Miércoles, 14 Nov,2018

En profundidad / JUL 22 2018 / Hace 3 Meses

El oficio de la arriería fue uno de los más importantes de la naciente república

Los trenes, carreteras y cables aéreos contribuyeron a acabar con la arriería, pues suministraban mayor agilidad en el transporte y los desplazamientos.

El oficio de la arriería fue uno de los más importantes de la naciente república

Grabado de 1863 de Fredrerick Church, donado por su hijo al Smithsonian Museum, USA, obtenido por Jorge Hernán Velásquez Restrepo directamente del Museo.

Los arrieros fueron los empresarios de un importante sector de la economía nacional, en los primeros años de nuestra República y hasta mediados del siglo XX. Debe tenerse en cuenta que no fueron exclusivos de las provincias de Antioquia y Cauca, pues el transporte a lomo de caballo o mula se realizó en todo el territorio nacional durante esa época.

En efecto, junto con el transporte fluvial, en vapores y champanes a lo largo de los ríos Cauca y Magdalena, fueron los elementos de mayor importancia del sector transporte de la naciente república, hasta la aparición de las carreteras y el ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se construyeron líneas férreas importantes, siendo el ferrocarril de Panamá —a lo largo de lo que hoy es el Canal del mismo nombre— la segunda línea férrea del mundo, pues la primera fue la que se movió entre Manchester y Liverpool, en Inglaterra. Contribuyeron a acabar también con la arriería, además del ferrocarril, la competencia de los cables aéreos y las carreteras para el transporte automotor.

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En su época de florecimiento, el arriero llegó a ser un empresario muy respetable e indispensable para comunicar una región con otra, pues eran también los portadores del correo y de noticias urgentes, lo mismo que de transacciones económicas. Por eso, dichos empresarios debían tener algún grado de ilustración, como saber leer y escribir, saber de pesos y medidas y tener habilidad con los números, para cumplir con su labor.

Obviamente, se reconoce con ese nombre de arriero no solamente al empresario, sino también a quienes se encargaban de transitar con las recuas de mulas o bueyes, que podían tener o no algún nivel educativo.

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Se conocen como arrieros antioqueños aquellos que constituían un grupo, con jerarquías y funciones específicas y utilizaban elementos muy característicos para su trabajo, siendo la mejor muestra de ellos el símbolo de la caficultura: Juan Valdés. Sus oficios eran:

El Caporal, arrierista o jefe, que en algunos casos era el mismo dueño de las mulas.

El Sangrero, encargado de administrar y proveer los alimentos —hatillo o bastimentos—. En grupos más pequeños esta función le correspondía al caporal, quien se ayudaba del “Petaquero”, encargado de los alimentos y un “Aguatero”, encargado del agua.

El Campanero, encargado de ir en una avanzada y advertir sobre eventuales peligros. Entre el grupo debían hacer parte jóvenes de reconocida fortaleza, medida principalmente por la capacidad de levantar, entre otras cosas, pesos de alrededor de 70 kilos. —Un bulto de café pesa 5 arrobas, es decir, 125 libras—.

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Por su ubicación geográfica entre las provincias de Antioquia, Cauca y el centro del país, Manizales llegó a ser casi que el epicentro de la arriería, llegando a conformarse muy importantes empresarios, tales como los que han sido mencionados en artículos de la Academia Caldense de Historia sobre el tema: Fabián Vásquez, Liborio y Heliodoro Mejía, Juan Valencia, Gabriel Arango, los hermanos Estrada botero, Justiniano Londoño padre de los lideres cafeteros Londoño y Londoño; y, otros mencionados por miembros de la Academia de Historia del Quindío: Rafael Naranjo e hijos, Jesús Giraldo, Jesús Hernández, Manuel Ocampo Ramírez, en Filandia; Arcesio Aristizábal Gómez, en Armenia; y, Juan Andrés Botero Londoño, en Calarcá.

Toda la maquinaria de la naciente industria de la república, los órganos de las iglesias, los pianos, los muebles, las estatuas, las campanas de las iglesias y todas las mercancías europeas, que se hacían indispensables de adquirir en el exterior, ante la inexistencia de industria nacional, eran cargadas a lomo de mula por los arrieros. Para realizar dicha labor, de esfuerzo superior, se utilizaban, elementos especiales tales como “turegas”, “parihuelas”, catres, “troques” y “rastras”, muchos de estos términos exclusivos de la arriería, uniendo mulas y bueyes con maderas en forma de grandes camillas. Las mulas fueron el equino apropiado para las labores de la arriería. Se destaca un refrán español al respecto: Asno para el polvo, caballo para el lodo; y, mula para todo, mencionado en un artículo de Jaime Lopera Gutiérrez, expresidente de la Academia de Historia del Quindío.

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Muchas veces, dependiendo de lo larga que fuera la travesía, debían llevar animales sin carga, para las remudas, que se hacían indispensables para relevar los animales que habían sido exigidos al límite.

Don Clímaco Arango Muñoz, de 93 años, hijo de don Jesús Antonio Arango Muñoz y doña María Hortensia Muñoz, hoy residente en el Hogar del Anciano de Circasia, ejerció la arriería entre Pijao y Armenia de los años 1925 a 1932, cuando aún no existían caminos para el transporte automotor, cargando, madera, víveres y mercancías. Según su testimonio de fecha 16 de Julio de 2018, manifestó lo siguiente: 
 

Cargábamos unas 10 mulas en Armenia, como a las 4 de la mañana, a la luz de una vela y salíamos alrededor de las 5 de la mañana, cuando apenas estaba amaneciendo, después de tomar unos tragos de café endulzado con agua de panela. En algún lugar del camino tomábamos el desayuno y el almuerzo; y, por la noche nos daban posada en una fonda del camino, donde también descansaban las mulas después de las 5 de la tarde. Era una casa grande donde acampábamos y comíamos y donde tenían corral con pasto y buena agua para refrescar las mulas. Al amanecer nuevamente, salíamos madrugados con rumbo a Pijao. El piso de la casa era de madera aserrada y allí nos daban carne, tocino, chocolate de bola endulzado con panela, arroz, calentado de fríjoles, plátano asado, bollos de maíz y bizcocho cerrero.

El dueño de las mulas era don Medardo Osorio, que vivía en Armenia y murió en Caicedonia. Era muy rico. Nos pagaba a 1 peso con 50 centavos el día, que era lo mismo que valía una arroba de café. El que herraba las bestias estaba en Pijao, pero yo también aprendí a herrar y algunas veces lo hacía. La madera aserrada, la panela de los trapiches o estancias, las mercancías y el correo, que iban empacados en costales salineros, los dejábamos en un depósito y de allí se repartía a diferentes partes. De Pijao a Armenia algunas veces nos veníamos vacíos, pero otras veces nos devolvíamos con café o productos agrícolas. Algunas veces llevábamos también niños en la enjalma y personas que los acompañaban. La vía que tomábamos para Pijao era por la cordillera y no por donde es ahora la carretera, pues el paso de los ríos se nos facilitaba más por la montaña.

Muchas veces también sacamos café de la finca de don Medardo hacia Caicedonia; y, de Caicedonia traíamos remesas para los agregados. Cuando inicié ese trabajo tenía 15 años y ahora tengo 93. Yo usaba mulera o ruana, delantal o mandil de cuero o lona, peinilla ancha y pequeña, alpargatas de cabuya con correas de cuero, sombrero de ala ancha y copa baja, pañuelo raboegallo para limpiar el sudor: y, carriel con tabacos, velas, cigarrillos, camándula, peinilla, espejo, naipe, dados, agujas de arria y caponera y trozos de panela. Nos acostábamos a las 8 de la noche y madrugábamos para tomar café y a cargar las mulas a las 4 de la mañana. Dormíamos en esteras en el piso porque colchones no había. Recuerdo una trova que decía: van llegando los arrieros a toldar cerca del río, mientras que la noche cubre los barrancos del camino. Un arriero retachado me decía, con celos y rabia: huye mujer de los diablos, maldita mula cansada. Cuando llovía tapábamos la carga con encerados que llevábamos. No tuve mujer, pero siempre iba en la compañía del Señor. Cuando abrieron carreteras se fue acabando el oficio.

En total estuve siete años como arriero. Recuerdo que por las noches jugábamos con los dados: treces, cincos, cenas y as. Hubo muchas peleas debido al juego. Algunas veces la gente rabona arrebataba la plata y salía corriendo. Recuerdo sitios de Armenia donde se jugaba y se tomaba mucho: Borracheras, Patiobonito, Las Brisas, Aires del Tolima, Música de Vitrola. A esos sitios, atendidos todos por mujeres —probablemente pulperías—, íbamos los trabajadores, pero también los dueños de fincas. El licor más barato era el chirrinche, pues se hacía en las fincas.
 

Jorge Hernán Velásquez Restrepo y Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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