Martes, 13 Nov,2018

En profundidad / AGO 05 2018 / Hace 3 Meses

El lustrabotas y el zapatero, oficios resignificados en las manos de una mujer de Filandia

Doña Rosa ha dejado el recuerdo de un digno trabajo y, de paso, de una época feliz.

El lustrabotas y el zapatero, oficios resignificados en las manos de una mujer de Filandia

Rosalina Cifuentes, la magnífica embellecedora de calzado.

Un oficio, tradicionalmente de hombres, que hoy también está en manos de mujeres. Se trata del lustrabotas o embolador y que se considera un aliado del zapatero, porque ambos buscan cuidar esa pieza de cuero artesanal. Este último nombre, embolador, nunca le gustó a doña Rosalina Cifuentes, la mujer de Filandia que se convirtió en la única integrante del género femenino que ha desempeñado este quehacer antiguo, que es muy destacado todavía en todos los centros poblados del mundo.

La ocupación de embolador se gestó en el siglo XIX y se unió a la de zapateros, aunque eran estos muy escasos en la época de la independencia de Colombia, como así lo reseña el médico y escritor de Filandia Roberto Restrepo —1897-1956—, en una carta que se conserva en el archivo del Concejo de esta población quindiana y que data de 1929, con relación al malentendido sobre el significado de una frase muy popular, “regaño como a cualquier hijo de zapatero”.

Vea también: Algunos oficios de Armenia, desde la reseña escrita de John Jaramillo Ramírez

Escribía Restrepo al respecto:

“Poco antes del 20 de julio de 1810 se hallaba don Jorge Tadeo Lozano con algunas diferencias con los Oidores. Eran en aquel tiempo tan escasos los que ejercían la zapatería en Santa Fe que había que tratar a los zapateros con todas las consideraciones posibles, porque eran un elemento indispensable allí, y que podía bloquear a la aristocracia cuando bien lo tuvieran para no prestarles sus servicios. Fue entonces cuando Tadeo Lozano, en una nota a los Oidores, les decía: “Sus Señorías tienen tan buen tacto político que a los americanos nos tratan con regaños como para cualquier hijo de zapatero”. Quería Tadeo Lozano decir con esto que les daban reprensiones muy dulces para que no se les enojaran porque en cualquier momento podían necesitar a los americanos, como había sucedido pocos años antes cuando España necesitó el concurso de los americanos en las guerras contra José Bonaparte.

El nombre de embolador viene de bola, que también quiere decir betún, porque esta mezcla es su principal material de trabajo.

De los emboladores y de zapateros, pocas reseñas existen en la historia de los municipios del Quindío.

Lea también: El oficio de la arriería fue uno de los más importantes de la naciente república

Todavía el de embolador es uno de los oficios más populares, el cual está en manos de adultos mayores y de jóvenes, aunque se aprecia todos los días más su merma en el desarrollo cotidiano.

Por eso es tan importante destacar la vida de “Doña Rosa”, como se le conoce a Rosalina Cifuentes en el paisaje urbano de Filandia. Sus días pasan con tranquilidad, desde que decidió retirarse de aquel oficio que siempre desempeñó, el que había revivido cuando murió su esposo, quien era el lustrabotas más conocido del pueblo.

Doña Rosa, también llamada “la niña de la calle”, tiene más de ochenta años y es una de las mujeres más queridas de la Colina Iluminada del Quindío. Le dedicó treinta años de su vida a la ocupación brillosa del calzado. Nació en Villa María, Caldas, y desde que salió de su tierra natal, hace más de cincuenta años, no ha parado de trabajar. Su primera escala fue Pereira, donde incursionó en los programas de música campesina de “La Voz Amiga”, ya que otra de sus pasiones ha sido el canto. De esta afición todavía recita sus composiciones populares. Cuando llegó a radicarse en Filandia, con su esposo, también laboraron en cuestiones agrícolas, antes de ingresar a la tarea cuidadora del calzado.

Vea también: Los oficios de la República en el Quindío histórico II

Cuando recorría las calles de Filandia en el trabajo cotidiano, llamaba la atención ver a una mujer en el desarrollo de una actividad que siempre había estado en manos de hombres. Doña Rosa no sólo venció aquella creencia, sino que impuso un nuevo ritmo, si se quiere más grato, al nombre de su oficio: “No suena bien que una mujer embola. No, embellece calzado”, refiriéndose al necesario cambio del nombre de embolador. De allí nació el nuevo calificativo, en sintonía con aquel bogotano que viene insistiendo en el nuevo título que se le da a los lustrabotas. Entró doña Rosa, entonces, junto con él y con la otra mujer, a dignificar su actividad.

Ello se refiere a un colega de doña Rosa, el bogotano Wilson Sandoval, quien desde hace muchos años venía insistiendo en el nuevo título que se le debía dar a los lustrabotas. No han estado solos, pues en esa tarea también intervino otra emboladora de la capital, Ruth Remolina, pues todos creen que la ocupación sencilla, que en últimas consiste en dar lustre, duración y estética a los zapatos, sólo se enaltece con el nombre elegante de “embellecedor de calzado”.

No obstante la resemantización que persiguen con el bello indicador de ser lustrabotas o bolero, así como la condición de zapatero, son estigmatizados en su oficio. Sólo se recuerda, con gracia o con fama, cuando la película “El bolero de Raquel” de Cantinflas que hizo parodia del nombre bolero y lo combinó con la melodía de Ravel. Y a nivel colombiano, cuando Jaime Garzón lo escenificó en el humor político en su papel de Heriberto de La Calle, y cuando Luis Eduardo Díaz pasa de su actividad de lustrabotas al Concejo de Bogotá.

Vea aquí: Los oficios de la República en el escenario del Quindío histórico I

Pocas veces se enaltece la labor del lustrabotas y del zapatero. En su carta de 1929, el escritor Restrepo finaliza la misiva al presidente del Concejo de Filandia, con esta mención:

“Muy al contrario, señor presidente: El gremio de zapateros de esta población me merece un altísimo concepto, porque yo en cada obrero veo un héroe de ese elemento conquistador que engrandece las naciones, que es el trabajo, que con el influjo retira el ocio, y con él, la corrupción de los pueblos.

Para mí vale más un zapatero con su mano encallecida por el trabajo y su corazón ennoblecido, que uno de esos entes de corbata y zapatos que para matar su ocio van por las calles y plazas en siniestros corrillos con su lengua afilada echando al lodo las más caras reputaciones”.

Doña Rosa, sin pensarlo, ha logrado colocar al lustrabotas en la significación más alta de oficio alguno en la localidad. Ya no embellece el calzado, porque debe permanecer en su casita humilde de Filandia, cuidando su salud, pero ha dejado el recuerdo de un digno trabajo y, de paso, de una época feliz.


Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net