El evento taurino programado para este domingo en Calarcá que anuncia la presencia de los tres jóvenes toreros colombianos de alternativa José Arcila, José Fernando Alzate y Moreno Muñoz, para lidiar seis ejemplares de la ganadería que pasta en el municipio de Pijao y que se anuncia con el hierro de San Antonio de los Lagos, ha despertado como casi todos las corridas en Colombia, en los últimos años, polémicas sobre la pertinencia o no de estos espectáculos, atizadas fundamentalmente por la desinformación de los llamados anti-taurinos.
El debate sobre las corridas de toros ha ocupado el tiempo de los honorables miembros de la Corte Constitucional, de algunos alcaldes, gobernadores y congresistas, pero ha partido de versiones infundadas como por ejemplo la de la crueldad del espectáculo. Una de las definiciones de la palabra crueldad reza: obtención de placer en el sufrimiento y dolor de otros, posiblemente asociada a un trastorno sicológico.
Bastaría con ir a una corrida de toros para darse cuenta que los taurinos (toreros, ganaderos, empresarios, comunicadores y aficionados) no son crueles ni disfrutan con el sufrimiento ni con el dolor.
Sucede precisamente lo contrario. La suerte de varas es la más protestada por los asistentes, casi que desde que el picador aparece en escena es pitado. Los mismos toreros hacen claras indicaciones para que la puya sea moderada, dure poco y no moleste las condiciones del burel. La muerte del toro es el momento de mayor tensión en la plaza, no hay oles, no hay palmas, ni música.
El silencio es sepulcral. Cuando el torero falla con la espada recibe el reproche unánime de los aficionados. Por el contrario, cuando el toro es indultado por su bravura, es decir se devuelve vivo a los corrales para ser llevado nuevamente a la finca, los abrazos no se hacen esperar, los pañuelos blancos ondean, los toreros y empresarios se solazan, los ganaderos lloran. Los momentos más alegres de una corrida, aquellos en los que el ole retumba en la plaza, ocurren cuando se torea con la capa o la muleta y cuando se indulta un toro. Las estadísticas más importantes para un ganadero o un torero no son las que contabilizan el número de toros muertos y si el de los indultados.
Otro de los mitos tiene que ver con el dolor en el toro bravo. Hoy, los hallazgos del científico Juan Carlos Illera del Portal, después de más de 18 años de estudio y haber tomado muestras en casi 4.800 toros, confirman lo que ya se intuía: el toro bravo no experimenta el dolor de la forma ni en el grado que la mayoría de las personas cree, entre otras cosas porque es un animal endocrinológicamente diferente.
El toro es capaz, en apenas 3.8 segundos, de bloquear el 90 por ciento de los receptáculos del dolor, debido a la incidencia de la proopiomelacortina que actúa sobre la hipófisis para liberar las beta encefalinas y las beta endorfinas (hormonas del placer que tienen la función de elevar el umbral del dolor y con ello aminorar el impacto negativo de un estímulo doloroso, y que el toro libera ochenta veces más en cantidad que el perro y cuarenta veces más que la mujer, que tiene un umbral del dolor más alto que el hombre).
El transporte de la dehesa a la plaza es, según el doctor Illera, el momento de mayor estrés en el toro bravo, seguido de la primera parte de la lidia. Explicable el fenómeno si se entiende que el animal, después de cuatro años de una vida sosegada, es llevado a un lugar en el que nada le resulta conocido.
El estrés es alto porque ningún olor ni lugar al que ha salido le resulta familiar, por eso recorre el ruedo para apropiarse del terreno, confirmar que no se ha introducido en espacio de otro macho dominante y preparase para la lucha contra todo lo que se mueva y constituya una amenaza. Pasados algunos minutos el toro disminuye considerablemente sus niveles de estrés pues ya se ha hecho dueño de su nuevo espacio. Al finalizar la lida el estrés ha desaparecido.
El futuro de la fiesta brava está en juego, como también lo está el del toro bravo. Si desaparecen las corridas de toros se extinguirá uno de los más bellos y sorprendentes animales, tal vez se pueda apreciar uno que otro ejemplar en algún zoológico, pero nunca más se le verá caminar libremente por el campo, regulando el paisaje y embelleciéndolo con su estampa.
Por: Ernesto Acero Martínez / Afiliado a Astauros