Miércoles, 14 Nov,2018

General / JUL 15 2018 / Hace 3 Meses

Dos maneras lingüísticas de nombrar en femenino y masculino

El giro de las palabras que nos nombran o identifican es también el vaivén de las maneras de hablar y de comunicarnos. Eso también está acompañado del proceso de adaptabilidad verbal que nos caracteriza.
Se puede decir, entonces, que hablamos con el sentido pegajoso del entorno que escuchamos.

Dos maneras lingüísticas de nombrar en femenino y masculino

En realidad, la primera película que popularizó estos términos fue “La vendedora de rosas”.

Por eso, una de las palabras que acostumbramos en la jerga del medio nuestro. -Por lo menos en el Eje Cafetero – es marica.

No es marica de afeminado, como en el pasado se asignó dicho término al hombre que presenta ademanes femeninos. Es, desde mi interpretación, un hipocorístico del nombre María. O sea, un diminutivo o una acepción parecida o familiar con la que llamamos también a nuestros amigos o seres queridos. Por lo tanto, entre María y Marica hay un lazo similar como el que empleamos con José, en extensión a Chepe, o simplemente Jos.

No obstante, en la región central de Colombia, Marica no tiene la connotación semántica con referencia al hipocorístico familiar. Quienes lo pronuncian – especialmente mujeres- lo hacen por la costumbre, pero también por el afán de vulgarizar, ridiculizar y rebajar a la mención rastrera de llamar al otro o la otra. Porque, entre dos o más mujeres, y en cada momento de interlocución, la palabra marica se dice con la naturalidad que refleja una charla cualquiera, y varias veces se repite en una conversación.

No es raro, entonces, ante la fuerza de la tendencia, que en alguna oficina de la Registraduría, alguien pretenda registrar a una niña con este nombre que, entre otras denominaciones, también quiere decir, despectivamente, “hombre que siente atracción sexual hacia otro hombre”. Aunque marica, en Colombia, es también empleado como “amigo” o hasta se ironizó cuando alguien del mundo político lo utilizó.

“Quiubo marica”. “Entonces marica”. “Pilas marica”. Ésta y otras expresiones más se han convertido en el cotidiano de la reseña de llamarse femenino.

Al quedarnos en lo sensacionalista del término “marica” hemos olvidado el de María, que además tiene otros hipocorísticos en el contexto colombiano. Ellos son Mari, Meri, Maruja, Mafi, Marita, Mayita y Mariona, entre otros.

Muy diferente – y conste que no entro en defensa total de utilizar verbalmente el término “marica” en la comunicación femenina – es el que se viene utilizando en la jerga masculina. Es sólo uno de tantos, y sin embargo es más ofensivo que el pronunciado con relación a una enfermedad venérea o al que nos enrostra la mención grosera de la madre de uno. Se trata de “pirobo”. Es sinónimo de coito y, en el medio donde más se utiliza en Colombia, está relacionado con el señalamiento indeseable y despreciable de alguien que pertenece a un “parche” cualquiera de nuestras calles urbanas.

Por eso llamar pirobo es el vehículo del odio, de la rencilla o hasta del aniquilamiento del otro. Es tal la pasión con la que se pronuncia, que se ignoran otros significados de “pirobo” como son los de niño “gomelo” y adinerado o “atolondrado” y fuera de contexto.

Cuando se emplean en las expresiones de lo femenino y lo masculino, las palabras “marica” y “pirobo” se volvieron comunes, aunque la mayoría de las veces su utilización y su pronunciación ya son detonantes de agresividad.

Donde más se escuchan tales “maravillosas” palabras del léxico regional es en el contexto universitario que, entre otras cosas, demuestran una vez más la escasa recursividad lingüística, reflejo a su vez de poca lectura y escritura en el verdadero pozo del conocimiento que son los libros o las bases de datos y artículos de tantas consultas académicas que a los estudiantes se les pide como parte de sus responsabilidades personales. También se atribuye su empleo recurrente al influjo de lo mediático, programas de cine y televisión y a su uso en las redes sociales. En realidad, la primera película que popularizó estos términos fue “La vendedora de rosas”.

Mientras tanto, en ese medio nos hemos acostumbrado a nombrarnos a lo “parce”, “guevón”, a destacar lo “intenso”, a los calificativos de “petardo”, “tinieblo, o “fufurufa” y a que nos llamen - a quienes tratamos de corregirlos en nuestra misión docente- el “cucho” profe o la “chimba” y “cuchi-barbie” si ella en su clase es atractiva y no tanto es la “grilla” del desfogue. Si seguimos insistiendo en nuestra labor pedagógica – y no purista del lenguaje- quedamos, como ellos aducen, “paila en la comunicación, porque no hicimos empatía con su lenguaje.

 

Roberto Restrepo Ramírez
ESPECIAL PARA LA CRÓNICA


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