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Música / OCT 07 2018 / Hace 12 Dias

Charles Aznavour, el bohemio de siempre

El artista, considerado el más prolífico y mítico de los cantantes, falleció a los 94 años el pasado lunes en Muriés, sur de Francia.

Charles Aznavour, el bohemio de siempre

/ Archivo particular

Después de 94 años de maravillosa y fecunda existencia, falleció el pasado lunes en Muriés, sur de Francia, Charles Aznavour, el más mítico y prolífico de los cantantes galos. (En contexto: Falleció el cantante francés Charles Aznavour a los 94 años)

Aznavour descendió del vientre de su madre ciudadana de origen armenio, el 22 de mayo de 1924, en una congestionada posada para migrantes, localizada en la calle Assas, próxima al hermoso Jardín de Luxemburgo en París.

A pesar de su baja estatura y voz sin formación académica —características que no corresponden a las de un artista de postín—, lenta e imperceptiblemente se fue encumbrando en el firmamento artístico como el más representativo de los cantantes franceses, calidad por la que no en vano se le conoció como el portaestandarte universal de la “Chanson Française”.

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Consecuente con el espíritu de lucha sin cuartel, típico de la etnia armenia de su génesis, volcó sus años adolescentes y juveniles en arriesgadas y comprometedoras acciones que le permitieron salvar la vida de centenares de judíos, víctimas de la implacable persecución del ejército nazi, sangriento invasor del territorio de la república de Francia.

Tal vez fue el oficio expuesto, el que a la postre jugó un papel preponderante en el futuro de Aznavour en su propósito de ser cantante, como que aquel lo obligó a recorrer todos los recovecos del París de la época, en los que encontró alimento para su alma triste pero enjundiosa, a través de la aprehensión de las más diversas expresiones de la música, el arte y la bohemia, silvestres por doquier no obstante las escenas de terror y desastre descritas.

Bastantes avatares le correspondió superar a Aznavour para empezar a vislumbrar su consagración, hecho que en efecto empezó a emerger cuando en la primavera de 1953 se presenta en el icónico teatro Olimpia de París, gala en la que magistralmente interpreta Sur ma vie, provocando elogios inusitados de la despiadada crítica francesa.

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Advenido el reconocimiento en suelo patrio, Aznavour concita de inmediato la aclamación global, gracias, entre múltiples razones, a su admirable facilidad para igualmente cantar con exquisito sabor, en lenguas tan disímiles como el inglés, alemán y español, antecedente suficiente como para que escalonadamente en el tiempo lo acompañaran a dúo portentos de voces como las de Frank Sinatra, Elton John y Plácido Domingo, entre otros no menos talentosos.

Entre sus canciones más emblemáticas se destacan obras de dominio planetario como La bohemia, Te espero, Venecia sin ti, Isabel, La Mama, Cuando estés junto a mi, Apaga la luz, Quién y Si vienes a mi.

De su particular timbre de voz, que por cierto fue el que lo hizo especialmente singular, como que arrastraba simultáneamente sonidos nasales y guturales, basta decir que no existe definición específica que lo alindare y tal vez sea la que el autoespetó la que mejor dibuje el éxito de la misma: “Tengo como voz la que Dios me dio, justo para amoldarla a las letras que escribo y nada ni nadie me hará abdicar de ella”.

Ahora bien, si su trayectoria musical fue prolijamente apoteósica, no menos lo fue su periplo sentimental, del cual formaron parte musas inolvidables como Editj Piaf —la Rosa de Francia— y la bellísima Liza Minelli, quien a los 18 años de edad, decididamente y ajena a prejuicios sociales, se afilió en amores con Aznavour, cuando circundaba en su peregrinaje vital por encima de la cuarta década.

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Como acotara algún cronista europeo de prensa, duele perturbadoramente que Aznavour, el cantante del amor, se haya marchado sin despedirse, pues no cabe duda que se trataba de un “diminuto pero grandioso hombre al que sus luminosos cabellos canosos le aportaban un irresistible aura de veneración”.

Quien esto escribe, accedió al mundo de Charles Aznavour, siendo un imberbe párvulo por allá en el año de 1974, gracias al influjo de José Fernando y Luis Alberto, mis queridos hermanos mayores, cultores eximios de su música, para quienes era un ritual solemne acomodar sobre la radiola Philips de nuestra casa materna las últimas grabaciones Aznavourianas, una vez arribaban procedentes de Medellín, en plan de disfrutar sus vacaciones universitarias.

Además de las virtudes anotadas, sea la oportunidad para recordar que, Aznavour, fue un ser humano inconmensurable, en el que los actos de bondad, ternura, fraternidad, solidaridad, humildad y filantropía, afloraron permanente e inmutablemente, confiriéndole sello de autenticidad y grandeza a sus modos comportamentales.

Por su estilo de vida, es quizás, merecidamente, el artista más laureado entre los siglos XX y XXI, recibiendo entre múltiples condecoraciones la Legión de Honor de Francia, orden de Héroe Nacional de Armenia y la medalla Roul Wulfenberg, otorgada excepcionalmente por el estado de Israel a quien, como Aznavour, hubiese fungido como protector del derecho a la vida del pueblo judío, vilmente sometido a exterminio durante el holocausto promovido por Adolfo Hitler.

Su postrer concierto lo ofreció el pasado 19 de septiembre en Osaka, Japón, previendo su siguiente escala artística —desde luego fallida por el hecho de su muerte— en Bruselas, capital flamenca, donde sus fans, al borde de la butaca, ansiosamente lo esperaban para el próximo 26 de octubre.

Hoy 1 de octubre de 2018, con ocasión de su último aliento, ofrezco gratitud a Dios por haberme permitido gozar a plenitud de su música, de la cual fui testigo directo en el Radio City de New York en el verano del año 2006.

Como alguna vez dijera “Aznavoice”, que no Aznavour, el Show debe continuar.


Juan Carlos Ramírez Gómez
Especial para LA CRÓNICA


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