Lunes, 10 Dic,2018

En profundidad / MAY 25 2018 / Hace 6 Meses

El yipao, homenaje a una tradición

“A este se le pone la doble y el bajo y agárrese papá, que vamos es ‘pa’rriba’”

El yipao, homenaje a una tradición

El quehacer de los ‘yiperos’ articula la relación mercantil entre el campo y la ciudad.

Las ferias y fiestas matizadas por el yipao reúnen cada año en Calarcá a turistas de todos los rincones de Colombia y del mundo. Con este desfile y su concurso, programado para el último día de las fiestas aniversarias, cuando se cumplen 132 años de su fundación, se cierra una semana de jolgorio, actividades culturales, deportivas y lúdicas para las que se han preparado por meses, no solamente los dueños de los Jeep o ‘yiperos’, sino también las comparsas, carrozas y participantes del desfile, así como toda la logística del concurso.

Algo de historia: Los camperos Jeep Willys llegaron a Colombia desde 1946 importados por una reconocida compañía, Lara Hermanos, poco tiempo después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial y como parte de los primeros acuerdos de exportación de café.

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Por ese tiempo, Estados Unidos tenía un amplio número de existencias de estos vehículos, que fueron diseñados para todo propósito —General Purpuse o sus siglas GP—, puesto que servían para transportar soldados en los terrenos más agrestes. Podían acomodarse heridos para su traslado de urgencia a los hospitales e incluso podía montarse ametralladoras para acciones bélicas rápidas tipo comando. Es decir, su sigla en inglés GP suena como ‘Jeep’, tal cual fue conocido en Colombia.

Al mismo tiempo, el incipiente desarrollo de nuestros campos con trochas de mulas, que los mismos campesinos con sus herramientas manuales acondicionaron como carreteables, encontraron que este vehículo liviano pero muy fuerte y poderoso con su tracción en las cuatro ruedas, se acomodaba mejor para reemplazar las recuas de mulas con las que trajeron desde Antioquia sus corotos a estas tierras montañosas.
 

De la mula al yipao

El Jeep Willys se convirtió en la nueva ‘mula’ metálica, que ha servido desde esa época como una herramienta de desarrollo regional, ideal para transporte por la montaña, sacar productos y llevar insumos. Es testimonio de la construcción de un desarrollo agropecuario, que en parte ha compensado las deficientes condiciones de las carreteras abandonadas por el Estado.

Desde su capacidad de carga original, los mecánicos de pueblo han logrado adaptar estos vehículos hasta convertirlos en trasporte de más de una tonelada de carga y en términos de número de pasajeros. Se dice que caben tantos como se puedan acomodar sus dedos gordos en el piso del vehículo.

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Esta es la base del aprecio por los Willys y los ‘yiperos’, que por más de 70 años han sido parte de la familia del campesino quindiano. Ellos son los mensajeros entre las fincas y algunas veces han sido los confidentes de amoríos; son los auxiliadores del campesino en cualquier emergencia, eje de la solidaridad entre vecinos, son los constructores de relaciones y sentimientos. Su quehacer articula la relación mercantil entre el campo y la ciudad.

Constituyen un gremio muy especial, que no se identifica por nombres sino por apodos o ‘chapas’ como Caresapo, Guama, Ramiro, Bobadilla, Colada, Boca de Cebolla, Cebo Rancio, Pirata, Gallo Tuerto, Zorro, Pájaro Loco, Cilindro —qepd—, Loba, Yodora, Martillo, Guineo, el Gato Bomba, Pico Negro, Galería, Guama, Escalera, Pin, Sopa, Pantera, Cocholo, Perro, Chayanne, Caneca, Pizarro, Frente Nalga, Mascachocha, Puñalada, Colada, el Indio, Polla Ronca, Ojoetote, el Tres Caras y muchos más, que por razón al espacio, no es posible nombrarlos.
 


 

Homenaje al vehículo y conductores

Es así que el desfile del yipao se constituye en un homenaje a este tipo de vehículo y conductores que hacen parte de las tradiciones del Paisaje Cultural Cafetero, PCC, y su exhibición establece vínculos con la memoria colectiva. El Jeep Willys hace parte del paisaje de cualquier plaza de mercado, hace parte del entorno y su interacción con el campesino en función de su utilidad y su exaltación a desfile y fiesta, contribuye a promover el respeto por esta diversidad cultural.

Su carácter de fiesta colectiva ha permitido que la creatividad de las gentes enriquezca cada año con nuevas propuestas de alegorías estos vehículos: inicialmente se evocaba el típico trasteo o mudanza o coroteo familiar, acomodando en el Jeep todo tipo de elementos domésticos que rememoraban las gestas de colonización: las camas con sus colchones, el infaltable cuadro del Sagrado Corazón, la vetusta máquina de coser, el viejo televisor, la guitarra compañera de fiestas, el reloj de péndulo, las colchas de retazos, la lámpara de kerosene, el viejo reverbero, los elementos de aseo, la chocolatera, el portacomidas, las herramientas del campo, alguna que otra gallina, el pato, la radiola , entre los más de 120 artículos diferentes que hoy alcanzan a contarse.

A esta primera categoría fueron sumándose los yipaos con todo tipo de productos agrícolas tradicionales comenzando por el café, los plátanos, inclusive hasta terneros, acuarios de peces y todo tipo de carga acomodada en pirámides que desafían las leyes de la gravedad.

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Luego vinieron los yipaos que exaltan las artes y oficios representativos de la región. Hay algunos que representan los fabricantes de ladrillos, la producción de carbón; incluso hay quienes hacen alegorías a un centro de salud, con todo y sala de cirugía. Y otros, hasta carros mortuorios o escenas de fiesta y cantina. En fin, se entremezclan en estas ocasiones todo tipo de creatividad y asombrosas puestas en escena, que hacen que el yipao se reinvente cada año con nuevas propuestas.

Esta celebración colectiva, que en 2018 cumple sus 30 años de existencia, ha sido emulada por la mayoría de pueblos, no solo del Eje Cafetero.

Fue así como en Caicedonia, igual que en Sevilla, son muy abundantes estos vehículos y en consecuencia se inició la tradición de los ‘piques’, elevando el tren delantero con el Jeep cargado, lo que despierta cierta admiración al poder avanzar varias cuadras en solo las llantas traseras. Pero a alguien se le ocurrió incluir giros en el espectáculo, lo que generó entonces la modalidad de ‘piques’ acrobáticos o trompos, donde incluso se apea el conductor o se sitúa sobre la cabina o el capó y continúa conduciendo con una extensión del timón. Esto permite que el vehículo gire teniendo como eje una llanta trasera frenada realizando vueltas de 360° con contrapesos de bultos de arena. Todo con extremo cuidado y técnica especial,  puesto que la espectacularidad de la acrobacia congrega alrededor muchas personas que podrían verse lastimadas en el caso de ocurrir alguna eventualidad. Este desfile del yipao, con su carácter colectivo, espontáneo y popular, identifica la vida de una región agreste y montañosa; es una costumbre tradicional que  responde a la lógica de los sentimientos de dar juego a lo lúdico, aprovechando quizá la esporádica venta del principal producto, el café. Por esta razón se trata de coincidir la fiesta con la cosecha de este grano. Su presencia en un desfile evoca o recuerda los acontecimientos rutinarios de las labores del campo.
 

Un oficio en dificultades

A través del tiempo y el desgaste a los que son sometidos estos vehículos, cada día es más difícil y costoso mantenerlos en las condiciones que exigen las trochas por donde transitan. De otro lado, las propias dificultades de los campesinos y sus escasos ingresos, hacen que no se soliciten como antes los servicios de los yiperos, motivo por el cual, este oficio ciertamente se encuentra en serias dificultades, aunado al hecho de la informalidad de esta ocupación y a las continuas reglamentaciones de la autoridad de tránsito. Todo ello hace que muchos vehículos se hayan envejecido, casi abandonados, se reemplazan por camionetas modernas. No obstante, el Willys se resiste a morir, se recicla y mantiene su tradición, a pesar de que no sea tan rentable como antes.

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Acompañemos entonces a los yiperos en su tradicional desfile próximo a realizarse el 1 de julio en Calarcá, población de la que nos volveremos a ocupar en el próximo capítulo de esta serie, ya expandiéndonos en materia de otros aspectos culturales del municipio, así como sus atractivos y facetas del turismo cultural.


Henry Plazas Olaya
Especial para LA CRÓNICA


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