Viernes, 23 Ago,2019
En profundidad / ENE 27 2019 / hace 6 meses

El Quindío amable, de bahareque y cívico que hemos perdido tras el terremoto de 1999

El Civismo que nos caracterizó de espíritu colectivo hoy se ha transformado en individualismo y corrupción.

El Quindío amable, de bahareque y cívico que hemos perdido tras el terremoto de 1999

Con el terremoto del 25 de enero de 1999 el bahareque empezó a desaparecer en el departamento, a pesar de ser un componente importante dentro del Paisaje Cultural Cafetero.

En 1998, meses antes del desastre telúrico del Eje Cafetero, se realizó una interesante dinámica a instancias de la entonces secretaría de Cultura, Artesanía y Turismo de la gobernación del Quindío. En ella, con masiva participación ciudadana, y con la asesoría de la gestora Gladys Molina, se hizo un diagnóstico con perspectiva cultural, teniendo en cuenta dos premisas llamativas.

La primera premisa estaba inspirada en la carta encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II: “No es posible comprender al hombre, considerándolo unilateralmente a partir del sector de la economía, ni es posible definirlo simplemente tomando como base su pertenencia a una clase social. Al hombre se le comprende de manera más exhaustiva si es visto en la esfera de la cultura, a través de la lengua, la historia y las actitudes que asume ante los acontecimientos fundamentales de su existencia como son: nacer, amar, trabajar, morir”.

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La segunda premisa tenía en cuenta el fuerte conceptual de la dependencia responsable, cual era el componente artesanal y turístico.“Para que en el Quindío podamos vivir mejor, porque creemos en lo nuestro, lo valoramos, conservamos y enriquecemos cada día desde una perspectiva cultural del desarrollo, donde el turismo es una expedición por nuestra cultura. La artesanía, un producto cultural; la educación, un escenario de apropiación —o de destrucción— de los valores construidos; la agricultura, una expresión de los modos de sembrar, cosechar almacenar y vender, unido a los modos y usos alimentarios; la atención y prevención de desastres como eje de la cultura de la pedagogía sobre el peligro. La mujer, el joven y el niño como fuentes de visión y generación de actitudes nuevas de género humano. Deporte para construir, alianzas estratégicas de prevención y protección de bienestar social. La cultura como expresión del autocuidado del cuerpo personal y social, el ambiente como el territorio donde se tejen las interacciones y se desarrolla la vida. La economía como el consumo de acuerdos y modos de distribuir los bienes de la casa: arte, ciencia y tecnología como expresión del pensamiento y sus procesos de aplicación y utilización.

Meses después, y tras presentar dicha propuesta a la comisión de Cultura y Educación de la asamblea departamental, los ejercicios realizados con varias personas participantes también nos permitieron a los quindianos un reconocimiento de quienes somos, lo que no somos, lo que deberíamos ser, lo que tenemos y lo que podríamos tener. Conocido este amplio abanico de aspectos identitarios, el terremoto del 25 de enero de 1999 nos tomó de sorpresa y golpeó nuestra cotidianidad.

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De las respuestas ofrecidas y compiladas desde el ítem “Somos”, llamó siempre la atención tres de ellas, somos amables, somos bahareque, somos civismo. El desastre nos demostró ello y mucho más, en el decurso de la emergencia, pues quedó en evidencia nuestra colaboración ciudadana y la de otros pueblos de Colombia. La de una arquitectura tradicional de bahareque en todo el Eje Cafetero. Y el espíritu cívico que se tradujo en un resurgir, como el ave fénix, desde las cenizas.

No obstante, el proceso de reconstrucción nos trajo otras respuestas que ya no eran fortalezas, sino falencias. En los últimos 20 años, nuestra amabilidad —o afabilidad— ha desaparecido. El conocimiento vernáculo sobre la sismoresistencia del bahareque no fue tenido en cuenta, porque sencillamente nunca lo apreciamos. Y el recordado civismo de nuestra gente —el mismo que deparó las mejores realizaciones infraestructurales o espirituales del pasado— se ha ido y sus valores se degradaron hasta el punto de convertirse en un cúmulo de acciones sin conciencia del bien común.
 


El civismo que nos caracterizó en años anteriores se desapareció a partir de los eventos del sismo de hace 20 años.


Hoy vale la pena releer las respuestas de los ítems restantes de aquel diagnóstico. Son preocupantes, pues se mencionaba en aquellos momentos lo que no somos y lo que deberíamos ser.

No somos amables “en el manejo del espacio público, no somos generosos en el triunfo ajeno, no somos constructores del bien común, no somos respetuosos del niño, el joven, la mujer y el anciano”, entre otras afirmaciones.

Deberíamos ser “alegres del encuentro con el otro, deberíamos ser capaces de autoestima, deberíamos ser constructores de ternura social, más comprometidos, más cumplidos, leales, justos, entre otras respuestas.

Un ABC del Quindío, expresado en cada una de las letras iniciales de Amable, Bahareque y Civismo, es como un compendio de nuestras identidades, como un motor de nuestras realizaciones y como una esperanza de nuestras potencialidades.

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Sin embargo, percibimos que ya las perdimos o que se enterraron después del terremoto. Se plasmó la palabra Amable en el piso de nuestros andenes de Armenia, para que ella fuera pisoteada. El Bahareque viene desapareciendo, a pesar de ser él un componente básico para el turismo cultural del Paisaje Cultural Cafetero. El Civismo que nos caracterizó de espíritu colectivo hoy se ha transformado en individualismo y corrupción.

El proceso posterremoto nos mostró, además, otras realidades. Ellas son un pésimo manejo del denominado proceso del tejido social, destrucción del patrimonio cultural y natural y la usurpación del paisaje para que él sea menos verde y de mayor usufructo para la invasiva construcción de torres y edificios.

Ésto nos dificultará lograr muchas cosas que podríamos tener, como lo señaló dicho documento hace 20 años. Uno de esos sueños es “una sociedad que no fracture sus zonas de vida de las intervenidas, sobre todo las delimitaciones entre lo urbano y lo rural”.
 


El proceso posterremoto aparte de acabar con el tejido social usurpó el paisaje verde y ahora hay más asfalto.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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