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En profundidad / ABR 07 2019 / hace 4 meses

La guardiana de la casa del sol

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

La profesora Malú es y será la “guardiana de la casa del sol”, como seguramente lo hicieron otras mujeres en la época precolombina.

La guardiana de la casa del sol

Malú, por siempre, la guardiana de nuestro patrimonio arqueológico.

Todos los días —desde que sale en las montañas del oriente y hasta que se guarda en la extensión del poniente— el astro sol muestra su magnificencia, regalándonos los rayos energéticos y moldeando las bondades del clima de la gran región fértil habitada por los quimbayas.

No es un recorrido cualquiera. El gran dador de calor y de fuerza vive en un monumento significativo, delimitado por varias piedras portentosas que forman su casa. Desde ese radiante sitio de material pétreo, el sol se mantiene orgulloso esperando el atardecer. Durante el día se llena de emociones, porque sabe que nace y muere a diario, siendo el único elemento al cual se le ha otorgado tal condición, para que ofrezca luz con largueza a los humanos. En su rectángulo de piedra emite al exterior, para sus protegidos e iluminados, todas las irradiaciones que también son destellos de fecundación.

La casa es sencilla. Desde las 6:00 de la mañana se llena con la presencia del niño sol, luego de remontar la cordillera imponente, caminar sobre las cumbres nevadas y mecerse en su canoa sobre las aguas del río Quindío. Más adelante navegó en aguas más torrentosas y profundas de aquel caudal que alguien llamó el río de la Vieja.

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También debió sortear el último trayecto desde el puerto de Alejandría, hasta la parte plana del poblado, donde sus caciques, respetuosos y solícitos, lo esperaron con ansia, para llevarlo en corte de honor a su morada. Lo recibieron con sus poporos de oro, recipientes donde se delinean rasgos de mujeres embarazadas y de hombres hieráticos y altivos.

Su llegada al poblado es sublime —toda una fiesta— equivalente a la ceremonia sagrada de ingesta de las bebidas de los dioses o a la de los bailes con plumaje.

Antes de las 6:00 p. m., el sol ya es un anciano sabio y se apresta a morir para regresar —débil pero seguro— a la lejanía donde ha desembocado el río De la Vieja en el ya crecido y grandioso río Cauca.

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Con el reflejo rojizo del sol de los venados, el astro sale solo, ya no con apariencia física de juventud. Se ha preparado para la muerte y se va en espíritu a las grandes estepas del horizonte vespertino. Por tal razón, la casa del sol siempre tiene una abertura hacia el occidente. Es la piedra faltante de aquel conjunto de pesadas lajas. Por allí se escapa hacia el reposo que lo espera. En adelante trasegará en oscuridad con otros entes, en proyección a la nueva aventura del día siguiente. 

Su casa permanece vacía en la noche de los mortales, pero algo nos avisa que el sol regresará: un trozo de cuarzo que representa su semen y que él ha dejado cristalizado durante el día, lo que permitirá el renacimiento. La tarea de reproducción se conecta con el universo, para que se genere, desde la nueva madrugada, el milagro de la vida estelar.

Aquí termina la historia fabulosa que escuchó atenta una mujer de esta época del Quindío, en jurisdicción del municipio de Quimbaya. Fue entendida y apropiada por ella para asumir el cuidado de varias concentraciones de piedra que, en nuestro tiempo, han sido llamadas “tumbas de cancel” por los campesinos.
 

“Con el reflejo rojizo del sol de los venados, el astro sale solo, ya no con apariencia física de juventud. Se ha preparado para la muerte y se va en espíritu a las grandes estepas del horizonte vespertino”.


Malú, como se le llama cariñosamente, labora como docente y orientadora en el Instituto Quimbaya, el plantel oficial que desde hace muchos siglos guardaba en las entrañas de su terreno 14 estructuras líticas. Este es el nombre dado por los arqueólogos a tales yacimientos, que generalmente están dispuestos en orientación este-oeste, la misma ruta de ocultamiento del sol. Su significado puede estar relacionado con escenarios rituales de pueblos quimbaya o pre-quimbaya, lo que sugiere que ellas constituían la casa del sol de nuestro relato.

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Es Marta Lucía Arias Rodríguez una profesora apasionada. En los últimos años se ha interesado por la protección de este sitio arqueológico. Y especialmente por la estructura más grande que —en el descubrimiento del año 2000— tenía al interior, en su cabecera, un fragmento de cuarzo, incrustado en la argamasa de barro que unía las piedras que fueron colocadas allí por sus constructores hace dos siglos y medio. Son muchos los sitios del Quindío, Eje Cafetero y de Colombia donde se han localizado aquellas estructuras arqueológicas de durable material.

Su asociación con aspectos funerarios no está comprobada. Pudieron estar conectadas con el culto a la muerte, como en San Agustín, Huila, o con el ciclo solar, como sugieren las características de este complejo lítico del Instituto Quimbaya.

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La singularidad de cada hallazgo nos obliga a interesarnos en la puesta en valor cultural de dichos yacimientos. El simbolismo que encarna cada caso es significativo y tiene todos los atributos de lo sagrado. Las pesadas piedras fueron trasladadas por los pobladores prehispánicos a través de accidentada geografía, desde los riscos sobresalientes de sus hitos montañosos, donde nace el sol, o desde los ríos lejanos donde el astro se pone en la tarde. La piedra, por lo tanto, encierra el carácter religioso y esa cualidad inmanente se riega por todos los espacios para representar la marca cultural de los ancestros. 

Las estructuras líticas de Quimbaya no tienen solo a Malú como su protectora. También cuentan con otros protagonistas que propenden hoy por su conservación. Ellos son el actual rector Héctor Hincapié, el bibliotecario de la casa de la cultura, Hernando Alberto Gómez, el historiador Jesús Alzate, la arqueóloga Sory Morales y los gestores de “Carteros de la Noche”.

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La profesora Malú es y será la “guardiana de la casa del sol”, como seguramente lo hicieron otras mujeres en la época precolombina.

En la cultura amazónica actual, dentro de las malocas, la mujer cumple un papel fundamental en la toma del yagé y el mambeo de las hojas tostadas de coca en las ceremonias religiosas. No solo lo femenino es consustancial con la protección de la vida, sino que la misma vivienda tradicional representa a la madre acurrucada, que abriga con su cuerpo, con sus brazos y sus piernas a los habitantes de tan importante casa colectiva.

Una mujer sencilla del Quindío, de loable labor docente, y quien pretende convertir este lugar en un nuevo factor turístico, histórico y educativo, como Museo de Sitio que es, de acuerdo con la consideración de Unesco.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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