Lunes, 18 Dic,2017

La Salida / SEP 30 2017 / Hace 2 Meses

¿De qué forma es tu amor?

¿De qué puede enfermarse un espantapájaros? ¿De demasiadas lluvias? ¿De hongos? ¿De descuido? Y también de nostalgia, ese dolor que se origina en la memoria. No aquella incapacidad de almacenar, de crear nuevos recuerdos, de traerlos de nuevo cuando se les necesitan y que llamamos amnesia.

¿De qué forma es tu amor?

Foto: Archivo particular


La nostalgia tiene que ver con la carga emocional, de peso aplastante, que un objeto, un aroma, una palabra, detonan en el momento menos oportuno y que vuelven más lenta la tarea cotidiana, pues en la mirada, o en el tono de la voz, incluso en las manos –que parece, acarician más–, algo delata que el pensamiento está atrapado en la ausencia de un algo.

Esa es la aventura que nos propone en A la casa del chico espantapájaros, su primera novela, John Better: la de conocer cómo la nostalgia va erosionando al chico espantapájaros, cómo manojos de su paja van regándose alrededor para el fogonazo final, producto del flash de una cámara fotográfica. Esos manojos de paja son los que leemos. La verdad es que, viéndolo bien, con botones por ojos, más que una enfermedad, tendríamos que hablar de un proceso cercano a la metamorfosis.

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Capítulos cortos

Una de las primeras inquietudes que se puede tener, como lector, es la de confirmar si el autor está hablando propiamente del muñeco guardián de las cosechas, o se trata quizá del apodo, el alias de un chico que vive en el barrio y que por feo o por extraño, resulta una aventura ir a su casa, en su caza. Better nos habla de las dos cosas, el muñeco y el chico excéntrico.

En su novela, de capítulos cortos, se encuentran un par, una secuencia de suspenso en la que una familia atraviesa un cultivo de maíz para presentarse ante el muñeco antropomorfo, relleno de paja, puesto sobre un palo con el propósito de confundir a las liebres que vienen por las cosechas.

Además, cuando en la novela le hablan a Greg, alguno de sus amigos (Sandy, WC Boy) o su madre, le recuerdan que su cabeza está llena de paja. Pues bien, esa paja es la que importa, ella es la que justifica la novela.

En las conversaciones más triviales, paja equivale a ilusión, a cuento que se dice a sí mismo como sucedáneo de un instante de gozo. De ahí que se aplique tanto a la masturbación como a lo que se sabe falso. Así, entonces, Greg, el espantapájaros, es el chico que, en el descubrimiento de su sexualidad, comienza a echar el cuento de la literatura.

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Espantapájaros

Al principio de esta reseña he llamado enfermedad a la nostalgia, por ese poder que tiene de carcomer las mañanas soleadas, aunque ahora, padeciéndola un poco (posible contagio por la cercanía con Greg), quiero verla como metamorfosis. La paja de la que se va deshaciendo en cada página el protagonista, es la piel que abandona el autor y que nos deja leer. Y esa paja-piel que él escribe, es la misma que hemos abandonado y que por eso termina doliendo: El espantapájaros como tótem y la paja como fetiche.

Incluso, esas notas que conocemos porque son leídas por Sandy o WC Boy, vienen con un título que convoca el recuerdo de los días la juventud antes del milenio: “Jean Book”, a la que alude desde la portada del libro y que nos recuerda una juventud, que orquestaba su rebeldía, con música rock. Sí, esa es la novela de Better: una ópera rock. Allí está el listado de canciones para los dos lados del casete. Su escritura es la de un letrista interrumpido por lo prosaico de la vida cotidiana. Siento que el poema nunca queda escrito del todo, que los versos son interrumpidos con vehemencia por un lector que tiene miedo de la filosofía, pero que, inevitablemente, ha quedado marcado por la pregunta.

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Aromático capítulo

Importantes: los telones del fondo. Pinturas populares que nos habitaron, que nos observaron, con las que tapamos nuestra pobreza: La niña de la espina, los niños llorones, los perros jugando al póker. No creo que al observar una pintura de estas lo haga sin pensar en lo que Better ha escrito sobre ellas, sobre sus autores. El decorado es ese. Importan menos las calles de Barranquilla, ciudad a la que apenas se alude. El color local lo pone el barrio Las Nieves, y en especial el patio, que en la novela goza de un aromático capítulo biográfico: Ahora revuelve y los olores empiezan a mezclarse, el perfume del apio se impone, pero en breves minutos todo será un espeso caldo…

Duelen los recuerdos. Tanto como si, antes las preguntas serias de la vida, nos torciesen el pescuezo como a un pollo que se adelanta para el almuerzo. Sobre todo, como si preguntásemos dónde quedan los amigos… Sobre todo, los que se transformaron para nosotros, los que nos transformaron. Los que aparecieron como habitantes casuales de una habitación y terminaron adentrándose en el alma. Los que primero ridiculizaron al débil, porque no sabían de qué otra manera podían nombrar el deseo.

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Paja

De abandono enferman, los espantapájaros. Cuando su paja es sabana percudida, cuando su cuento ya no asombra. ¿Qué queda entonces? Tomar la paja para escribir y formar con ella una hoguera en la que arda, junto con el loro, lo querido. Los amigos, la madre. Holgazán y los perros humanizados. Electrowoman y Dinachica, David Bowie y Mia… Pero mejor callemos porque el amor crece. El amor crece como esa mancha de moho en los hongos del supermercado. Se fermenta lentamente en la boca de las botellas que hemos bebido juntos. Las gilletes se oxidan e insistes en hacerte un tatuaje nuevo. Ya te dije que puede ver a través de las lágrimas, pero qué más da, si el amor crece.

Tu ropa regada por el piso.

Ya no queda paja.


Jáiber Ladino Guapacha
Especial para LA CRÓNICA


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