La Salida / Septiembre 01 de 2017 / Comentarios

Andrés Felipe Solano: “Corea me tragó por completo”

Andrés Felipe Solano: “Corea me tragó por completo”

Aunque obtuvo un significativo reconocimiento con la crónica Seis meses con un salario mínimo (publicada por la revista Soho en 2007 y convertida después en libro), en la cual aborda la cotidianidad más escueta de la mayoría de colombianos desde un punto de vista muy personal, Andrés Felipe Solano también hace parte de una generación de narradores que han puesto su interés en temáticas más allá de las fronteras del país.


El autor presentará su más reciente novela, Cementerios de neón, dentro de la programación del X Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales y participará en otras mesas de conversación alrededor del eje temático Literatura después de la guerra.

En sus dos últimos libros ha abordado, en claves diferentes, el desarraigo y la adaptación como condiciones inherentes a la naturaleza del ser humano, ¿cómo las ha vivido usted como ciudadano y qué han significado en su carrera como escritor?

No estoy muy seguro de que el desarraigo sea una condición inherente al ser humano pero es cierto que la mayoría de los personajes en mis libros cargan con una cuota de aquel sentimiento, unos más que otros. Y sin duda aquello nace de mi experiencia vital. He dado vueltas de aquí para allá desde hace unos años y creo que no hay mejor manera de explicar a esa voluntad de salirme del centro que una frase de Charles Bauldelaire. La citaba a menudo un escritor al que le tengo mucho cariño, Bohumil Hrabal: “A mí me parece que siempre estaré bien donde no estoy, y este asunto de la mudanza es uno que estoy discutiendo constantemente con mi alma”.

¿Tenía claro, desde su llegada a Corea, que este país sería escenario y motivo de sus narraciones? ¿Aparte de lo experimentado y narrado en Corea, apuntes desde la cuerda floja, qué más le llama la atención del país desde el punto de vista literario? 

Llegué por primera vez en 2008 invitado a una especie de residencia literaria y pasé seis meses en Seúl. En ese tiempo supuestamente debía escribir mi segunda novela, que terminó por ser Los hermanos Cuervo, pero como era de esperarse no pude ni siquiera abrir un documento de word. Corea me tragó por completo y de ese primer viaje salió una crónica corta. En cuanto al diario, no fue algo planeado. Nunca he llevado un diario. De hecho el acto en sí mismo me da algo de vértigo, de repelús, pero tenía que cumplir con una obligación. Me habían encargado un libro-perfil sobre Luis Buñuel y como no me salió pues le sugerí a la editorial hacer algo sobre Corea, a donde me mudé definitivamente en 2013. Digamos que yo mismo me puse el arma en la cabeza. Después quedé muy contento con el resultado. Solo al escribir me di cuenta de lo que significa vivir en un país que es algo así como el último cadáver insepulto de la guerra fría, algo que por supuesto es tan fuerte que le tuve que plantar cara de nuevo en la última novela, Cementerios de neón.

En Cementerios de neón usted aborda un episodio, importante dentro de lo que podría llamarse la historia bélica de Colombia en el exterior, pero casi inexplorado desde la literatura, ¿cómo fue el proceso de documentación para articular lo histórico con lo ficcional? 

Fueron meses de leer testimonios de soldados y oficiales colombianos, de visitar cada tanto el museo conmemorativo de la guerra aquí en Seúl, de buscar en internet la más mínima pista del batallón Colombia. También de otras tantas cosas que están en la novela y que de hecho la gente no ha comentado mucho ahora que lo pienso, como por ejemplo la historia del reactor atómico que tiene Colombia. Llené varias libretas con notas y después, al empezar a escribir me olvidé de todo. Mejor dicho, dejé que lo que se había decantado saliera a través de los personajes. Eso era lo único claro que tenía desde un principio, ese cuarteto de hombres con vidas hechas medio jirones. Solo volví a las libretas en busca de datos muy puntuales.

A propósito del eje temático del Encuentro de Escritores Luis Vidales, Literatura después de la guerra, y de la coyuntura del postconflicto, ¿cuál es su perspectiva del papel que pueden cumplir la literatura y el periodismo en esta nueva etapa del país?

La literatura no tiene un papel que cumplir. Su papel es un no papel, una no obligación, solo así puede ser literatura. Por esa justa razón me lancé ya hace años por aquel precipicio que significa escribir. Al respecto soy cada vez más radical. El periodismo, por otro lado, tiene la obligación total de preguntar y enfrentar el poder, jamás servirlo. En esa medida tendrá que preguntarle muchas cosas a las Farc, un nuevo poder, esta vez legítimo o por lo menos en trance de serlo.
 

Juan Felipe Gómez
Especial para LA CRÓNICA

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