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En profundidad / FEB 10 2019 / Hace 8 Dias

De Chiribiquete y los sitios sagrados del Quindío

Chiribiquete, el valle del Chilí y otros lugares sagrados de Colombia están en peligro. De todos los colombianos depende su heredad de biodiversidad y espiritualidad.

De Chiribiquete y los sitios sagrados del Quindío

Chiribiquete es la superficie de pinturas antiguas más grande de Colombia.

En agosto de 1992 —dos meses antes de la celebración infausta de los 500 años del ocaso indígena americano— una expedición multidisciplinar de la división de parques nacionales del antiguo Inderena exploró para el mundo científico la maravilla natural y arqueológica que hoy se conoce como Chiribiquete

En ese momento, las palabras expresadas por Carlos Castaño, el antropólogo jefe de Parques Nacionales, mostraba el alto valor del descubrimiento: “La serranía de Chiribiquete es uno de los bancos genéticos de mayor biodiversidad del mundo, teniendo en cuenta las condiciones privilegiadas de su localización”.

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Lo que más llamó la atención de la expedición de zoólogos, botánicos, arqueólogos y geólogos fue “el hallazgo de un posible lugar del culto de alguna cultura indígena desaparecida y las dudas sobre posibles nuevas especies o subespecies de plantas y aves” —“Chiribiquete es nuestro”, de Winston Manrique Sabogal, El Espectador, 23 de agosto de 1992—.

Lo que nos entrega Chiribiquete tiene todas las características de un sitio sagrado. En efecto, es la superficie de pinturas antiguas más grande de Colombia. Los grabados tienen que ver con aspectos ceremoniales ir de vida agraria de los primeros habitantes de la Amazonia. 

Los sitios sagrados son los parajes de la interacción entre los seres vivientes de la naturaleza, los animales del mundo mitológico y las personas. Varios senderos del departamento del Quindío nos conducen a esos sitios ancestrales de la esencia espiritual. Están cerca de las quebradas, o en el afluente de ella, marcados por las piedras, donde los antepasados dejaron la huella religiosa. Las figuras plasmadas y esculpidas allí se conocen como el arte rupestre, pero son y han sido, más que arte, una respuesta al equilibrio y más que antiguos, están allí desde el principio del relato. Algunos son grabados en piedra, también llamados petroglifos y tienen la impronta de los antepasados. En ellos se concentraron los rituales para devolver la armonía a la naturaleza. La salamandra, la espiral o la representación antropomorfa nos remiten, desde la mano del grabador que los ideó, al conocimiento ecológico, el que siempre ha sido la guía de las comunidades.

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A esos sitios han regresado hoy los pueblos originarios. Los actuales indígenas pijaos, entre ellos, quieren recuperar la importancia de los lugares sagrados para la confirmación de su vida tradicional. Quieren a través de las ceremonias que allí se realizan, seguir recreando el mito y ritual. Es un reencuentro con las deidades de la montaña y la quebrada. También es la remembranza de su líder histórico llamado Calarcá, quien también entendió la dimensión chamánica que aquí se materializa.

 

“La serranía de Chiribiquete es uno de los bancos genéticos de mayor biodiversidad del mundo, teniendo en cuenta las condiciones privilegiadas de su localización”


Los lugares sagrados del Quindío convocan a la acción. Pero sobre todo al entendimiento de todos los que aquí vivimos, de la preponderancia de los pueblos indígenas contemporáneos en la defensa del territorio. Porque es un territorio para la vida y no para el despojo.
 


Los relatos de los indígenas también se tejen alrededor de tramas de protección de nuestros recursos naturales. Para ellos y tal cual lo presentan las palabras del mito, los agentes etéreos que están en estos lugares sagrados de la piedra corresponden al “agua, vegetación, animales del bosque, la quebrada y el aire que interfluyen y se transforman unos en otros en el ciclo de intercambios siempre repetidos, el ciclo de la vida”.

La tradición Pijao denomina con el nombre de Kakataima todos esos lugares de los ancestros, que pertenecieron y fueron recorridos por Calarcá. Ante la posibilidad de un desarrollo que pueda hacer daño, los pijaos solo abogan por su protección y por el rescate de los sitios para la conservación de actividades espirituales.

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La protección de los lugares sagrados de las montañas es equivalente a lo que otros pueblos de Colombia realizan. Así lo vemos en el sitio denominado Ciudad Perdida o Teyuna, donde los Kogi tienen injerencia en el manejo y sobre todo en su acceso por la vía turística. De esta forma han logrado contener el paso de inescrupulosos que irrespetan el territorio o que pretenden imponer la marca del progreso en lugares que no son solo reservorios de recursos naturales, sino que contienen evidencias arqueológicas de nuestros antepasados. En el caso del Quindío, se quiere sentar un precedente en esta materia de salvaguardia de los lugares que conservan el espíritu de la memoria.
 


Un cineasta quindiano acaba de realizar un interesante documental, titulado “Sagrado”, sobre el valle de Chilí, en jurisdicción de Pijao. Este es un territorio extenso de frailejones, humedales y niebla, donde también se han encontrado otras evidencias de lo que seguramente fueron lugares de culto. Se trata de las “tumba de cancel”, formaciones rectangulares de piedra, similares a las que se encuentran en la parte alta del valle de Cocora o en varias colinas de la hoya del Quindío.

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José Eugenio Montoya, su director, logra en el documental captar el talante combativo de los pijaos del Quindío, con sus dirigentes del cabildo, comandados por David Cupitra. Pero también refleja dicha producción audiovisual, la preocupación de ellos —y también de nosotros— por la pérdida de esos lugares donde, como dicen los kogi, “nos han vendido las nubes y aquellos extensos valles ya no serán el generador del agua”.

Chiribiquete, el valle del Chilí y otros lugares sagrados de Colombia están en peligro. De todos los colombianos depende su heredad de biodiversidad y espiritualidad para nuestros hijos, nietos y para los pueblos indígenas.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA

Autor : ​Roberto Restrepo Ramírez


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