Domingo, 18 Nov,2018

General / ABR 27 2014 / Hace 4 Años

Diccionario de arrieros

La mitad del léxico de los arrieros fueron insultos. La otra mitad formas para nombrar el oficio original de unos aventureros peleados desde siempre con la montaña. 

Diccionario de arrieros

Bendita labor consagrada a la dificultad, al temporal ventisquero. La arriería hizo grande a este país, solían repetir mis abuelos, pero esa será sentencia vacía de lo falsa, menudeada por historiadores o presidentes durante un siglo.

La arriería solo hizo grandes los tormentos de las mulas y los guamazos en los jarretes, dos términos para principiar este diccionario.

La arriería solo fue abundancia de tapapinche y perrero, que es sinónimo de zurriago, aunque como verbo dar perrero venga a ser dar aliento, dar empuje, emprendimiento. “Da perrero al alma” canta el bambuco. La tolda es la que desafía el vendaval, la turega es la que envuelve la carga, ya requintada. Engarillar significa cargar una bestia con caña.

Enjalmar es ponerle los cojines, porque debajo va la matadura. Se andan páginas largas de este diccionario con nombres de doncella antioqueña para las bestias más nobles, mulas tan humanas a las que no falta sino hablar. Conchita, Mariposa, La niña, La mimada, Marujita. Doncellas con porte y sudor de bestia. Los amarres de aparejos anudan recuas de animales, con el sangrero por delantico, más allá la remuda por detrás. Con aguja de Arria se ajunta el cáñamo y con el cáñamo se remiendan los costales aporreados, igual que los alpargates remiendan las patas del caporal, fregadas por los cayos.

Que si el arriero fue una bestia más dentro de la trocha, puede que sí, pero si fue porfiado no hay carga que se voltee ni yegua que se le atasque.

No cabe pensar en la grandeza, en el heroísmo de la arriería. Hubo quizá, además de montañas fundidas en tremedales, además de bestias humanizadas y humanos reducidos a la brutalidad del animal, toda una singular gramática de lo agreste. Una gramática de la dificultad.

Voy a anudar ideas como amarrándole arrobas a una repuntera, eso viene a ser, a las patadas. Existe un estereotipo mediocre y facilista de la escritura, entendida igual que el fruto de la inspiración, de la genialidad. Aquello conduce al egocentrismo o peor aún,  a la certeza, enfermedad terminal del pensamiento. Muy fácil esquivar la disciplina, la reciedumbre, el fracaso —precipicio inevitable— con pretensiones infantiles de genialidad. Las trochas son culebreras. Arduas. La escritura es sendero de sacrificios, donde la primera víctima, el primer sacrificado, es el autor.

Escribir será bordear desfiladeros nada más con la compañía del esfuerzo propio. Un oficio de resignación, de penurias. Quien escribe no siembra nada, las palabras son travesía y por lo mismo terreno estéril, no son cosecha. Como el arriero, trasegar la carga hasta dónde alcance el aliento, alzar la tolda en la tarde y templarla por la mañana, siempre andando, atravesando líneas, desafiando tragadales. 

Conseguir arriar las palabras hasta el final de la página, con las letras bien amarradas pero encomendándose desde el principio a una estampita de la derrota. Conseguir andar las páginas. Una página con frecuencia tiene el largor de una vida. A veces hasta más de una. Se requiere la terquedad de las mulas junto a la resignación del que sepa llevarlas. Así tal vez, algún día se llegue a alguna parte. O tal vez no.

Lo importante no será llegar, lo importante será la travesía entre el camino. En él estamos porque arrieros somos. Y en él nos encontraremos.

Por Camilo Alzate González


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net