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El antisemita de Donmatías

La conmemoración de los 70 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz revive la página más negra del antisemitismo en Colombia, escrita por el ministro de Relaciones Exteriores, el profesor Luis López de Mesa, llamado en su tiempo el sabio de Donmatías, por el municipio antioqueño donde nació en 1884.

El antisemita de Donmatías

Luis López de Mesa, médico, siquiatra y sicólogo.

Por lo menos tres personas perecieron en Auschwitz que se habrían podido salvar si López de Mesa no hubiera impuesto un veto inmisericorde contra los judíos.

Huyendo del nazismo, el joven austríaco Hans Ungar llegó a Bogotá el 7 de agosto de 1938, día en que se posesionó el presidente Eduardo Santos. Trató de conseguir visas para sus padres y su hermano, que se habían quedado en Viena. En 1984 dijo en una entrevista: “Mis padres murieron en campos de concentración alemanes porque no pude conseguirles una visa colombiana. Me ofrecieron visas en venta pero costaban el equivalente de medio millón de pesos de hoy y yo no pude conseguirlos.” Durante medio siglo Hans Ungar fue el propietario de la Librería Central en Bogotá.
 
Un gobierno que limita visado a los judíos

López de Mesa, médico de profesión y también siquiatra y sicólogo, fue ministro de Relaciones Exteriores durante los cuatro años del gobierno de Santos. En septiembre de 1938 el gobierno dictó el decreto 1723, dirigido a dificultar las visas para los judíos a los cuales Hitler los privó de su nacionalidad: “Los funcionarios consulares de la República no podrán sin autorización especial y concreta en cada caso del ministerio de Relaciones Exteriores, visar pasaportes de individuos que hayan perdido su nacionalidad de origen, o que no la tengan”.

El decreto surtió efecto. Dos meses después el consulado en Berlín solamente expidió 6 visas. En los cuatro meses anteriores a la medida, los consulados colombianos en Alemania y otros diez países europeos, emitieron 1.190 visas. En noviembre de 1938 el embajador colombiano en Berlín, Jaime Jaramillo Arango, pidió instrucciones a la Cancillería sobre las solicitudes de asilo que presentaban los judíos en Alemania. López de Mesa respondió: “Rogamos reflexionar cuidadosamente sobre los problemas que ello plantea pues podría tener como consecuencia inesperada el que se nos endose asilados obligándonos a traerlos a Bogotá o a ampararlos indefinidamente”. 
 

Alabanza de los alemanes

López de Mesa llevaba cinco meses en el cargo cuando en enero de 1939 remitió una circular a los cónsules colombianos en Berlín, Hamburgo y Varsovia solicitándoles que “opongan todas las trabas humanamente posibles a la visación de nuevos pasaportes a elementos judíos”. Un mes después ratificó su pensamiento ordenando a los cónsules “impedir, hasta donde sea humanamente posible, que entren a Colombia judíos rumanos, polacos, checos, búlgaros, rusos, italianos”. Esa expresión -humanamente posible- recuerda el cinismo de los alemanes cuando advertían a los judíos que llegaban a los campos de exterminio que pasarían a una sala de baño, cuando en realidad ingresaban a las cámaras de gas para morir asfixiados víctimas del gas Zyklon B, un pesticida que impide la respiración de las células del organismo.

El antisemitismo cerril y cerrero de López de Mesa no estaba reservado a las circulares secretas de la Cancillería. Lo expuso también en la Memoria de Relaciones Exteriores de 1940, donde escribió que los judíos tienen una “orientación parasitaria de la vida”. En uno de sus libros, López de Mesa afirmó que los judíos se dedican a la “asimilación de riqueza por el cambio y la usura, por el trueque y el truco” y en cambio alabó a los alemanes como “disciplinados, laboriosos, patriotas y, algo muy importante para nuestro cruzamiento, fuertes. A través de las generaciones persiste el temperamento ordenado y organizador de su cepa madre”.
 

Las vidas que se pudieron salvar

Lina María Leal, historiadora de la Universidad Nacional, entrevistó en el 2006 a Samuel Gutman, un judío polaco que sobrevivió al Holocausto y después de la guerra se radicó en Colombia. Su padre logró llegar a Bogotá en enero de 1939 pero aquí no pudo conseguir visas para su esposa Hena, su hijo Joseph y sus hijas Cesia y Lola, que murieron en el campo de exterminio de Treblinka. Según Samuel Gutman: “El famoso Ministro de Relaciones Exteriores Luis López de Mesa dio la orden de que no permitieran entregar visas a ciertos judíos. Así que nosotros tuvimos que quedarnos en Polonia. Mi papá tuvo la mala suerte de que no pudo regresar a Europa ni traer a su familia.” Para Lina María Leal, López de Mesa se oponía al arribo de judíos al país pues recelaba de “que el ‘judío’ llegara a mezclarse con el ‘colombiano’ por la consiguiente reproducción de características negativas en la población colombiana.” Seis mil judíos vivían en Colombia en 1940, de un total de 35.000 extranjeros censados, en un país de casi 9 millones de habitantes.
 

Santos sin política de asilo

López de Mesa decía ser descendiente del Cid Campeador, Rodrigo Ruy Díaz de Vivar, pero ocultaba que también era descendiente del Inca Huayna Cápac, según una publicación del Centro de Historia de Sonsón. Colombia, que se preció siempre de defender el derecho de asilo, como en el caso de Víctor Raúl Haya de la Torre, fue durante el nazismo tierra cerrada para los refugiados y perseguidos. Y no solamente por decisión del ministro López de Mesa. La responsabilidad histórica recae también sobre el presidente Santos, paladín de la libertad y de los derechos humanos.

Eduardo Santos, cuando se construyó la sede de El Tiempo en la avenida Jiménez con carrera séptima, mandó grabar en piedra en la pared del salón de entrada del edificio el texto completo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Pero en su gobierno no existió una política humanitaria de asilo para los judíos y para las “masas errabundas y cruelmente descalificadas de la especie”, como las llamó López de Mesa, que fue uno de los que las descalificó. Esta realidad es particularmente hiriente si se compara con el emotivo mensaje que Eduardo Santos envió a las cámaras legislativas el 4 de septiembre de 1939, tres días después de la invasión alemana a Polonia.

En ese discurso Santos pidió a Colombia que “esta noche dedique todos sus recuerdos a esa infinidad de lugares en Europa que esperan entre el máximo terror y la máxima angustia la más cruel de las tragedias.” También pidió a los colombianos que pensaran: “En el trágico horror que para la humanidad representa el que se vean en peligro las más bellas conquistas humanas y en el silencio de su conciencia hagan un voto de luchar con perseverante energía porque si en otros lugares se apagan los focos de la cultura, mantengamos en nuestra tierra focos que pueden ser hoy pequeños pero que irán creciendo y que esa antorcha del saber y del bien, que esa antorcha del arte, esa antorcha de todas las cosas mejores que tiene la humanidad, si cae en Europa a los golpes de la barbarie, podamos recogerlas nosotros con manos emocionadas pero resueltas”. En ese momento ya era tarde para ofrecer asilo a las víctimas de la barbarie.

Por lo menos tres personas perecieron en el Konzentrationslager Auschwitz por las medidas contra los judíos del gobierno de Eduardo Santos. Otros murieron en otros campos alemanes. Hay que recordarlo pues “La historia es juez implacable que dará a cada uno lo que es debido y por encima del vocerío de las horas que pasan, la justicia inmanente dictará su fallo sobre los actos de ayer”. Son palabras del propio Santos en el mensaje de 1939 a las cámaras legislativas.

 

Por Alberto Donadio


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