En profundidad / Octubre 12 de 2017 / Comentarios

El 12 de octubre, una celebración infausta para la Colombia étnica

El 12 de octubre, una celebración infausta para la Colombia étnica

Más allá de un festejo, la conmemoración de la fecha del inicio del declive de todos los pueblos nativos.


El 12 de octubre de 1986, en lo profundo de la selva del Vaupés, frente a la maloca de un poblado indígena, fui testigo de la singular reunión: después de entonar el Himno Nacional, el líder joven que la presidía pronunció sentidas palabras. En medio de su intervención, hizo énfasis en no celebrar, sino lamentar la conmemoración de esa fecha, como la del inicio de su declive y de todos los pueblos nativos americanos.

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¿El día de la Raza?

Eso es el rimbombante día de la Raza. Un recuerdo aciago que no debe alegrar los espíritus. Por tal razón en algunos países americanos ha querido denominarse mejor como el “Día panamericano del árbol y de la raza”, razón espúrea para rebajarle el sentimiento que representa esa fecha para muchos habitantes del continente.

Hablamos de raíces prehispánicas, de tradiciones afro, de cultura amerindia o de supervivencia rom —gitanos—, solo cuando queremos hacer apología de identidad o cuando realizamos un evento que nos congracia con aquellos seres de la estirpe americana o de extensión universal. Solo para eso vemos en la realidad nacional el panorama de dichos compatriotas.

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Cuando nos situamos en la comodidad del destino mestizo, los afro “huelen a bollo perfumado”, tal cual lo pronunció un diputado de Antioquia en alguna oportunidad. Los indígenas son “memes zarrapastrosos”, como pronuncian algunos usuarios de la ruta de Transmilenio en franco sentimiento racista y los rom serán siempre los “gitanos estafadores y ladrones”.

Colombia y el Quindío quedarán cortos con la indolencia que mostramos ante lo más auténtico de nuestra nacionalidad. Solo que destacar a la población es importante para maquillar el interés de muchos, y para sacar ventaja de la hipocresía de los ciudadanos. Son muchos ejemplos lacerantes en el tratamiento del más importante patrimonio humano que hemos tenido hacia nuestras gentes de las etnias.

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Frente a lo gitano es tal la displicencia que, cuando se redactó la Constitución de 1991, los honorables constituyentes olvidaron incluir a los rom en la Carta Magna. Tuvieron que reponer su error agregando un parágrafo.

El lamentable dicho del “bollo perfumado” es solo un pequeño detalle ante el olvido de la región donde viven los chocoanos, y que además ha sido explotada inmisericordemente por la clase política. A muchos les fastidia el color de su piel. Por lo menos, el diputado Meza lo mencionó coloquialmente y además, fue directo. Otros se rasgan las vestiduras ante tan pintorescas afirmaciones, cuando ellos en sus murmullos denigran del pueblo afrocolombiano.

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Se aprovechan del indígena

No cesan los candidatos a gobernantes en usar a los indígenas en fines proselitistas: ellos son figura y pantalla en las campañas, son los protagonistas de los comerciales de televisión que favorecen la institucionalidad y son el caballito de batalla en las publicaciones de proyección internacional, para enviar un mensaje de consideración a los primeros pueblos del continente.

Pero, hilando fino, la situación de los indígenas no es tan gloriosa: los Awa de Nariño son uno de los amenazados y en peligro de extinción; los Kogi, Ika y Arsarios de la Sierra Nevada de Santa Marta siguen siendo vulnerados. Muchos niños indígenas, y no solo los wayú, mueren de hambre. Los Uwa, de la misma familia lingüística de los habitantes de la Sierra Nevada —chibcha— habitan un territorio rico en petróleo, el Bloque Samoré, donde se insiste en extraer el que ellos consideran es la “sangre de la madre tierra” y lo que podría llevar a un suicidio colectivo, por no soportar el desangre de su progenitora mítica.

Los Nukak Makú ya no son el último pueblo nómada de América y con ellos se perdió el conocimiento empírico de la naturaleza selvática del Amazonas. Los indios del Vaupés ya sufren hambre, a pesar de que los chamanes del río Pirá-Paraná de este departamento fueron incluidos como Patrimonio Cultural de la Humanidad en la lista de la Unesco en diciembre del 2011.

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El Quindío no se abstrae a esta situación de desconocimiento e ignorancia frente a las etnias. Tendríamos que señalar que tal desprecio viene desde el manejo de lo arqueológico. La noticia más lamentable de finales del siglo XIX la produjo el presidente Carlos Holguín Mallarino cuando le obsequió a la reina de España 122 piezas de oro prehispánicas, lo que ha quedado en el relato nacional como el Tesoro de los Quimbayas.

¿Qué se puede esperar de una sensibilidad institucional frente a los pueblos indígenas, si para muchas situaciones estorban? Eso sí, son importantes cuando se trata de rellenar auditorios, de justificar acciones o de tener ventaja en las decisiones de instituciones que por ley deben tener un representante de los nativos y de los afrodescendientes en sus juntas directivas.

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El imaginario que se crea en los quindianos sobre los integrantes de los pueblos indígenas es el más denigrante. Cuando se les pregunta a los niños sobre la imagen que se tiene de ellos, solo obtenemos la respuesta de mendicidad, flojera y pereza, que es la misma que perciben muchos colombianos. Desconocen que son los seres más dignos del país, y que en nuestro departamento deberíamos sentirnos orgullosos de contar con ellos.

En el Quindío hay asentamientos Embera-Chamí, Embera-Katío, Quechua, Pijao, Pastos, Nasa, Inga, Yanacona y Pirsa. Cada uno de ellos, con un reservorio de milenarias tradiciones con un bagaje de medicina tradicional y de formas constitutivas de organización social que son modelo de convivencia y justicia.

Esto no es suficiente, porque definitivamente el Quindío se niega a visibilizarlos, como en muchas regiones de Colombia. El país debería tomar conciencia del reconocimiento hacia la diferencia, la alteridad y la diversidad cultural y de género. Solo en estas condiciones se alcanza la paz tan anhelada.


Roberto Restrepo Ramírez
LA CRÓNICA

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