Jueves, 18 Jul,2019
Región / FEB 07 2016 / hace 3 años

El Cacique Ancízar López

La creación constitucional del departamento del Quindío como nueva unidad territorial del país el viernes 19 de enero de 1966, dio paso a la consolidación de  uno de los emblemáticos cacicazgos políticos que haya tenido Colombia, encarnado en una personalidad cuyas características le permitieron ejercer un control social prolongado y un sostenido dominio sobre las instituciones regionales.

El Cacique Ancízar López

Ancízar López López, primer gobernador del departamento del Quindío.

José Ancízar López López (1926-2005) era un acaudalado agricultor, nacido en Montenegro (25 de mayo de 1926), que inició su vida pública en el liberalismo y luego proyectó su figuración nacional como suplente en la Asamblea Nacional Constituyente (1953-1957) reunida por el dictador Gustavo Rojas Pinilla. Posteriormente sería alcalde de Armenia en 1958. 

Político de innegable habilidad estructuró una poderosa empresa electoral con la cual jugó un papel de extraordinaria eficacia como correa transmisora entre la estatalidad nacional y los requerimientos subnacionales, tanto de naturaleza individual como colectiva.

 

Lealtades y votos cautivos
La relación de intercambio de bienes y servicios por lealtades ritualizadas y votos cautivos, era muy amplia y difusa. En esa intermediación, los beneficiarios eran grupos delimitados por relaciones primarias: juntas de acción comunal, veredales, empresarios, equipos deportivos, etc. 

Su hegemonía política llegó a amenazar la estabilidad departamental en la medida en que su vasto influjo sobre las burocracias y los actores subalternos le confería capacidad para excluir a los sectores que no simpatizaban con su política, cerrándoles el paso a alternativas políticas y excluyendo los grupos sociales que no pertenecían al sistema. 

Desde su papel de actor protagónico de la política, Ancízar lograba que sectores incompatibles al interior de su proyecto político superaran las tensiones habituales entre lo incluido y lo excluido y se identificaran en su sistema simbólico: el Partido y la roja bandera. Así, mantenía coaliciones (en realidad, contubernios) con las dos facciones del conservatismo (laureanismo de Silvio Ceballos y ospinismo de Juan Zuluaga) y la Anapo.

 

El Estado soy yo
Idéntica circunstancia ocurriría en la mezcla indiferenciada entre el papel de las instituciones oficiales y sus roles políticos. La gente no buscaba la solución a sus demandas en los organismos oficiales correspondientes, sino que tenía la garantía personal de que el cacique haría resolver favorablemente su asunto, incluso sin hacer presencia en los despachos públicos. López López parecía decir como Luís XIV: «L’État, c’est moi» (“El Estado soy yo”).

Había hecho carrera, especialmente entre los estratos más pobres el fetichismo patronímico por el cual la gente se debía identificar como “ancizarista”, para acceder a los servicios de la administración pública. En muchas ocasiones los sorteos de subsidios públicos, vivienda y cupos escolares se realizaban en su sede política de la calle 22. Tenía la administración territorial en el puño y la sumisión de los gobernantes locales era moneda corriente. 

La mayoría de los periodistas prefería acogerse a su padrinazgo público antes que controvertir su praxis política o confrontar su dramática subjetividad. Daba grima la inocultable dependencia y, aun, el fanatismo de los comunicadores de entonces por el jefe político. Bien lo dijo el sociólogo francés Edgar Morìn: “Los individuos conocen, piensan y actúan según los paradigmas inscritos culturalmente en ellos”.

Por supuesto, esa práctica no era la única de López López, pero era a la que más provecho le sacaba; ello le permitía atribuirse un papel más importante en los asuntos públicos del que realmente tuvo y que él mismo se encargaba de magnificar para propiciarse ventajas que le redituaran vigencia política y reconocimiento social.

La retícula de su compleja maquinaria estaba integrada por una diversa gama de sectores que habían atomizado sus solidaridades de clase en beneficio de intereses particularistas que sabía atender con enorme habilidad. Su ascendiente social estaba directamente relacionado con las ayudas o favores con que pudiera beneficiar a sus potenciales electores y partidarios en una suerte de “pirámide de lealtades verticales”.

 

El barril de los puercos
Ancízar López López era considerado uno de los arietes del Frente Nacional,  cerrado y excluyente espacio político del bipartidismo desde donde apropió para su ilimitada reproducción política todo un afinado instrumental de técnicas de movilización electoral.

Era aliado muy cercano del presidente Julio César Turbay Ayala, padrino entonces de los caciques regionales más diestros en el manejo de “El barril de los puercos” o auxilios parlamentarios.   

Turbay fomentó el desdibujamiento del Estado, lo convirtió en una confederación de caudillos, en una ´maquinaria de intermediación´ aceitada con los dineros públicos. Los mecanismos de intermediación surgieron de manera espontánea y se reprodujeron al margen del orden jurídico. (“El clientelismo en Colombia”, Francisco Leal B, et all, 1986). 

Pero Ancízar no era sólo un intermediario o bróker de servicios entre el Estado y “los de abajo”. Una rara  habilidad para estructurar  proyectos acortando trechos lo llevó a la presidencia de la comisión IV del Congreso de la República -que controló por muchos años-, 

quizás la célula legislativa más poderosa en la que se discute y aprueba el presupuesto general de la nación. Desde allí arbitró formalidades nada convencionales para poner al alcance de sus colegas una manera mucho más “personalizada” de entregar recursos del Estado a sus regiones o, en otras palabras, organizar la captura del Estado vía presupuestal.  

Era el prototipo de intermediario que operaba en lo público más con el interés de halagar y conquistar, para su causa, personas y sectores sin capacidad crítica, que con el propósito de propiciar la construcción ética de la sociedad y del Estado. Trataba de constreñir antes que convencer. 

Hombre de mediana cultura y restringida ilustración Ancízar no abordaba asuntos complejos del conocimiento ni mucho menos temas universales o científicos. Cuando el poder  es un fin en sí mismo  la política sólo puede interesar a quien la utiliza como medio y no como fin del Estado.

 

Cúmulo de complicidades
En la distribución interesada de su capital polìtico, acumulaba complicidades y votos congresionales para sus aspiraciones siguientes como la presidencia del Senado.

En palabras del Senador Enrique Pardo Parra “Ancízar se lleva la mejor parte, siempre se las ingenia para hacerse al mayor monto de recursos presupuestales para su región”, los cuales canalizaba hacia las organizaciones privadas que él tutelaba o a sus fundaciones como la “Francisco de Paula Santander” (Ver pliegos de auxilios en los respectivos presupuestos) que le sirvió para financiar elecciones y adquirir propiedades como aquella enorme construcción del centro de Armenia que en el curso de sucesivas transacciones quedó reducida a un edificio esquinero en la carrera 17 con calle 22 de la capital.

 

Fútbol y burocracia
El futbol era uno de sus pivotes electorales. Ese fue uno de los “patrimonios” sobre el que construyó su base política en la región. Un documento clasificado en el archivo General de la nación y dirigido por López López a la cancillería colombiana, solicitaba la licencia de trabajo respectiva para siete (7) personas de nacionalidad argentina. Ancízar López y sus compadres caficultores habían invitado a los gauchos a jugar en Armenia y en un hecho insólito compraron el pase de todos los deportistas del Wanders para integrarlos a la escuadra cafetera. 

Con el dominio de sus redes regionales y el constante juego de influencias y conexiones nacionales, López López había configurado una trama de interdependencias que le aseguraba la conservación y la expansión de su poder.  Así consolidó la jefatura del oficialismo liberal  y esa condición le permitió usufructuar el imperio burocrático que lo haría durante muchos años imbatible en términos electorales. Sin la voluntad del Cacique Ancízar -que era como a él le gustaba hacerse llamar-, no se movía una sola hoja del árbol público de la región. 


 
En la radio
Más tarde se haría al control de la emisora local Radio Ciudad Milagro (RCM: cuyo lema irónicamente ha sido el de Una antorcha libertaria que flamea victoriosa contra la opresión y el despotismo), una sociedad que presidia el comerciante Alejandro Ríos Mediorreal, ciudadano que en su dócil subordinación al “cacique”, facilitó progresivas transacciones que centralizaron el poder de decisión colectivo en los comerciantes de panadería Efraín, Jaír y Álvaro Castro. Desde esta tribuna mediática -financiada por la frondosa pauta publicitaria oficial- el inefable dirigente desarrollaba sus campañas políticas y arrasaba con las honras de sus adversarios. 

 

La Cooperativa de Caficultores
Asimismo, en su sed de dominio socioeconómico Ancízar asumió la estructura administrativa de la Cooperativa de Caficultores del Quindío (creada por el escritor y patriarca del agro Euclides Jaramillo Arango y el periodista Alfredo Rosales en 1960), en un intento de monopolizar el comercio cafetero cuyo mayor tráfico lo gestionaba el Comité departamental del ramo, entidad a la que no le fue posible acceder mediante elecciones, paradójicamente siendo él un gran elector político. Desde la cooperativa realizó pingues negocios en el sector hasta llegar a ser uno de los diez mayores productores del Quindío. 

 

¿Creador del departamento?
El lado fuerte de este porfiado recolector de votos (y de granos de café) se centraba en su habilidad para tejer los hilos de las redes políticas y las palancas de la poderosa maquinaria política nacional, merced a lo cual fue el primer gobernador del departamento (1966-1969).

Tanto la historia de este proceso registrada en los anales del Congreso de la República, como las crónicas recogidas en libros indican que Ancízar no tuvo una participación intelectual destacada en los debates de la Ley de creación del departamento del Quindío, sino que siempre fue el primero en apropiarse y usufructuarlos avances favorables desplazando a  los principales intervinientes de su justa figuración. 

Sin embargo, esta afirmación (la de haber sido “el creador” del departamento) como tantas otras de su cosecha promocional, pasó a engrosar el patrimonio de creencias colectivas de aquellas que cuando campean en el imaginario popular imponen a todos y a cada uno la fuerza normalizadora de los dogmas sagrados, sobre los cuales no se acepta discusión alguna, por falsos que sean.

No puede negarse que en aspectos de mecánica legislativa, Ancízar, a la sazón presidente de la Comisión IV de presupuesto, utilizó la iniciativa distributiva para asegurarle votos favorables al proyecto.

Pero a quienes en verdad puede calificarse como sus artífices y de su logro como ley de la República, es a los parlamentarios Silvio Ceballos Restrepo (ponente), Iván López Botero (brillante y culto orador parlamentario, en un principio adversario sustancial del proyecto de seseciòn), Horacio Ramírez Castrillón, prestigioso constitucionalista, y a los parlamentarios Bernardo Gutiérrez H. y Rodrigo Gómez Jaramillo quienes recogieron los razonamientos de un grupo de quindianistas integrado por Humberto Cuartas Giraldo, Horacio Gómez Aristizábal, Bedmar Vásquez y Alberto Bermúdez, pioneros en el proceso autonomista.

 

Primer gobernador

 

Ancízar López, nombrado como primer gobernador del departamento, por el presidente conservador Guillermo León Valencia -segundo del Frente Nacional-, tuvo un cualificado desempeño y en ese ejercicio mostró destreza administrativa.  

El acierto inicial de esa administración hizo que el nombrado primer gobernador del departamento del Cesar, Alfonso López Michelsen (21-12-67), le solicitara “en préstamo” varios de sus colaboradores para adelantar la tarea de estructuración de la nueva entidad territorial vallenata. Sin embargo, Ancízar López no gobernaba para las próximas generaciones sino que estaba seriamente comprometido con las próximas elecciones. Una vez más la versión primaria y pragmática del zoon politikon le sacaba ventaja al buen administrador.

 

Por: Alpher Rojas C


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