ser que lo enciende. Es en mí como ser que amara elación, angustia, sensación inefable, pasión absurda que no tiene semejante. El amor no es sino mi amor por el ser amado sin ninguna posibilidad de encontrarse con él porque su amor por mí es su amor por mí, idéntico a sí mismo, ardor que al igual que mi ardor se consume en su propio fuego.”

 


Por Jáiber Ladino Guapacha
Novelista y docente risaraldense


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net