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Región / JUN 26 2016 / Hace 2 Años

Calarcá cultural y sus construcciones tradicionales

La importancia y el protagonismo de Calarcá siempre han estado ligados a su devenir cultural y al cúmulo de relatos de tradición oral, entre los cuales se destaca el del personaje indígena que inspiró su nombre y que en la época de la conquista pertenecía al pueblo Pijao.

Calarcá cultural  y sus construcciones tradicionales

Las casas de Calarcá. Hoy no se valoran detalles, cielorasos y andenes y zaguanes con diseños grabados.

Emporio turístico

Calarcá es turismo desde la existencia de diversos sitios paisajísticos y de patrimonio ambiental: Mariposario del Jardín Botánico, Eco Mirador Peñas Blancas, Mirador de la Virginia, Chorros de San Rafael, Cerro Campanario.  

Es sede de eventos culturales como el Encuentro Nacional de Escritores y posee una Casa de la Cultura que potencia la generación y exhibición de muestras artísticas.  

Es la cuna de varios caricaturistas famosos de Colombia y allí su fortaleza también estriba en el desarrollo de una Escuela de Comunicación Gráfica llamada Taller Dos.  Calarcá es parques temáticos, es el conjunto de fincas y haciendas para el turismo y es y puede ser  turismo cultural.

Su arte público y del espacio interior comprende obras simbólicas y representativas.  Entre otras, las dos estatuas del parque principal llamadas Monumento homenaje al café, de César García.  La escultura del Cacique Calarcá de Eduardo Botero.  El mural, sobre la fundación y primeros pobladores de Orlando Londoño.  El mural Camino futuro, de varios artistas, en el corregimiento La Virginia.

 

Tierra de escritores
Calarcá es también un conjunto de hombres y mujeres que se han destacado en la poesía, la prosa, la crónica y las artes.  Incluso uno de sus fundadores, don Segundo Henao, escribió en 1921 un sencillo libro titulado “La Miscelánea”, lo que ha motivado se cuenten vivencias y anécdotas sobre él. No obstante la vasta producción bibliográfica sobre Calarcá, pocas obras pasan el rasero del estudio profundo.  

Carlos Alberto Castrillón, en uno de los apartes del libro Calarcá para leer (compilado por Álvaro López Cortés, 2010) anota la importancia de tener en cuenta los análisis de Jaime Lopera (en su obra La colonización del Quindío), Carlos Miguel Ortiz (en Elementos para la interpretación de la colonización quindiana), Jaime José Grisales (en La conformación de la región quindiana) y Albeiro Valencia (en Peculiaridades del proceso de colonización y diferenciación social de los colonos del gran Caldas) para entender mejor el proceso fundacional.

Mientras tanto se han publicado en Calarcá las crónicas, recuentos de costumbres y reseñas sobre personajes.  Aunque las hay de varios matices, se destacan, entre otras, Calarcá en la mano de Eduardo Isaza, Calarcá en anécdotas de Rodolfo Jaramillo Ángel y Viaje a la aldea de Humberto Jaramillo Ángel.

 

La arquitectura de la Colonización
Pero hay algo que es imperioso realizar, en aras de documentar aquello que los arquitectos Lorenzo Fonseca y Alberto Saldarriaga (en Los colores de la calle, Litocamargo, 1985) denominan “la historia del país sintetizada en la arquitectura de nuestro pueblo”.

Calarcá cuenta con un conjunto arquitectónico de casas de la Colonización, consideradas importantes por el entonces Colcultura (Instituto Colombiano de Cultura) en 1986, a través de la Resolución 0017, por la cual se determina como parte del Patrimonio y Artístico de la Nación un sector del municipio de Calarcá, Quindío. En uno de sus considerandos, la resolución anotó que, de acuerdo con los estudios realizados, “se encontraron valores históricos, urbanísticos, ambientales y arquitectónicos suficientes que hacen necesaria su conservación y salvaguardia”.  

El levantamiento de ellas es apenas el comienzo de una historia documental de hace más de un siglo.  

En su recorrido funcional esas casas fueron el testimonio de varios eventos históricos: en su inicio son el constructo a partir de experticias de albañiles y gestores en la etapa de la colonización.  

Sigue el siglo XX con su tímida carga de relatos sobre ellas y sobreviven a procesos de destrucción y refacción hasta que el terremoto asesta sobre algunas la estocada de muerte que se refleja en su desaparición.

No obstante, 30 años después de dicha determinación oficial tal parece que eso no ha sido suficiente, pues “la competencia valorativa de la definición de su carácter patrimonial frente a los monumentos históricos no depende directamente de sus valores intrínsecos solamente, depende del entendimiento global de la historia y de la cultura de la sociedad que lo ha producido” (Alberto Saldarriaga, en “Valor testimonial de las tradiciones urbanas”).

 

Poca conciencia
Lo que más ha afectado su persistencia física es la poca consideración que tienen propietarios o moradores sobre ellas.  

Se alega que nunca se les consultó la declaratoria nacional de patrimonio, mientras otros sostienen que se debe dar paso al progreso en el emplazamiento urbano.  

Así se desconocen los valores y atributos de los materiales terrígenos, como el bahareque y la tapia pisada, elementos que han estado ligados a la historia de la región y que son únicos y singulares como que conforman una arquitectura “temblorera”, que resiste a los movimientos sísmicos, que es fresca y que para muchos es bella y se considera versátil para el desarrollo de un turismo sostenible del Paisaje Cultural Cafetero.

Tomando de nuevo la consulta de Calarcá para leer, encontramos referencias interesantes sobre sus casas: “la de la calle 32, hasta el final del patio, donde Alirio Sabogal Valencia hacía locución radial en los comienzos de lo que él llamaría La Voz de Calarcá”. “Las casonas con sus balcones repletos de geranios y claveles y sus patios aromados de jazmines” descrita por Álvaro Hincapié Palacio.  “La cocina de tres estufas” de la casa de Raúl Echeverri Molina.  

Las viviendas de “pisos de madera encerados a mano, brillantes como espejos” que recuerda Beatriz Eugenia Gallego.  La descripción poética de Esperanza Jaramillo de “una vivienda  que sollozaba en las noches, que guardaba en sus maderas el canto de pájaros dormidos”.  La “solariega residencia de los cuarenta y uno con veintinueve esquina, rodeados de anaqueles repletos de libros” del escritor  Humberto Jaramillo Ángel, lo que  es evocado por Carlos Enrique Rincón Torres.

De estos relatos de casas, que solo son recuerdos, se podría pasar al interés de arquitectos como Hernán Giraldo Mejía y Enrique Barros Vélez que no sólo describen su estética provincial sino que abogan por su conservación.  De eso da fe la relación detallada de la famosa “manzana de los Giraldo” (carreras 23/24 calles 38/39) y la  reconstrucción fidedigna de la sede del entonces Banco Central Hipotecario, hoy Alcaldía Municipal.

 

Muerte a cuenta gotas
Las casas de Calarcá hoy mueren poco a poco.  La declaratoria no se respeta. No se valoran detalles, cielorasos y andenes y zaguanes con diseños grabados. Se conocen referencias vagas de casas o cuadras simbólicas como la de la casa de las Téllez y la Escuela Uribe Uribe, aunque su refacción y pérdida de los detalles es inminente.  

Esfuerzos como los desarrollados  por  Jorge Humberto Guevara con su conservación y mejora de fachadas e información patrimonial, o de Luis Fernando Londoño con su Museo Gráfico y Audiovisual (casa que también es antigua y está en peligro de desaparecer) son encomiables pero no suficientes porque la verdadera amenaza está presente todavía: falta de conciencia comunitaria, estatal y patrimonial frente a un tesoro arquitectónico que no es solo de los calarqueños.  Es del patrimonio humano del Paisaje Cultural Cafetero. 

Vale la pena recuperar el espíritu de una entidad, la “Corporación amigos del Patrimonio”, que aunque no fue escuchada, dejó las semillas para que se conservaran algunas viviendas.  

Y también el sentido artístico que pintores como Fernando Valencia y Hernando Jiménez colocan a sus obras de interiores de aquellas casas. O el empeño de seguir fijando, en sus fachadas, placas informativas que relaten sus anécdotas y las características peculiares de sus antiguos y actuales residentes.

 

Por Roberto Restrepo Ramírez.    


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