Lunes, 19 Ago,2019
En profundidad / MAR 31 2019 / hace 4 meses

El humor, un bálsamo en la cotidianidad de Filandia

Las anécdotas también están presentes en el imaginario y en la vida pueblerina. 

El humor, un bálsamo en la cotidianidad de Filandia

Arturo Muriel Guinand cultivaba la poesía y era un gran artista del papel como caricaturista. En su ‘Desfile de apodos’ se reseña la más larga relación de sobrenombres de Filandia. Un día cualquiera le envió al escritor Jesús Rincón y Serna, autor de La Bolivaríada su caricatura, y éste le acusó recibo con los siguientes versos:

“Los rastros principales de mi cara
Están en esta hojita de papel;
Y no me sorprendiera ni alarmara
Si no viera los gajos de laurel.
Y en verdad me parece cosa rara
Que me tornes bufón de redondel;
Ese gajo de lauros bien quedara
En tu frente, más bien, joven
Muriel”.

Roberto Cárdenas Ulloa era un abogado de Filandia, quien estuvo radicado en Bogotá. Allí, al mejor estilo humorístico, en una ocasión quiso satirizar la práctica judicial con su prosa. En El humor folclórico del Quindío, de Horacio Gómez Aristizábal, se mencionan dos apuntes graciosos de Cárdenas Ulloa:

“Al doctor Cuajada le dijo un Inspector de Policía: A usted hay que sancionarlo por haberle dicho malnacido a su querellante. Y éste comentó: ¿Desde cuándo es delito decir la verdad?”

“La esposa enfurecida acusó al marido: él es un traidor… y éste respondió… sí, desde hace 15 años soy un ‘traedor’ de mercado”.

No se puede dejar por fuera de esta variada reseña de humor al personaje tradicional de cada municipio. Entre ellos está generalmente el culebrero, y tampoco pueden faltar el hombre y la mujer, que con sus chascarrillos hicieron reír a más de uno de sus pobladores.

La que más se recuerda en Filandia se llamaba Agripina, quien sabía mezclar con su inocencia, su apariencia y sus respuestas, la más simpática pócima de humor, como buen bálsamo para el ambiente cotidiano.

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Las anécdotas también están presentes en el imaginario y en la vida pueblerina. Desde muy pequeño escuché dos que retratan la ingenuidad de los habitantes. La primera se refiere a la intervención en una sesión del Concejo Municipal de los años 30 del siglo XX. El cabildante de las veredas del municipio, ante la discusión sobre la debilidad y la energía eléctrica, ofreció sus bueyes para aumentar la capacidad de caballos de fuerza para la planta generadora, porque “sus animales eran más fuertes que los equinos.”

La otra graciosa historia se generó en el cementerio local. El médico del pueblo, ante la inquietud de los familiares que sepultaban a su pariente, revisó de nuevo un posible signo de vida que alguien había percibido el cuerpo. 

El médico tajantemente dijo: “a este paciente sólo lo podría resucitar Cristo”. Entre los acompañantes estaba presente ‘Cristo Rey’, el apodo con el que se conocía al dueño de la funeraria local. Ante lo dicho por el médico, muy confundido expresó: “No, doctor, yo no puedo, lo único que hice fue vender el ataúd”.

La historia conocida través del humor es también una forma interesante de revivir los detalles del pasado. En uno de sus poemas, titulado “Así habla Filandia “, Pablo Londoño anota las siguientes estrofas:

“Y hasta me jacto en decir

que nació aquí en mis lares,

el popular novelista

que se llamó Arturo Suárez”.

En la anterior estrofa, no queda duda alguna del lugar de nacimiento del famoso novelista costumbrista, que Manizales reclamaba como suyo.

Tres estrofas más de aquel poema se refieren a la historia de la pérdida de una campana, que tenía oro procedente del hallazgo arqueológico del Tesoro Quimbaya, y que ‘Casafú’, uno de los guaqueros, había donado al templo católico:

“Anteriormente mi templo
gozaba de fiel holganza
porque el campanario 
retumbaba en lontananza.

En cambio hoy la nostalgia 
me conmueve hasta las sienes,
porque el retumbar cambió
en sonar como sartenes.

En esto vino a quedar
como un currucutú
está riquísima joya
que me donó Casafú”.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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