Lunes, 23 Sep,2019
En profundidad / AGO 18 2019 / hace 1 mes

Zoonimia del Eje Cafetero

Además de los nombres curiosos de las mascotas —perros, gatos, gallinas, cerdos, caballos y vacas—, en la región han quedado refranes, frases y dichos famosos. Estas formas lingüísticas dan mayor riqueza en el habla popular.

Zoonimia del Eje Cafetero

Es muy común encontrar la referencia hablada sobre los animales. Esta variante se refiere a la “zoociedad” —relación simbólica entre el hombre y los animales— y a las voces que se derivan, al colocarle nombres curiosos a los perros, gatos o aves que son inseparables compañeros de las personas.  Muchas veces —a falta del calor humano— se encuentra en los animales el remedio a la soledad.  Esto lleva a crear una estructura de lenguaje, que identifica a las mascotas y las equipara con los humanos, asignándoles nombres de gente conocida o de sus cualidades. En esto estriba la zoonimia, como una de las formas lingüísticas de mayor riqueza en el habla popular.

En 1994, el periódico La Patria de Manizales publicó una interesante compilación de zoónimos, o sea nombres, voces y  apodos relacionados con animales, en una serie titulada, “Caldas, patrimonio y memoria cultural”.  Con muchas de esas manifestaciones nos identificamos los quindianos, en recuerdo a la región del Gran Caldas que fuimos, aunque en este departamento también se aportan otras al acervo lingüístico.

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Las siguientes son buenos ejemplos de integración regional desde el habla popular: 

Entre los perros, que llegan a constituirse como otros miembros de la familia, encontramos nombres disímiles: Lucas, Pulgas, Lulú, Muñeco, Peluche, Bruno, Toby, Mateo y otros.  Se les llama también garoso, chandoso, pulgoso, comegallina y sarnoso. Sin embargo, lo que más llama la atención son las voces de los perros, a manera de supervivencias del ancestro antioqueño y que han quedado como frases, refranes y dichos famosos, como las siguientes:  La necesidad tiene cara de perro. A otro perro con ese hueso. Perro viejo ladra echao. Perro que ladra no muerde. El que con perros se acuesta con pulgas se levanta.  La misma perra con distinta guasca.  Le fue más mal que a perro en misa. El que quiere el perro quiere la chanda.

El gato también es identificado, más que todo por sus características de animal consentido y dócil, así como por su capacidad de defenderse de otros animales. El patrimonio lingüístico sobre los zoónimos de los gatos es muy común a todo el Eje Cafetero: Félix, Simifú, Micifú, Michín, Gala, entre otros.  Se les llama familiarmente runchos o miaus. También son frecuentes las voces de los gatos: Pide más que un gato al pie de un machacadero de carne. Tiene más vidas que un gato. Dar gato por liebre. Hay gato encerrado. Bañado de gato.

Los nombres genéricos para denominar las gallinas en el Quindío, igual que en la región, han sobrevivido con las expresiones de nuestras abuelas, quienes ven en estos animalitos un bosquejo de economía doméstica: cutu-cutu, rilosa, piojosa, copetona, riluda, huesuda, tapuncha, cariseca y gumarra. A la gallina que inicia el periodo de poner huevos, y luego los calienta para “empollar” se le llama gallina clueca o culeca. Las voces de las gallinas también invaden el vocabulario popular, que se ha trasladado a la caracterización peyorativa de las personas: Cada gallina a su gallinero. El que no arriesga un huevo, no tiene un pollo. De grano en grano llena la gallina el buche. No quiebra un huevo. Acostarse con las gallinas. En menos de lo que canta un gallo. Hombres en la cocina, huelen a rila de gallina.

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A los cerdos se les designa con el nombre de caribajitos, puercos, chonchos, chanchitos, comeaguamasa, chillones, marranos, cochinos, lamepiedras, runchos y verracos. Las voces de los cerdos son tan dicientes y de tan común usanza en el argot popular, que difícilmente se pierden en el vocabulario de la tierra quindiana, como que referirse al cerdo ha generalizado una fama de “guapo” y tenaz. Las personas que tienen estas características, con mucha frecuencia son llamadas “el verraco de La Tebaida”.  

Aunque el verdadero origen de este término viene del legendario “verraco de Guacas”, como se menciona con relación a un campesino peleador y pendenciero, don Abel Marín Chica, habitante de la vereda Guacas de Santa Rosa de Cabal. Las voces de cerdos más comunes son las siguientes:  No me crea tan marrano.  Come como un cerdo.  Cada marrano a su marranera.  A todo marrano le llega su nochebuena. 

Las vacas se conocen con los siguientes nombres: cagonas, caguetas, cursientas, zurrionas, churrientas.  También hay voces de vacas: Vaca ladrona no olvida el portillo.  Hacer de vaca muerta. Hacer vaca.  Creerse la vaca que más caga.  Vaca sagrada. Se montó en la vaca loca. Mamando como el ternero.

Las palabras más comunes para referirse al ganado caballar en el Quindío son:  bestia —de carga, trote, galope, paso—, penco, táparo, rejo, reque y teque.  Las voces de los caballos son las siguientes: A caballo regalado no se le mira el colmillo. Caballo grande ande o no ande. No sea burro, no sea mula. Más terco que una mula. Más difícil que parto de mula. Estas últimas corresponden al argot de los arrieros.

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También hay voces de animales: Parece un sapo con calzones de trapo.

Las expresiones totémicas del lenguaje son voces que se refieren a diversas situaciones de las personas.  Viene de la palabra tótem, porque traslada las características de animales y plantas a la gente. Las siguientes son todavía de pronunciación común: Parece sapo en tomatera. Ponerse trucha. Tener una culebra. No sea mula. Se me fue la paloma. Parece un curí. Hacer conejo. Ratero. Gallinacear. No sea sapo. Regálame una palomita. 

También abundan los apodos totémicos. Los apodos son muy comunes en nuestro medio. Las localidades del Quindío se caracterizan por la usanza de estas formas lingüísticas. Igualmente, alguna persona puede ser conocida por su mote, pues sus amigos y conocidos pretenden relacionar sus características fisonómicas o sus oficios, con animales y vegetales.

Es tan popular el apodo, que entre algunos gremios, como los conductores, se ignora por completo el nombre de la persona. Por eso es tan común que, para su sepelio, se deba colocar el apodo al lado del nombre, en el cartel funerario.  El ejemplo más popular en Armenia corresponde al de un cantante y bailarín callejero, el famoso “Ratón” de la carrera 14 o Calle de Cielos Abiertos. Y el más legendario, “Repollito”, el de Lilia Pérez.
 

Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA

 


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