Domingo, 25 Ago,2019
Historietas del más acá / JUL 28 2019 / hace 4 semanas

El plan era no tener datos ni wi fi

Autor : Ernesto Acero Martínez

Los juegos de antes —cuando el internet aún no existía— como el balero, las canicas, las tapitas, el escondite o el trompo fueron el entretenimiento de las generaciones de antaño, un unificador social que se ha ido perdiendo con los años. Reviva aquí cómo era pasar el tiempo sin wi fi.


Javier hace una pausa, lleva varias horas tratando de componer una vieja licuadora que un cliente le llevó al local el día anterior. Estira un poco sus músculos y luego toma un viejo, pero en perfecto estado, balero de madera que reposa en una de las estanterías y que compró hace 30 años en una exposición artesanal. Cuando se dispone a hacer una carambola otro cliente llega, esta vez para comprarle un codo de media y un rollo de cinta, Javier atiende con su mano derecha mientras soporta en la izquierda el juego de malabares cuyo origen hay que buscarlo en la época precolombina.

Es diestro con este singular juego que atesora y brilla con esmero, logra cinco encholadas seguidas y las remata, luego se sienta y recuerda con emoción esa infancia que fue tan común a miles y miles de adultos. “No había ni celulares, ni toda esa tecnología de ahora, nos tocaba ser muy creativos pero éramos muy felices”, asegura Javier al tiempo que retoma su rutina.

Manuel Alejandro, uno de los hijos de Javier, heredó ese gusto por los juegos manuales y artesanales, era el campeón del barrio haciendo bailar el trompo y el centro de atención de las reuniones familiares, su padre así lo afirma con un orgullo inocultable y al tiempo con nostalgia porque su hijo antes de alcanzar la mayoría de edad guardó el trompó y sacó una cuenta en Facebook.



Con trompos se hacía en los barrios competencias de puntería, de duración y de malabares.


Tal vez, para muchos de los que nacieron después del año dos mil la palabra trompo suene algo exótica, seguro no saben hacerlo bailar y dudan que fue uno de los juegos que más practicantes tuvo. Es lógico, ésta sana entretención, junto al yoyo, las bolas, el ponchado y el escondite, hicieron parte de una época en la que la mayor emoción para los niños y adolescentes no estaba determinada por el número de likes en sus publicaciones, ni por la cantidad de datos disponibles de navegación o los miles de amigos que tal vez nunca podrán conocer porque todo transcurre en medio de una maliciosa virtualidad.
 


Con canicas se jugaba vuelta a Colombia, rompehuesos, al cuadro y al hoyo.


Los juegos de aquel entonces eran cíclicos, cada año era sagrada la temporada de bolas, la de yoyo, o la de balero; y entre juego y juego se ponía de moda el escondite bota tarro, el ponchado, los picaditos de fútbol en la cuadra, la saltada de lazo y tantos juegos más que lograban captar la atención de todos los chicos del vecindario y de una que otra tía querendona y entusiasta que también se divertía como niña entre los adolescentes. Cada juego duraba hasta que las mamás llamaban a lista desde las puertas de las casas. 
 


Hacer volar las tapas metálicas o plásticas por los andenes o jardineras era uno de los juegos que más emoción despertaba.

 

Un simple objeto era como una caja de sorpresas de la que brotaba la felicidad y el ingenio; unas tapas rellenas de cáscara de naranja o parafina podían ser veloces carros que, al coro de única, dósica y trésica, recorrían los andenes y antejardines del vecindario. De una llanta de camión salía un aro que se impulsaba con un pedazo de madera y con el que se hacían innumerables piruetas. Cuatro piedras grandes eran suficiente para delimitar las dos porterías para el partido que tenía como cancha la cuadra y de obligados espectadores a los adultos cansados de que el balón se estrellara repetidamente en las puertas o en las ventanas.

Que la energía eléctrica faltara no era una razón para renegar ni provocaba preocupación alguna, por el contrario, era otro motivo para celebrar porque eso significaba que se podía jugar tingo tingo, o a la sortija de la abuelita, o empezaba la maratón de chistes y de historias asombrosas, claro, hasta que ya tarde de la noche de nuevo el nombre de cada pequeño retumbaba, en voz de su madre, de esquina a esquina.



Lo tierreros eran canchas múltiples, en ellos se podía jugar ponchado, fútbol, yeimi, bolas o saltar cuerda. 

 

La lluvia no espantaba, la gripa daba poco y por cualquier cosa menos por salir a impulsar barcos de papel en los caudalosos ríos que se formaban en la cuadra cuando llegaba el aguacero; los vientos no asustaban, eran bienvenidos para hacer volar cometas hechas con papel de ese en el que se envolvía la parva que vendían en las tiendas; el sol no molestaba, bajo sus rayos tenían lugar las más emocionantes guerras de bombas de agua; cuando las empresas de servicios públicos abrían zanja para instalar una tubería no faltaba la guerra de terrones.

Las bicicletas, los patines y monopatines no abundaban pero sí las ganas de compartir, casi todos aprendieron a montar en cicla prestada; en las horas libres pasaba de todo: comitivas, construcción de pequeñas casas en los solares de las casas y hasta cacería de hormigas cachonas para observarlas detalladamente en los pequeños telescopios de colores que durante mucho tiempo fueron usados como pantallas de fotografías.

El mayor tesoro en ese entonces cabía en los bolsillos: unas bolas bogotanas o cristalinas, un boloncho, una cauchera, varios billetes de mentiritas, los caramelos repetidos, un trompo, un soldadito de plástico y bastante tierra. Cada miembro de la pandilla se esforzaba por tener su propio ringtone —un silbido que servía para múltiples cosas: preguntarle al otro si había permiso para salir a jugar, si quería salir a jugar o si tardaba en salir—. 



Los juegos tradicionales formaban en valores, fortalecían lazos de amistad y despertaban la creatividad.


Este paseo por la nostalgia también fue testigo de unos años en los que la calle atraía porque era sinónimo de felicidad; era un universo inventando por la gallada en el que no había lugar para la violencia; era el lugar preferido en vacaciones y los fines de semana, que comenzaban el viernes por la noche y terminaban el domingo antes de las seis porque había que hacer las tareas del lunes; era además un templo en el que se juraban amores y amistades para toda la vida; era una época que siempre se extrañará. 


Escuche aquí las sensaciones de una pequeña de 6 años luego de pasar una tarde aprendiendo y practicando juegos tradicionales. (Ver en otra pestaña)

 

​Los invitamos a consultar las historietas en video a través de Facebook, Youtube, Twitter e Instagram.


Ernesto Acero Martínez
@ernesto_acero
Especial para LA CRÓNICA


 

 


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