Viernes, 15 Feb,2019
En profundidad / ENE 13 2019 / Hace 1 Mes

Antología poética, de Luis Fernando Mejía

Desde su primer libro, Resurrección de los juguetes, descubrimos a un poeta que despliega en sus versos una interioridad que no se complace en el deslumbramiento verbal ni en la ostentación poética.

Antología poética, de Luis Fernando Mejía

Luis Fernando Mejía. Antología poética. Selección y prólogo: John Jairo Carvajal. Pereira: Klepsidra Editores, 2018. 110 pp.

La obra poética de Luis Fernando Mejía —Pereira, 1941— se puede entender como un peregrinaje en cuyas instancias se vislumbran el desplazamiento de la búsqueda, la conciencia de lo inacabado, la serenidad de quien sabe que el espacio de estabilidad es muy breve. La espiritualidad imperturbable, sin discursos que la promuevan o la amparen, es un sustrato natural en la voz del poeta y en su actitud ante el mundo.

Desde su primer libro, Resurrección de los juguetes —1964—, descubrimos a un poeta que despliega en sus versos una interioridad que no se complace en el deslumbramiento verbal ni en la ostentación poética. Su palabra procura enfrentar la complejidad del mundo, intensamente experimentado, con un tono que oscila entre lo cotidiano y lo trascendente. Las altas preguntas que Luis Fernando Mejía explora, y que delimitan su voz particular, lo acercan a otros poetas colombianos singulares, como Carlos Obregón y Luis Enrique Sendoya. En Mejía los poemas vibran y se expanden en un limpio desasosiego, sin quejas ni alaridos, cifrado en bellas imágenes que poco a poco van aplacando las discordancias. El poeta sugiere que se puede conjurar la angustia en poesía para apagarla “como un abrigo viejo que se olvidó del cuerpo”.

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El tiempo, una de las presencias ineludibles en la poesía de Luis Fernando Mejía, se hace materia oscura en los “relojes clausurados” y “suspendidos”. Es el tiempo que muestra su rostro más fiero en la “espantosa” y eterna soledad de Dios y en la terrible contingencia del hombre, nacido para ser la conciencia de ambas iniquidades; pero es también el tiempo de la génesis individual y del ámbito certero de la infancia, que nunca se ausentan de la memoria. Para sostener la alegoría temporal, el poeta se define, con su “pequeño corazón de barro”, como “equilibrista de la muerte/maromero de la vida”.

En un estudio publicado en 2010, Carlos Fernando Gutiérrez aborda la poesía inicial de Luis Fernando Mejía y formula los tres temas básicos que la sustentarían: “Un criticismo urbano, una infancia recobrada y un misticismo humanizado”, señala, además, cómo elude el poeta la “neutralidad personal” y pone en juego su experiencia de hombre, críticamente tamizada, para confrontar un contexto de crecientes discrepancias.

Es todo eso lo que se encuentra en la secuencia de sus libros y se resume en poemas fundamentales como “Palabras para reconocerme”, un formidable condensado de íntimo discernimiento: “Antes era un silencio maduro para el canto que habitaba los hondos países de mi madre”, y “en la pequeña cuenca de mis manos cabía toda la redonda ternura de la leche”, pero ahora:

cuando el tiempo me enseñó su medida,
y cae guillotinado el perfil de los días,
mi sangre rebelada al destino
de herrumbrar de silencio la pared de la roca,
busca a Dios en la simple caída de una hoja.

En la obra de Luis Fernando Mejía la conexión con el mundo es el motor del testimonio poético, pero esa conexión opera hacia lo espiritualmente sentido, no hacia la magnificencia del escritor; a la revelación en sí misma se impone la mirada reveladora que caracteriza a la poesía de aspiraciones místicas, como en “intrascendencias”:

En las escuelas aplazan un niño porque ignora
la causa de una guerra.
Manuel el jardinero se avergüenza
de sus zapatos rotos
y los esconde disimuladamente
entre las flores.

De allí, como incitado por la palabra imposible, el poeta avanza hacia lo que Gutiérrez denomina “analogías espirituales”, los admirables “Cuatro poemas a Dios” son un buen ejemplo:

Se desmorona Dios,
soledad de hombre solo,
desnudo. Escamado de tiempo.
[...]
Aquí...
Solo conmigo mismo,
frente a mis huesos,
doblemente sostenido sobre mis piernas.
Sé que estoy vivo.
Que me llamo Luis.
Y siento morir a Dios entre mis manos.

Pocos poetas colombianos han afrontado este tema con tanta hondura: “He visto a Dios cansado de ser Dios entre mi cuerpo, y su cadáver prolongado en mi sombra”.

Todo lo anterior se equilibra con una leve ironía como anclaje para la indagación inagotable. En Alquimia de los relojes clausurados —1969—, por ejemplo, Luis Fernando Mejía propone la ciudad como punto de referencia y la agrega a las coordenadas de la angustia primordial:

La ciudad está al fondo.
No la habito.
La siento que me crece.
Que sus hospitales no bastan para mi angustia
y sus heridas internas.

Por su consistencia, la obra de Luis Fernando Mejía, poeta ajeno a la algarabía literaria y de una mesura ejemplar en actitud y palabra, reclama nuevas lecturas críticas, pues en su conjunto es, sin duda, una de las más intensas y genuinas de la poesía colombiana.

A ese propósito contribuye el trabajo investigativo de John Jairo Carvajal, quien ha preparado para la colección “Con vista al mar”, de la editorial Klepsidra de Pereira, una antología poética de Luis Fernando Mejía, que se suma a la que se publicara en 1989 en la “Colección de Escritores Pereiranos”. El recorrido por esta nueva antología demuestra que la poesía de Luis Fernando Mejía se desembaraza paulatinamente del peso del sentido y se prolonga hasta el presente por enriquecedoras vertientes: “hemos cerrado el círculo y cero es la memoria”, es el saldo del poeta hacia el final del libro.

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La compilación incluye poemas de un largo periodo de escritura —1955-2018—, publicados originalmente en cinco libros, más algunos inéditos. Si bien los poemas se disponen en orden cronológico, el antólogo no los agrupa ni aporta la fuente precisa de cada uno, un pequeño gesto hostil para el lector no familiarizado con la obra de Luis Fernando Mejía.

Se trata de una bella edición, llena de detalles de elegancia y buen gusto, y con una sobriedad ajustada al tono de esta poesía, lo que coincide con la serenidad que crece en los poemas a medida que avanza la lectura.


Carlos Alberto Castrillón
Especial para LA CRÓNICA


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