Lunes, 12 Nov,2018

General / JUL 26 2015 / Hace 3 Años

Carlos Sánchez, el militante del cine

Crónica a la izquierda de la pantalla grande. Detrás de cámaras de la cinematografía nacional, protagonista de la revolución del M19.

Carlos Sánchez, el militante del cine

Carlos Sánchez, su deseo era el de un cambio definitivo, llegó a la conclusión que debían hacer la guerra desde la ciudad.

Las paredes de barrios fueron la primera pantalla grande de las filmaciones de Carlos Sánchez, uno de los directores de fotografía más brillantes del séptimo arte colombiano. Ahora, mientras conversa conmigo, ha transformado su voz en un proyector de recuerdos de sus días de lucha en la izquierda nacional, y de la manera en que ha empuñado su arma más efectiva: el cine.

Fuma un cigarrillo, mientras habla del año 1968, cuando decidió no asistir más a la universidad Externado de Colombia, donde estudiaba economía, para recorrer el país con una cámara, y registrar la protesta de la universidad Nacional contra el Plan Básico de la Educación Superior, rechazado por su intención de suprimir la representación estudiantil.

Los estudiantes se dividieron en grupos que marcharían desde Bogotá hasta ciudades como Medellín, Bucaramanga y Cali. El joven Carlos se unió a los caminantes que arribarían a la capital del Valle del Cauca.

“Hicimos varias jornadas de filmación. Teníamos el momento en que un muchacho se mató, porque pisó un pozo que tenía un cable de energía. Ahí nos retrasamos, pero después cogimos flota y alcanzamos a la gente”, afirma a medida que esas ‘imágenes’ salen de su boca.

Entre el humo, me cuenta que después de su llegada a Cali, él y sus compañeros, entre ellos su hermano Pepe Sánchez, viajaron a Buenaventura, donde presentaron, en muros, parte del material de la protesta universitaria y algunas películas latinoamericanas.

Gente agrupada en la calle disfrutando de la imagen en movimiento a grandes proporciones, algo que parecía solo para ricos de la capital. Así me siento yo mientras veo el pasado en la sala de la casa de Carlos; uno no espera encontrar de repente la historia de su país en la memoria de una sola persona, y en alta definición.

Continúa con su relato, demostrándome la firme conciencia política que lo acompaña desde esos días, cuando militaba en el cine y en la izquierda. Sin embargo, el robo de las elecciones de 1970 fue el hecho que lo llevó a comprometerse a otro nivel con sus ideales de país, dándole un giro a su vida y a la historia colombiana.

Entre los muebles se puede ver cómo, una vez revelados los resultados de las votaciones, el pueblo se manifestó a favor de Gustavo Rojas Pinilla, quien perdía la oportunidad de volver a ser presidente de la República, ante una injusta victoria de Misael Pastrana Borrero.

Ese día, Carlos Sánchez salió a la plaza Bolívar de Bogotá, con su cámara como aliada para dar testimonio de lo que sucedía, la cantidad de gente en contra y el caos que se desataba.

Su deseo era el de un cambio definitivo, por lo que llegó a la conclusión de que él y quienes pensaban igual debían hacer la guerra, pero no en el monte, como ya era habitual en ese momento, sino desde la ciudad. Allí inició el parto del Movimiento 19 de abril. Nacía el M19.

Lo miro y me doy cuenta de que no estoy ante cualquier persona que habla de luchar, estoy frente a un ‘histórico’, alguien que tuvo y tiene claro qué es lo que quiere para su país, y que estuvo dispuesto a hacer una pausa en el cine, aunque este fuera su sustento.

La oportunidad de un trabajo adicional llegó en 1972, cuando La Rosca, el grupo de investigación social de Orlando Fals Borda, Daniel Bonilla, Gonzalo Castillo, Augusto Libreros y Carlos Duplat, lo acogió. Su trabajo con comunidades de distintas regiones era culminado con la producción de un documental que presentaba lo encontrado.

“Duplat y yo éramos como los comunicadores del grupo. Hacíamos películas, libros, cartillas; le devolvíamos a la gente lo investigado para que pudieran reflexionar acerca de sí mismos. Viajamos a muchos lugares”. Paralelo a esto, se creó la revista Alternativa, en 1974.

La publicación encarnaba los deseos de sus integrantes: darle un respiro a la sociedad de los medios que predominaban —y predominan— en el país, unir la izquierda y abrir un espacio para su discusión. El periodista Carlos Vidales, que había vivido todo el golpe de Estado en Chile, asumió la jefatura de redacción, y personajes tan importantes como Gabriel García Márquez le dieron su apoyo.

Carlos no estuvo mucho tiempo en Alternativa, pues se marchó para fundar Mayorías (1974), el periódico de la Alianza Nacional Popular, Anapo, el partido de Rojas Pinilla, al que el M19 decidió infiltrarse, creando la Anapo Socialista.

“Un medio de comunicación era la manera de llegar a más personas”, me dice a medida que su historia se va acercando al punto de giro. La luz inunda el salón.

El M19 estaba organizado, tenían claros sus objetivos y sus planes. Carlos Sánchez ya había pasado por muchas cosas, oficios varios de la lucha política y social, pero ¿dónde estaba su pasión? Se dejaba ver a veces, entre un trabajo y otro, pero no era omnipresente. Era el momento de tomar una decisión.

“Un día hablé con Carlos Pizarro, le dije que yo quería hacer cine. Me dijo que bueno, que también se necesitaban cineastas; y lo hice”, recuerda con gracia, aunque no tiene clara la fecha de esa conversación.

De esa manera, llegó la oportunidad de hacer un documental sobre el Festival Vallenato, y se aprovechó la ley de Sobreprecio, que autorizaba cobrar un incremento especial por cada boleta de entrada a los teatros que presentaran cintas nacionales, con el fin de fomentar la industria cinematográfica colombiana. Había oportunidades de filmar y proyectar, esta vez en salas de cine. Así arrancó en la ficción.

Comerciales y producciones pequeñas hicieron parte de su itinerario, pero, como en una película, empezó a ser perseguido por su colaboración al ‘M’, y debió asilarse en otro país, como se lo sugirieron varias personas que sabían que en esa condición podría seguir luchando. Viajó a Ecuador en 1979.

Tanta vida en una vida. El Carlos militante, el Carlos cineasta, el Carlos periodista y el Carlos asilado están condensados en el hombre de barba que me habla, que no abandona sus Marlboro, y que sigue en su función de 7:00 p.m.

Después de tres años en el país vecino, regresó a Colombia cuando empezaron a soplar vientos de paz. Obviamente, lo recibió Don Chinche, la comedia dirigida por su hermano Pepe, que lo transportó a la pantalla chica, al éxito y a la aclamación del público por una de las producciones más exitosas de la televisión nacional.

Romeo y Buseta (1987), La historia de Tita (1987) y La Posada (1988) fueron algunos de los programas que tuvieron su toque, mas no eran su faceta favorita. Él seguía encantado con la magia de hacer largometrajes, de vivir la experiencia del cine de ‘combo’, y no la televisión de obrero.

“Trabajar para esas empresas grandes me molesta mucho. No hay suficiente libertad creativa. El cine se hace con amigos, y son empresas que se juntan para una producción y después se desbaratan”, me dice, con su tercer cigarrillo mirando al techo, siempre vertical para no dejar caer la ceniza en los muebles.

Desde su garganta se proyectan los días en que participó en la producción de Rodrigo D No futuro (1990), de Víctor Gaviria; cuando dirigió la fotografía e hizo la cámara de la cinta María Cano (1990), de Camila Loboguerrero, y del momento en que se unió a Felipe Aljure, convirtiéndose en parte fundamental de su ‘combo’, en el momento de hacer películas.

Una agencia de detectives, dirigida por Diógenes Hernández, la relación con su sobrino Clemente, su esposa Fabiola, y su primer gran investigación fue la trama de La gente de la Universal (1994), ópera prima del director y de la dupla. Fue el momento en que descubrieron el buen trabajo que logran juntos, tanto que Carlos considera a esta la mejor cinta colombiana de todos los tiempos.

“Un orgullo participar en la que cree que es la mejor”, le digo yo, admirada con la naturalidad con la que se expresa y con su vasto recorrido por esos productos que todos halagan cuando hablan de cine nacional.

Con los años vino, también con Aljure, El colombian dream (2006) y Tres escapularios, la película que se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Cartagena 2015, y que recibió el premio de la categoría ficción del Colombian Film Festival de Nueva York, en su edición más reciente.

Todas estas son películas que, desde sus guiones, personajes y locaciones, presentan la realidad del país. La cruda verdad con la que vivimos millones. Para Carlos es necesario que existan directores que narren comedias, pero eso no es lo que él pretende hacer con su arte.

“Yo no soy capaz de contar ‘El Paseo’ en medio de esta guerra”, dice, con la película de su vida flotando en los muros. Para él no existe una imagen buena o mala del país ni hay tabúes con mostrar lo que somos, a través de películas. “Reflejamos lo que vivimos”, afirma.

Con vaqueros me demuestra cómo la simpleza de aceptar lo que somos es la gracia de hacer cine. Para él la conquista del oeste, ese cuento que hoy se ve como un acto heroico norteamericano, fue una barbarie, pero la gracia con que fue contada la convirtió en un ideal para montones de personas que desde el anonimato o la fama se creen John Wayne.

“Aquí critican cuando se hace una película sobre narcotráfico, pero es que eso nos marcó. Existe en el colombiano una mentalidad heredada de esa época. En el cine no pretendemos hacer apología a esos personajes, como pasa con la televisión, buscamos profundizar en nuestra realidad, encontrarnos”.

Imágenes del cine latinoamericano son la última proyección de la noche en la casa de Carlos. Él me habla del cine boliviano, peruano y argentino, de la necesidad de apreciar ese paisaje distinto a Las Vegas o a París. Apreciar los intentos más cercanos a nuestra realidad.

No obstante, la vida de Carlos Sánchez no transcurre de locación en locación, de película en película. La mayor parte de su tiempo lo pasa en salones de clase de la carrera de cine de la universidad Central. La enseñanza se ha convertido en su oficio, en el que no debe estar detrás de una cámara, sino frente a todo un auditorio de jóvenes con sueños de proyectar sus experiencias y documentos, tan bien como lo hace él cuando guía y conversa.

“Esta es una labor mucho más noble que hacerle publicidad a un jamón. Me relaciono con gente joven y me siento más tranquilo”, me dice antes de levantarse por un vaso de agua.

Me confiesa que la vida familiar, jugar billar y las mujeres son sus otras pasiones. Nos reímos como grandes amigos.

Después de tantos ideales, de su experiencia y de su trasegar le pregunto ¿El cine colombiano si lo está logrando? Abre los ojos y con una sonrisa me dice que sí. “La ley de Cine ha masificado la oportunidad de crear en Colombia, y ahora hacer y ver una película es tan real como ver o hacer un retrato. La fotografía es de todos, el cine también lo será”. Por los logros de la política no le pregunto, ambos sabemos que no.

La película termina, el proyector de su garganta se apaga y me despide con un abrazo. Me voy segura de haber estado frente a un hombre inmenso, a un conversador pleno y a un realizador tan talentoso, que es capaz de narrar en tres horas la película de su vida.

 

Por Camila Caicedo


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