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Historietas del más acá / ABR 07 2019 / hace 4 meses

El gol que más dolió

Roberto Urruti es una leyenda en el onceno cafetero, leyenda que, al día de hoy, no ha sido igualada.

El gol que más dolió

El domingo 5 de abril de 1959, hace 60 años, en el estadio San José de Armenia, Roberto Segundo ‘Benitín’ Urruti Barale anotó el gol más doloroso de toda su carrera deportiva en Colombia. Ese día su equipo ganó dos a uno el partido correspondiente a la quinta fecha del campeonato profesional, pero su corazón se rompió, porque aquella anotación en el minuto 22 del primer tiempo fue jugando para el Deportivo Cali en contra del Deportes Quindío

Reviva aquí el capítulo anterior: Una finca cafetera en el centro de la ciudad

Los 5.000 espectadores que presenciaron aquel cotejo ya estaban acostumbrados a ese jugador livianito, que solía correr por el costado izquierdo de la cancha, ganar la raya, hacer el pase de la muerte o regatear para buscar un tiro claro a la meta; lo habían visto durante los ocho años previos llevar la ‘V’ de la victoria en el pecho; habían disfrutado sus gambetas y gritado sus goles de media volea; con él, habían aprendido que para rematar de palomita no era necesario tener una gran estatura, sino saberse ubicar en el área y ser tan veloz como una avispa.

A muchos seguidores también les rompió el corazón ese gol ya que, para 1959, Roberto Urruti era casi una leyenda en el onceno cafetero, leyenda que, al día de hoy, no ha sido igualada.

Después de esa tarde remota de goles indeseados, el jugador tomó la decisión de no seguir en el Cali, tan solo aguantó seis meses en la capital vallecaucana, pues comprendió que debía volver al Deportes Quindío y terminar ahí su carrera. La vida le había demostrado, de nuevo, dónde estaba su destino.

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“Mi papá decía que lo primero que pensó cuando llegó a Armenia es que no era una ciudad, sino una selva. Él vio mucho monte y se impresionó”, cuenta hoy su hija María Elena Urruti Hernández, al tiempo que recuerda cómo fue que un rosarino, de 26 años y descendiente de italianos, terminó representando al Quindío.

“En el 51, él llegó con el Wanders —equipo de Rosario, Argentina, que se conformó, específicamente, para venir de gira a Colombia en busca de un poco del dinero y la fama de El Dorado, como se le conocía al torneo nacional, en el que había suficiente dinero para contratar a las más promisorias figuras del fútbol gaucho— y luego de varios partidos en diferentes ciudades, un grupo de dirigentes locales contrataron a toda la nómina para que representara a Armenia en el rentado nacional”.
 

El estadio donde todo inició (Ver mapa en otra pestaña)


A pesar de la primera impresión, Urruti pronto se enamoró de estas tierras verdes, no solo porque al equipo le iba bien, o porque tenía el respaldo de la afición y de la dirigencia regional, sino porque lo cautivó el clima, el cariño de gente y la belleza de las mujeres.

“Mi mamá era taquillera del teatro Apolo y a él le encantaba ir a cine en sus ratos libres. Como era muy enamorado, tomó la iniciativa y la invitó a salir. Quizás por la elegancia, por sus finos modales, por el acento o por ese peinado que recuerda a los cantantes de tango de la época, logró conquistarla y se casó con ella. De esa unión entre Roberto Urruti y Elcira Hernández nacieron cuatro hijos, siete nietos, seis bisnietos y la descendencia continúa.
 


Cuando llegó por primera vez a Armenia, Roberto Urruti creyó que Armenia era una selva, sin
embargo, aquí se enamoró, formó una familia y dejó un legado que aún se conserva.


“En total, mi abuelo jugó 12 años en el Quindío, estuvo en 323 partidos, hizo 91 goles oficiales y por eso es el goleador histórico de la institución. Además, alcanzó dos subcampeonatos y ganó el torneo del 56. Como entrenador interino estuvo muchos más años porque los dueños del equipo lo llamaban cada vez que necesitaban salir de una crisis de resultados, él asumía la dirección técnica lo salvaba y luego lo despedían”, relata Luis Fernando Hurtado Urruti, uno de los nietos mayores del argentino.

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Irónicamente su amor por el Quindío no fue correspondido por la institución, ya que ni los años de trabajo, ni la época dorada le alcanzaron para la pensión. “A mi papá el fútbol no le dejó plata, se logró jubilar gracias a la universidad del Quindío, nosotros siempre fuimos muy humildes y la casa que tenemos la consiguió mi mamá por un subsidio del gobierno”, afirma doña María Elena desde la vivienda localizada en el barrio La Clarita, a menos de un kilómetro del estadio San José.

 


Vinieron tras la gloria de El Dorado y se convirtieron en ídolos, en referentes de una afición.


Los que sí correspondieron fueron los hinchas, quienes siempre le expresaron su admiración y agradecimiento. “Muchos de los jugadores que ayudó a formar en su escuelita Los Pibes de Urruti todavía hoy nos ven y se alegran por todo lo que les enseñó”.

Roberto Urruti solo volvió a su Rosario natal en una ocasión, de visita, pero, en ese entonces, lo único que le quedaba de argentino, además del acento, era su pasión por la selección nacional, con la que vibraba, gritaba y se emocionaba cada vez que la veía. “Con mi abuelo era muy divertido ver los partidos porque se sentía de nuevo en la cancha, los vivía con mucha intensidad y cuando escuchaba los partidos del Quindío, se encomendaba a la Virgen de Luján, para que al equipo le fuera bien”.
 

Roberto Urruti, en el 2005, recordando a su equipazo (Oír en otra pestaña)


El 29 de octubre de 2005, luego de una semana de padecimientos, falleció en la ciudad de Armenia Roberto ‘Benitín’ Urruti Barale, días más tardes sus cenizas fueron esparcidas en la portería norte del estadio San José, como homenaje al primer gol que marcó allí. Ese primer gol sirvió para que el Quindío derrotara tres a uno al Deportes Caldas, vigente campeón del torneo, ese gol significó el punto de partida de una historia deportiva, ese gol, por supuesto, sí lo alegró.
 

Epílogo

Comienzo de Quindío vs. Santa Fe, año 1956 (Oír en otra pestaña)


Una semana después de que ‘La Avispa’ volara de este mundo, cuando se disponía a recoger todas las pertenencias de su abuelo, Luis Fernando encontró la medalla que don Roberto recibió por ser campeón del fútbol profesional colombiano en el año 56. Nunca antes la había visto, era pequeña, estaba rayada y desgastada por el paso de los años, sin embargo, de inmediato, reconoció que, para esta tierra, para la hinchada y para la historia, esa medalla de bronce todavía conservaba el resplandor de una estrella.
 

Quindío Campeón (Oír en otra pestaña)


 

Carlos López
@hdelmasaca
Especial para LA CRÓNICA


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