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En profundidad / DIC 24 2017 / Hace 9 Meses

El “Nuevo Tesoro Quimbaya”, 30 años después de su hallazgo en Puerto Nare

Se están cumpliendo 30 años de su adquisición por el gobierno colombiano, ya no para obsequiarlas sino para incorporarlas a los museos nacionales que las exhiben en este momento.

El “Nuevo Tesoro Quimbaya”, 30 años después de su hallazgo en Puerto Nare

Se destacan, entre otros, los adornos corporales, las figurinas de rostros humanos triangulares y los poporos. También las urnas cinerarias, llamadas marrón inciso por sus características cromáticas. Foto: Archivo particular.

La arqueología colombiana ha comprobado la existencia de por lo menos dos poblamientos prehispánicos diferentes para el valle medio del Río Cauca, región que fue el escenario de lo que se llamó durante mucho tiempo la Cultura Quimbaya. Este último es un nombre genérico que han llevado los objetos de oro, cerámica, líticos y otros, descubiertos en tumbas antiguas de los departamentos que conforman parte de Antioquia, el Eje Cafetero y el norte del Valle.

El primer poblamiento también se denominó Quimbaya Clásico y hoy se llama Período Temprano. Al segundo se le conoció como Quimbaya o también Período Tardío.

De las manifestaciones orfebres del primero, en un desarrollo temporal que va del 500 A.C. hasta el 600 D.C., se destacan, entre otros, los adornos corporales, las figurinas de rostros humanos triangulares y los poporos.

También las urnas cinerarias, llamadas marrón inciso por sus características cromáticas, que además presentan un simbolismo relacionado con la fertilidad.

Debido a sus especiales condiciones tipológicas siempre han resaltado estas piezas orfebres y de arcilla, por encima de la sencillez que reflejan las piezas de oro del Período Tardío. Por eso sobresalen las tres más famosas colecciones de este estilo que se conocen en Colombia. La primera corresponde a las 122 del llamado Tesoro Quimbaya, de las 435 que fueron reportadas en 1892, cuando el gobierno colombiano las obsequió a España, haciendo parte de un vergonzoso capítulo de la historia nacional que hoy se revive por el reciente fallo de la Corte Constitucional, al ordenar las gestiones para recuperar esos objetos.

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La segunda es “un conjunto de la Loma de Pajarito, descubierto en los límites entre Yarumal, Campamento y Angostura en el noreste antioqueño, al parecer en la primera mitad del siglo XIX y compuesto por el “poporo Quimbaya”, varios cuellos de poporo y “otros objetos de gran precio”. Esta última frase tiene que ver con la impresión que causó este hallazgo y sobre todo su venta al Banco de la República, pues ese poporo de cuatro esferas en su parte superior – tal vez el más simbólico objeto de la iconografía colombiana – fue una de las primeras piezas con las que se dio inicio al Museo del Oro de Colombia en el siglo XX.

Tal información, tomada del artículo “Mujeres calabazos, brillo y tumbaga. Símbolos de vida y transformación de la orfebrería Quimbaya temprana”, de María Alicia Uribe Villegas (Boletín de Antropología, vol. 19, No. 36, U. de Antioquia, 2005), nos introduce en la conexión con el mundo espiritual que cumplieron estas piezas en la época precolombina.

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La tercera colección fue hallada en mayo de 1987 en Puerto Nare (Antioquia) y fue llamada “Nuevo Tesoro Quimbaya”, para diferenciarla del ya conocido referente que se había divulgado como el Tesoro Quimbaya.

Se están cumpliendo 30 años de su adquisición por el gobierno colombiano, ya no para obsequiarlas sino para incorporarlas a los museos nacionales que las exhiben en este momento.

Su historia está llena de curiosidades y no está exenta de la fábula y versiones que alimentaban la fantasía popular alrededor de los hallazgos de objetos orfebres. Son 16 en total y, en noviembre de 1987, se consideraron como el “segundo hallazgo de tales proporciones”. También se destaca la calificación emitida por el artículo de prensa en primera página (edición dominical de El Tiempo, noviembre 1° de 1987) que lo compara con lo descrito en esa época sobre el Tesoro Quimbaya: “….El primero, menos espectacular pero más voluminoso, ocurrió hace un siglo….” .

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Las 16 piezas de oro fueron halladas en una región, el valle del Río Magdalena, que sale de la órbita del territorio ocupado por dichos pueblos. Pudo ser producto del trueque o simplemente su extensión geográfica también llegaba hasta esos lugares.

Las fotografías que acompañaron el artículo del periódico no dudan en emplear el término de “impresionante tesoro”. Corresponden las piezas a un poporo antropomorfo femenino de 1.192 gramos de peso; dos cascos repujados de 461 y 412 gramos; dos recipientes ovalados para cal (o sea poporos); cuatro cuellos de poporo (uno de ellos con una forma similar al famoso de las cuatro esferas); dos diademas con láminas que se desprenden en forma de rayos o plumas y un curioso objeto que el registro de la época relaciona como “parte superior lisa de recipiente fitomorfo”, con un peso de 312 gramos. Esto totaliza 12 piezas, pues parece que las otras cuatro estaban en mal estado o no fueron mostradas en el reporte oficial de 1987. Sin embargo, en el texto de Uribe Villegas aparece la fotografía de un poporo del “Nuevo Tesoro Quimbaya”, en forma de totuma achatada, sentada en butaco, y su información aclara que pertenece a una colección particular. Una vez más, el banquito, que aparece también en las piezas del Tesoro Quimbaya, sugiere una representación del mundo chamánico.

Tres de las doce piezas (un casco repujado, un cuello de poporo y una diadema) se encuentran exhibidas en la primera y tercera vitrina de la sala 1 del Museo del Oro Quimbaya de Armenia.

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Lo que se relata sobre el “Nuevo Tesoro Quimbaya” no es nada diferente a las anécdotas del mundo agorero y circunstancial del encuentro de las piezas en labores de guaquería. Existen dos versiones. La primera, que fue hallado por un campesino que durmió con las piezas de oro debajo de su cama y que meses después lo habría negociado con el Banco de la República, que le depositó 500 millones en una cuenta.

La otra versión anota que fue negociado por cuatro buscadores de fortuna y que la negociación con el Banco fue de mil millones.

En ambos casos, se debe tener en cuenta que en esa época los bienes arqueológicos podían ser enajenados y que, irónicamente, muchas piezas fueron adquiridas por el Estado porque todavía no se había promulgado la ley que las colocaba al margen de cualquier negociación.

Se sabe, además, que el lote de piezas estuvo a punto de salir subrepticiamente del país, como pasó con miles que hoy están en museos del exterior.

Algún día será – esperamos los quindianos- que tengamos en el Museo del Oro Quimbaya de Armenia las dos colecciones exhibidas, para apreciar en todo su esplendor la experticia metalúrgica de estos pueblos del pasado, pero también para desentrañar el sentido mítico y religioso de dichas realizaciones materiales.


Roberto Restrepo Ramírez
Academia de Historia del Quindío
Especial para LA CRÓNICA


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