Miércoles, 14 Nov,2018

En profundidad / JUL 30 2018 / Hace 3 Meses

Armenia, en un balance desfavorable de su patrimonio cultural

Es irónico evidenciar el desfiguramiento de nuestros pueblos y ciudades como una ineludible realidad.

Armenia, en un balance desfavorable de su patrimonio cultural

La capital del Quindío es conocida como la ‘Ciudad Milagro’, no propiamente por ejecuciones que favorezcan al patrimonio cultural, sino por su capacidad de transformación urbana que ha sido profundamente lesiva con los bienes arquitectónicos antiguos, con los yacimientos arqueológicos y con sus tradiciones del patrimonio inmaterial.

En 1927 se inauguró la estación del tren, coyuntura que permitió visualizar un tono de progreso en su desarrollo urbanístico, y que unos años después mostraría sus resultados en una masiva construcción de bloques y edificios. No obstante en ese momento histórico de finales de la tercera década del siglo XX, un visitante de la recepción ofrecida para celebrar la llegada del tren, el poeta Guillermo Valencia expresó la famosa frase “Es un milagro de ciudad”. De allí nació la perífrasis de la gran urbe de este departamento.

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Hoy el panorama no ha cambiado. El cambio de la estructura urbana es evidente: desaparecieron todas las casas de bahareque del centro de Armenia y con ellas se fueron otros símbolos constructivos como fueron, entre otros, el Castillo de Getsemaní, su catedral de guadua, el orfelinato de la avenida Bolívar, las trilladoras y la plaza de mercado —que fue demolida en 1999 a pesar de ser considerada como patrimonio nacional—. Lo que reemplazó su equipamiento urbano es contemporáneo, de nuevos estilos y eso sigue validando justificadamente el título de ‘Ciudad Milagro’.

Pero en esta lista de construcciones desaparecidas se levantaban otras que marcaron hito en la historia arquitectónica de la ciudad. Son las Quintas, grandes casas que estaban situadas, por lo menos, en tres puntos neurálgicos a manera de conjuntos: los que hoy son el parque Uribe Uribe, el barrio Berlín y el barrio Alcázar. Este último conjunto se conocía en la tercera década del siglo XX como el barrio de las Quintas. Las siguientes, entre otras, son las casa quintas del pasado:

-Casa quinta de don Alberto Jaramillo J. Casa quinta de don Pedro J. Osorio L. Casa quinta de don Alfonso Echeverri. Casa quinta de don Wolf Konietzko. Casa quinta La Magnolia de don Rubelio Rodríguez L., la cual había sido construida por el famoso arquitecto Antonio Bernardi.

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De las casa quintas hoy solo se conservan, invisibilizadas, dos o tres en el barrio Alcázar, siendo de ellas la más reconocida la que perteneció hasta hace dos años a la familia Correal.

Mientras esto ocurre, algo similar se ha presentado en la discusión de sus imaginarios urbanos. Su símbolo municipal es un monumento —en extremo querido y al otro extremo vituperado— llamado monumento al Tronco y el Hacha. El llamado por algunos ecologistas el antisímbolo —ubicado en el parque de Los Fundadores— es también ampliamente reconocido como emblema por la mayoría de sus habitantes. En la esfera mental de los armenitas —gentilicio oficial de los habitantes de Armenia—, se encuentra aquí ese aspecto que justifica la existencia de la ‘Ciudad Milagro’, desde el ideario depredador de ‘tumbar’ montaña para crear progreso, como lo hicieron los fundadores desde la última década del siglo XIX.

Es irónico evidenciar el desfiguramiento de nuestros pueblos y ciudades como una ineludible realidad, en cuanto concierne a la merma, expoliación y destrucción del patrimonio cultural y natural. Situación que lastimeramente se repite en el país entero y en todo el continente americano, rico este en tradiciones que no solo se remontan a lo ibérico, sino a lo prehispánico.

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Ello sucede a diario con esos bienes inmuebles que reflejan la historia de las arquitecturas de esta ciudad. “Destruir culturas para establecer economías: ese es el juego en que estamos y que nuestros países están siguiendo alegremente”, nos señala con preocupación el chileno Manfred Max Neff en un documento que resume la realidad cultural gracias a un “desarrollo sin sentido” como él lo menciona en una conferencia magistral.

La situación destructiva de su patrimonio material se ha trasladado con naturalidad a otros ámbitos, como el Inmaterial. En 2002, la alcaldía de Armenia organizó un concurso de historias barriales, que mostró en su producto, el libro del mismo título, la desaparición de muchas manifestaciones de la cultura popular. Entre ellas, la familia Castañeda, que hoy ha sido reemplazada por otro desfile, igualmente atractivo, sobre todo para el turismo, llamado desfile del yipao.

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Si se continúa con el panorama descriptivo de su patrimonio cultural menguado y desaparecido, encontraríamos situaciones de emergencia que tendrían en alerta a los organismos de índole cultural. El barranquismo de Efrén Fernández Varón y la escasa apropiación del arte del performance son dos ejemplos. (Lea: Efrén Fernández Varón, el creador del “arte tierra”)

Fernández es un ciudadano destacado que no escogió el arte como su oficio de vida. Más bien es un técnico empírico en latonería que maneja su taller mecánico, pero que encontró en la escultura popular de los barrancos su opción de satisfacción.

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En agosto de cada año, una fundación cultural recuerda a la principal performer que produjo el medio artístico colombiano. Se trata de María Teresa Hincapié, una cuyabra que introdujo el performance en Colombia. Esa manifestación artística que también se conoce como el ‘arte con el cuerpo’, hace presencia durante una semana en las calles y plazas del centro de la ciudad, sin que sus mensajes sean asimilados por el público espectador.

Seguimos, como en la época que le tocó vivir a la joven artista Hincapié, rezagados en la comprensión del arte y en la valoración de lo cultural, donde ello todavía se entiende erróneamente como un espectáculo y no como un proceso educativo y de apropiación social.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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