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En profundidad / JUL 18 2018 / Hace 2 Meses

Don Saúl Parra Robledo y su texto de armeniedad, para alegrar el cotidiano

En el ámbito de la capital del Quindío, tres autores se han encargado de reunir las fantásticas anécdotas de Armenia.

Don Saúl Parra Robledo y su texto de armeniedad, para alegrar el cotidiano

Hay escritos que agradan y embelesan con su lectura. En el ámbito de la capital del Quindío, tres autores se han encargado de reunir las fantásticas anécdotas de Armenia, especialmente las relacionadas con las primeras décadas del siglo XX, cuando era un apacible municipio patrimonial, que tenía calles concurridas de gentes y comerciantes, una notable estación del tren que le daba señorío y un conjunto arquitectónico de la colonización, encabezado por un templo singular levantado en guadua, incluyendo su frontis ovalado del mismo material constructivo. 

Don Alfonso Valencia Zapata, en Quindío histórico; el académico John Jaramillo Ramírez en su obra Pieza del reblujo y don Saúl Parra Robledo en su libro de 160 páginas titulado Armenia en sus primeros años nos han regalado a cuyabros y no cuyabros, las más fabulosas anotaciones de aquellas épocas. Algunas con asidero en la tradición oral, como corresponde a las reseñas de Valencia Zapata. Otras, con suficiente propiedad intelectual, como que Jaramillo Ramírez vivió de niño, adolescente y joven esa realidad de sus apartes documentales. Y las que escribió con débiles formas gramaticales, pero con la marca de la tradición, don Saúl, ciudadano probo, de quien se celebraron cien años de su natalicio el pasado 29 de abril de 2018.

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Inocentes e increíbles compilaciones de la cotidianidad. Esas valoraciones corresponden a los textos que destacan el sentimiento de ser armenita —gentilicio oficial del Instituto Caro y Cuervo— pero que algunos preferimos llamarlo cuyabro y otros armenio. Cuando se vive tal condición identitaria, de actuar en esta tierra del café con arraigo, eso se llama quindianidad, y localmente armeniedad. Así como se habla de caldensidad, risaraldensidad o vallecaucanidad, cuando se explaya tal calificativo de protagonismo territorial a nuestros vecinos.

En razón al centenario de su natalicio, don Saúl Parra Robledo es la referencia de un escritor de provincia, que lo hacía con el corazón. De sus líneas brotaron las más ocurrentes historias del cotidiano que, en el libro Armenia en sus primeros años —2006—, dieron vida a la remembranza de una pequeña ciudad que ya descollaba en el futuro de una región, porque también estaba en la senda de la independencia del Quindío y de su progreso.

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No conocí personalmente a don Saúl, pero releyendo varias veces su libro, entendí que lo había disfrutado en presencia de su patriarca posición de escritor. Primario, fresco y montañero estilo de contar las cuitas y sucesos de Armenia en los primeros años del siglo pasado.

El texto me lleva siempre a la arcaica condición de un Quindío compartido por la vida productiva de caminantes, comerciantes, arrieros y de los montaraces pioneros. Como lo fue su padre, don Pedro Parra, de quien destaca también su aventura de convertirse en hipnotizador, y que relata en la segunda parte de tal obra.

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La pluma de don Saúl es doméstica y notablemente descriptiva de la vida provinciana. Afloran los términos de la cultura popular, hacen remembranza de sabores y de saberes vernáculos, además de situarnos esas frases y expresiones en el tiempo de agreste naturaleza propia de los primeros colonizadores. Incluso, emplea metáforas combinadas con prosas de alma y esencia de lo terrígeno. “El campesino horadaba la tierra y con sus sandalias iba acariciándola como pidiendo a Dios abundancia en la vendimia”. Sin duda alguna es esta una construcción literaria, a la vez rústica y profunda.

 

Textos de armeniedad, como son los de Valencia Zapata, Jaramillo Ramírez y de Parra Robledo, que nos alegran la vida, en tiempos de conflicto y de paz, de dificultades y de esperanzas.


Cómo olvidar las historias humanas de Valencia Zapata, con relación a esos personajes de leyenda en los municipios. O la admirada y amena prosa de Jaramillo Ramírez en referencia a los oficios y los artefactos de “lo que el tiempo se llevó”. Y las menciones de Parra Robledo sobre las disparatadas actuaciones de aquellos habitantes. Como aquella que narra en la página 50:

“Una fea costumbre era escupir en el suelo, posiblemente porque se fumaba mucho tabaco y la punta se humedecía de saliva. Llegó a tal extremo que en muchas esquinas había un aviso que decía ‘Prohibido escupir en el suelo, la tisis y otras enfermedades se transmiten por este medio’. En casi todas las casas había en la sala un recipiente que se llamaba escupidera. Era del tamaño de una boina patas arriba. En una casa de mucho lujo consiguieron una muy hermosa de porcelana, llegó un montañero de visita y a escupir. La niña le corría la escupidera y por fin dijo el montañero: señorita si me sigue corriendo ese adorno me le voy a escupir en él”.

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Con razón en el colofón de su libro se resalta que “nos narra todo lo especial o sobresaliente como los incendios, terremotos, los levantamientos y las ocurrencias de muchos personajes para arrancarnos a veces a carcajadas y luego llevarnos a vivir el dolor de otros hasta casi arrancarnos una lágrima”.

Más de una sonrisa, o varias carcajadas, me arrancan estas siempre bienvenidas líneas de armeniedad, en una urbe —como la capital del Quindío— que se sume en la desesperanza, la desigualdad y la desidia, hasta el punto de recurrir sus habitantes al flagelo del suicidio.

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Cuántos libros de este talante, como el de la referencia de este artículo, nos traerían de nuevo el valor de la referencia de los viejos. En el mismo sentido, cuántos textos más de armeniedad necesitaría este conglomerado urbano para enderezar su camino. Mientras se escriben y se rescatan esas lides, Valencia, Jaramillo y Parra seguirán recordándonos las delicias escritas del pasado.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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