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General / JUN 28 2015 / Hace 3 Años

“El abrazo de la serpiente”, el cine poético de la Amazonía

Una cinta en blanco y negro, que transmite durante dos horas el tono multicromático de la selva imaginada, es un regalo para el espíritu. Me refiero a la proyección de “El abrazo de la serpiente”, que por estos días se presenta en los cines del país.

“El abrazo de la serpiente”, el cine poético de la Amazonía

En el medio amazónico, es importante lo mitológico para entender el lenguaje de la cultura.

Durante dos horas se conjugan todos los sentimientos. Y para quienes hemos conocido la selva del Vaupés,  significa renovar los recuerdos de aquellas culturas que siguen cumpliendo el papel de protectores de la naturaleza. En su desarrollo, el guionista, antropólogo Ignacio Prieto y el director, cineasta Ciro Guerra tuvieron en cuenta varios personajes históricos, además de presentar otros que resaltan las características culturales de la selva.

De principio a fin, se propician en el espectador el conocimiento de la sabiduría chamánica, con una trama que gira alrededor de la búsqueda de una  planta sagrada. Ver esta película, que fue ovacionada en el Festival de Cannes, me devolvió al año 1983  cuando debí acompañar, comisionado por una institución oficial, al productor de cine italiano Stelvio Massi, quien rodaba su nueva película, que más adelante se presentaría  en las salas de cine del mundo  como “Droga,  viaje sin regreso”.  La diferencia entre esta producción y la del colombiano Ciro Guerra es enorme. Mientras en la primera se tuvieron en cuenta los sucesos tradicionales de una comunidad indígena de la etnia bará en el sur del Vaupés, para la segunda  debieron representarse y ambientarse con actores indígenas, los acontecimientos de la vida ceremonial. 

No se logró en la cinta  de Massi  el verdadero objetivo, mirado desde la óptica antropológica, cual era  presentar la coca nativa, el mambeo y a los pueblos indígenas como algo perteneciente a la esfera ritual. Fue frustrante leer en su doblaje, mientras se presentaban las escenas de los bailes realizados dentro de la maloca,  frases como ésta: “… es una cultura intacta, pero sólo en apariencia”. O “la droga es genocidio físico y moral”, mientras se veían y se escuchaban los golpes correspondientes al maceramiento del polvo de coca en el mortero de madera. Lo cierto es que al productor italiano sólo le interesaba el éxito comercial.

En cambio, la nueva producción consultó el valor  simbólico  de las plantas religiosas. Lo hizo  basándose en los diarios escritos y en lo vivido por dos viajeros del siglo XX en la Amazonia continental. Ellos fueron Theodor Koch-Grünberg (1872-1924) y Richard Evans Schultes (1915-2001), los cuales son representados por dos personajes llamados simplemente Teodor von Martius y Evan. También logra una maravillosa actuación de dos indígenas de la región, Nilvio Torres de la etnia cubeo y Antonio Bolívar, de la etnia ocaina, a través del personaje llamado Karamakate. A su vez, aparece la actuación de un tikuna, quien representa al acompañante de von Martius, llamado Manduca en la película.

Contemplar la buena fotografía de las escenas trasladó mi alma a esas comunidades. La película muestra los raudales o cachiveras, que son los lugares religiosos donde viven los espíritus de los animales y donde los chamanes guardan sus flautas para el ritual de iniciación masculina. También se enaltecen los cerros, lugares temidos donde se consiguen las plantas sagradas, pero también las que pueden producir maleficio. En la década de los 40, Schultes, quien era etnobotánico, llegó hasta el cerro Campana, donde hizo el estudio de muchas plantas endémicas.

En Mitú (Vaupés), conocí al abuelo de Nilvio, quien en la década de los ochenta era el capitán indígena de la comunidad Santa Marta, en la desembocadura del Cuduyari en el río Vaupés. El mismo río que el etnólogo alemán Koch-Grünberg, remontó hasta su nacimiento, en la primera década del siglo XX, recordando el mito de la anaconda ancestral, que era una canoa donde la madre originaria repartía la gente para que poblara la región. Nilvio se colocó con orgullo el guayuco (tapapene) y el collar con colmillos de jaguar y cilindro de cuarzo que usaban los payés (chamanes), sus ancestros, para la filmación de la película. 

En Leticia también tuve contacto con Tiapuyama, el nombre nativo de Antonio Bolívar, quien representa a Karamakate anciano. Antonio había escapado de las caucherías en La Chorrera (Amazonas), a principios del siglo XX. Por eso en la cinta se tiene el cuidado de mostrar esa realidad lacerante, que fue vergonzosa para la historia de Colombia, el genocidio de los caucheros.

Pero lo más impactante de “El abrazo de la serpiente” fueron sus textos poéticos. Recuerdo dos especialmente, expresados por Karamakate joven a los niños indígenas de una misión religiosa capuchina, cuando les dice: “todas las flores están llenas de sabiduría”, en alusión a la fortaleza que deben tener ante la ignominia. La otra, en el mismo contexto, dice: “si esos caucheros son hombres, yo prefiero ser culebra”. En el medio amazónico, es importante tener en cuenta lo mitológico para entender el lenguaje de la cultura. 

Esta una producción fílmica que nos permite ver el aspecto positivo de una región estigmatizada, el departamento del Vaupés, donde todavía las comunidades indígenas son esclavas de los males de nuestra sociedad, y cuyo referente sigue siendo la explotación inmisericorde de la selva o los ataques guerrilleros, como el que sufrió Mitú, su capital, el 1º de noviembre de 1998. Aún más, sigue siendo desconocido para Colombia, que en el sur de su territorio existen varias etnias que han sido agrupadas bajo la denominación de los “Chamanes Jaguares del Yuruparí” y que fueron incluidas por la Unesco en la Lista Representativa de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, en noviembre de 2011.

 

Por Roberto Restrepo Ramírez


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