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En profundidad / NOV 07 2017 / Hace 1 Año

El “club de los suicidas” de Armenia y su publicación en el registro histórico

El club de los suicidas es el nombre tortuoso asignado a esa época aciaga para tantas familias que sufrieron en silencio sus rigores.

El “club de los suicidas” de Armenia y su publicación en el registro histórico


El mes de octubre de 2017 culminó con cifras crecientes y preocupantes sobre el suicidio en el Quindío. Fueron varios días continuos con la publicación de una racha absurda, en la que se autoeliminaron adultos, jóvenes y niños. Incluso la cifra de 49 con la que se registró el último día del mes de los infantes, ya es igual a la del total de 12 meses del año anterior.

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La prensa hablada y escrita, por supuesto, mostró sus alertas y hasta se publicaron opiniones de los foros en las que se reflejan el reproche por la publicación directa de los medios. Nuevamente se habló sobre la incidencia que ello puede tener en la ocurrencia de nuevos hechos. En un país donde se despliegan noticias falsas y donde se tergiversa el sentido de la noticia –o donde se impone dañinamente el chisme o la conseja que puede ser más lesivo– llama la atención la observación hecha al periódico o a la emisora que cumplen con el único deber que tienen, el de informar.

Han sido varios los momentos históricos, desde el siglo XX, en los que el Quindío se destacó por la ola de suicidios. El primero, en la década de los treinta, se conoció como “el club de los suicidas”. Después vendrían los lapsos de recesión económica como fue la década de los ochenta (después de la bonanza cafetera), el año del terremoto del Eje Cafetero y la época que estamos viviendo en la segunda década del siglo XXI. Todos esos acontecimientos históricos, sociales, económicos o del desastre, pudieron incidir en el aumento considerable de las cifras de suicidios. No obstante cada uno de ellos tiene su marcación interesante y diferencial.

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Una época trágica

El club de los suicidas es el nombre tortuoso asignado a esa época aciaga para tantas familias que sufrieron en silencio sus rigores. Si bien su conocimiento fue limitado o censurado por respeto a esos personajes que morían -y también para los que debieron seguir viviendo con sus culpas- también es cierto que su despliegue publicitario fue directo y crudo.

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La más explícita referencia se encuentra en la carátula de un libro que contiene una reseña de los episodios. Fue escrito por un sacerdote, el padre Ramón María Felip Rosell, quien no escatimó ningún pudor en mostrar la figura colgante del ahorcado Judas, cuyas monedas caen del bolso de su acción infame y a quien le esperan las llamas rojizas del infierno.
 


Si fue lacerante esa portada del libro publicado por Editorial Zapata de Manizales en 1938, más lastimoso puede ser su juicio escrito en alusión al club de los suicidas. En la página 133 de dicha obra se refiere al secreto que pactaron los medios, en complacencia con los familiares, de no divulgar las noticias. Sin embargo hace la siguiente reflexión:
 

“Entonces comprendí la dura verdad, la sorda tragedia que corre como un vendaval, tronchando vidas en flor. Callar la noticia con ribetes de escándalo es generoso y cristiano. Pero ignorar el problema es sencillamente criminal. El gobierno, la autoridad, el poder religioso, la sociedad en sus diferentes institutos, deben saberlo y afrontarlo. Es preciso hacer algo”.


La verdad amarga del club de los suicidas de los años 30 en Armenia fue de todas maneras divulgada, sin importar que pesara aquello en la conciencia familiar y cayera el peso del temor eclesial ya que sus restos debían ser enterrados en el lugar más renegado del cementerio católico, olvidados y despreciados por todos, llamado el muladar.

El padre Rosell anota cómo el alimento de aquel ritual de suicidios recurrentes se estimuló a partir del reparto de hojas volanderas que llegaban a las mesas de café y de billares de la populosa Armenia y que, incluso, alcanzaron a ser leídas por niños y niñas que “fueron creciendo en un ambiente intoxicado por esas propagandas suicidas.”

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Pero la más detallada referencia del club de los suicidas de Armenia fue publicada por Germán Gómez Ospina en el semanario La Opinión, desde el mes de marzo de 1998.

En sus crónicas quedó clara la incidencia del despecho amoroso en el suicidio de muchos jóvenes de clases acomodadas de la ciudad. Fueron no menos de 15 muertes, en las que mediaron los amoríos fallidos con hermosas damiselas de la época, al oído de canciones de arrabal, y cuyos nombres quedaron a nivel de motes de malicia erótica: “La Zarca, La Japonesa, La Pisahuevos, La Escape, La Mona Luz, La Negra Inés, La Tuerta Simona, La Mediobeso, la Turca o La Coja Luisa”, entre muchas.

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La insensibilidad se tomó la ciudad

Precedieron a esas continuas muertes las de algunos veteranos bohemios, cuyos detalles en la consumación suicida no son ocultados en lo más mínimo. Aunque también es triste conocer las formas empleadas para terminar sus existencias: “Los socios del club de suicidas de Armenia, para lograr el pasaporte al otro mundo, apelaban a varios medios: el revólver, el cianuro, fósforo blanco, vidrio molido. Alguien utilizó una espada clavada en un barranco, el puñal clavado en el corazón, cortar las venas y hasta un taco de dinamita (“La Opinión”, semana del 8 al 14 de mayo de 1998, página 8).

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Crudas líneas que no ocultaron tan despiadada sucesión de eventos nefastos, y que también fue relatada por Saúl Parra Robledo en su libro “Armenia en sus primeros años” (2006): “El monstruo o demonio que lavaba las mentes, los llevaba a autoeliminarse por el sistema de envenenamiento. En todo caso fue una coincidencia que se eliminaran en la misma forma. De la cantina pasaron a suicidarse en distintas partes y la insensibilidad llegó a tal extremo, que estando tomándome un tinto en un café situado en la calle 20 con carrera 18, Salón Rojo, se oyó un grito en la parte donde estaban los billares. Y al asomarme, me di cuenta que un hombre se arrimó al lavamanos, sacó agua y veneno y alcanzó a caminar seis pasos. Cayó al pie de los billares y alguien gritó: “Me toca la jugada, nadie mueva las bolas mientras hacen el levantamiento”. Eso demuestra a qué extremo llegaba la insensibilidad y lo poco que importaban esas muertes. Dicen que en la cantina de la Tuerta Luisa gritó un hombre: “Luisa, me voy a matar”, ella dizque se le abalanzó, lo cogió del pelo y le dijo: “primero págame la cuenta, porque estoy arruinada”. Asistí al entierro de un suicida amigo mío, cuando lo iban a enterrar pusieron el ataúd en el suelo y un hermano del muerto le pegó una patada al féretro y le gritó: “lo hiciste por hacer sufrir a mi mamá”.

Todas las épocas están signadas por los acontecimientos de muerte. Y también por el registro -más benévolo que el ya referido- de esos suicidios que lastiman. Pero vuelve al ambiente atemperado la pregunta general: ¿Qué hacer ante tanto desastre? El Quindío no puede estar al margen de esa problemática. Deben encontrarse y construirse estrategias de humanidad que prevengan esa lacra social que nos carcome. El sociólogo Emilio Durkhein, en el siglo XIX, propuso que “el sentido del acto suicida puede buscarse en el sujeto que se ha suicidado o intentado suicidarse, pero que en determinados suicidios el sentido del acto debe buscarse en el grupo y en la cultura a la que pertenece el suicida”. Urge, entonces, la acción de la academia, de la interdisciplinariedad y del Estado para encontrar ese camino, que es el de la Vida.
 

Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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