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En profundidad / JUL 29 2018 / Hace 3 Meses

Algunos oficios de Armenia, desde la reseña escrita de John Jaramillo Ramírez

Todas las labores eran de gran importancia y sin importar su grado gozaban de respeto en la sociedad.

Algunos oficios de Armenia, desde la reseña escrita de John Jaramillo Ramírez

Desde niños se iban adquiriendo ciertas habilidades que para el resto de la vida se convertían en la manera de ganarse el sustento.

Hay libros que agradan por su lectura de principio a fin. Uno de ellos es “Pieza del reblujo  (Croniquillas antañoñas)” de John Jaramillo Ramírez. En sus páginas, especialmente la de su capítulo titulado “Lo que el tiempo se llevó” (págs. 115-145), el académico Ramírez nos introduce en simpáticas remembranzas de los oficios de Armenia antigua.

La siguiente es una interesante relación de aquellos quehaceres cotidianos.

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El emboñigador

“En esa Armenia apenas cincuentona, casi todos vivíamos en casas de bahareque. Nuestras casas tenían vestíbulo, sala, la pieza del matrimonio, las piezas de las niñas, las piezas de los muchachos, pieza del forastero, comedor, cocina, pieza del carbón, pieza del reblujo, pieza de la sirvienta, escusado, lavadero, patio de atrás, amén del zarzo y el subterráneo. Todas las paredes tenían un zócalo de madera, un poco más alto que el espaldar de un taburete de vaqueta y de ahí, hasta el “encielado”, se emboñigaban.

El emboñigador recogía el estiércol de caballos o boñiga que pululaba por nuestras calles y en el andén o en la calle, le añadía agua y lo pisaba a pata limpia hasta tener una consistencia pastosa que pudiera ser extendida fácilmente con una llana de madera sobre el “enchinado”.  Cuando se secaba, se blanqueaba con cal o los que era más “acomodados”, empapelaban con bellísimos papeles de colgadura que se compraban en

“El Buen Gusto” o en “El Gran Pintor”. Labor para la cual se contrataba al “empapelador” (oficio que sí ha resurgido), o era programa dominical dirigido por la tía más “facultativa” y de mejor vista, para que el empapelado no quedara torcido y el case del dibujo fuera perfecto”.


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El carbonero

“Ya para aquel entonces la leña sólo se usaba en las fincas y en las panaderías. O común era cocinar con carbón (hoy somos más sofisticados y decimos “a la brasa”).  ¡Cuántos majestuosos árboles del Quindío fueron de leña que se apilaban piramidalmente en una manga, pila que se cubría con tierras y ramas y a la que luego le metían candela.  Cuando ya el carbón estaba listo, removían la tierra y lo empacaban en costales de cabuya,  bastante ralos, para sacarlo al pueblo.

Había carbonerías, como las de la calle 22 con carrera 16, y la de don Arsenio Blanco, en la calle 14 con carrera 13 y que manejaban Octavio y Chepita.

Pero lo más común era ver por las calles al carbonero que, en carreta de mano y a los gritos de “carbón de guayabo”, iba ofreciendo su mercadería que sería para dar lumbre a aquellos inmensos fogones de hierro de cuatro o cinco “hornillas” (lo de boquillas es de ahora) donde se preparaban los alimentos.

Aquel carbón de guayabo que ardía con fuerza y sin aventar tantas chispas como el de roble, cuya ceniza servía después para la lavada de los “trastos” y para darle un incomparable toque de sabor a la mazamorra”.

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Las lavanderas

“A pesar de que las casas tenían lavadero y los “patios de atrás” eran casi urbanizables, la ropa se  mandaba a lavar a la calle.

Semanalmente estas humildes mujeres (que grato recuerdo de una Maruja González o de una Claudina Oviedo), pasaban a recogerla para proceder a lavarla en la quebrada “La Florida”, que no era la cloaca de hoy,  sino de aguas limpias y cristalinas.

A los ocho días volvían con la ropa planchada y doblada, a llevarse el nuevo talegado y recibir su pago que ellas contabilizaban por un sistema de su invención y que se llamaba de “piezas”.  Tres pares de medias y dos calzoncillos, era una pieza; pero una “sábana de cortesía”  (no habían inventado la denominación “sobresábana”) de cama matrimonial, equivalía a tres o cuatro piezas.
 

El paje

“Casa que se respetara, tenía paje. Este era una especie de “todero”, un muchacho que se encargaba de varios oficios, unos que tenía que realizar diariamente y otros que debía hacer “cuando se ofrecía”.

El paje barría el andén, desyerbaba el patio, llevaba los niños al colegio, los buscaba cuando se embolataban, traía de la manga cercana la vaca para el ordeño, que entraba por el portón y que gracias a aquellas escaleras de dos tramos y descanso, donde el tramo inferior era basculante y se podía levantar, el animalito pasaba hasta el patio de atrás, la volvía a llevar a la manga, picaba la caña para las bestias, iba a las casas conocidas a llevar la razón de que su patrona “ofrecía visita” o a solicitar algo en préstamo, iba a la telegrafía a poner los telegramas, hacía los mandados de tienda y almacén, llevaba las tarjetas de pésame, cuando no era perentorio hacer “visita de luto, traía noticias de lo que acontecía en el vecindario”.

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El garitero

“En aquellos tiempos, cuando la vida era más fácil, las señoras, generalmente, estaban muy bien servidas: tenían cocinera, entrodera y niñera, y muchas de ellas permanecían tantos años en la misma casa, que terminaban siendo como miembros de la familia. Pero cuando por cualquier motivo la cocinera se enfurruscaba y se largaba, o la mamá la despachaba por que consideraba que era “un bulto completamente inútil, un buche con ojos”, mientras se conseguía nueva cocinera, los alimentos se traían de la calle.

Restaurantes populares de exquisita sazón, como El Gastrónomo, El Motorista, (de las Pardo), El Húngaro o La Corbina, despachaban portacomidas y era de ver a mediodía o la “oracioncita”, calle arriba y calle abajo, al garitero repartiéndolos en las respectivas casas.

El garitero era no muy limpio precisamente, que sobre su hombro llevaba una delgada guadua, a la cual, en trechos, se le habían clavado, de dos en dos, largas puntillas, entre las cuales se sostenía el aro del portacomidas, que aún no se llamaba portaviandas, y que en el platillo superior, que servía de tapa, iba siempre coronado por un suculento y pecoso banano”.

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El fotógrafo de andén

“En los 50 y 60, especialmente sábados y domingos, en la plaza Bolívar y calle 21, se ubicaban los fotógrafos de andén.

Salíamos de misa o íbamos caminando, cuando de repente el fotógrafo nos tomaba una instantánea y nos entregaba un papelito numerado.

Mucho que nos presionaban para que hiciéramos sacar la ampliación de la foto, que valía la enorme suma de dos pesos, y entregaban tres copias, pero como nuestros bolsillos siempre andaban escasos, si la foto nos gustaba mucho, la adquiríamos por cincuenta centavos e iba a parar a la billetera o al álbum familiar”.

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Los loros de la suerte

“¡Como era de comunes hace tiempo! por las calles de Armenia de ayer se desplazaba un hombre portando en sus manos un trípode, coronado en su parte superior por una caja de madera pintada de vivos colores.

La parte de arriba de la caja tenía puertas y era el habitáculo de los loritos. La inferior era un cajón donde iban las paletas de la suerte impresas en papel de colores: blanco para las señoras casadas, amarillo para las solteras, gris para los hombres casados, azul para los solteros, rosado para las niñas y verde para los niños.

Previo el pago de diez centavos, el negociante de la suerte abría el compartimento de los loritos, sacaba uno que se posaba en su dedo índice derecho y abriendo el cajón de las papeletas, le decía al lorito amaestrado y que identificaba los colores que entregara el mensaje, lo cual hacía sacándolo con el pico y entregándoselo al ilusionado comprador.”
 

Jorge Hernán Velásquez Restrepo
Especial para LA CRÓNICA


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