General / Noviembre 13 de 2009

Armero desapareció hace 24 años

Hace 24 años, Colombia despertó con la tragedia natural más grande de su historia: la erupción del volcán Nevado del Ruiz, que destruyó la ciudad de Armero y mató a 23.000 de sus habitantes el 13 de noviembre de 1985.

El piloto Fernando Rivera fue la primera persona que reveló esa realidad: "Armero es un playón. Armero quedó borrado del mapa", relató entonces el aviador a emisoras de radio al narrar lo que veía desde su pequeño avión.

El aparato sobrevoló una enorme mancha café, de lodo, y de la que emergían algunas personas. Eran los sobrevivientes.

El cauce del río Lagunilla, una de las corrientes que se desprenden del "León dormido", como también es conocido el Ruiz, aumentó como nunca cuando se descongelaron miles de toneladas de nieve de la cumbre volcánica.

Se generaron entonces varias avalanchas con velocidades de más de 300 kilómetros por hora que arrasaron todo lo que encontraron a su paso.

Más de 350.000 metros cúbicos de lodo, rocas, árboles y animales aumentaron paulatinamente el caudal del Lagunilla, convertido en una masa que se inició a 5.400 metros de altura sobre el nivel del mar, descendió por la cordillera andina, arrastró todo a su paso y llegó a los llanos del departamento del Tolima y a Armero.

La rica y agrícola Armero, desapareció y 23.000 de sus 25.000 habitantes murieron sepultados.

Casi un año antes de la tragedia, la cumbre del volcán había empezado a inquietar a los científicos, a las autoridades y a los habitantes de la zona de influencia.

La tragedia de Armero dejó un símbolo: Omaira Sánchez, una niña de 13 años que formulaba llamados a sus padres y a sus amigos, atrapada en las piernas unos metros abajo por vigas de concreto.

La menor, de piel cobriza y pelo ensortijado, sumergida hasta el cuello, agonizó ante la impotencia de decenas de socorristas y fue una más de las miles de víctimas del volcán Nevado del Ruiz.

Hoy Armero es una gran planicie del Tolima que ha recuperado el color verde de la vegetación, y desde la distancia se ve una enorme cruz de cemento que recuerda que es un camposanto bajo el cual descansan muchas de las víctimas que jamás fueron halladas.

Al pie de esa misma cruz, el papa Juan Pablo II oró y lloró un mediodía de julio de 1986, durante su visita a Colombia ocho meses después de la erupción.

EFE.

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