Lunes, 22 Abr,2019
En profundidad / ENE 27 2019 / hace 2 meses

Entre desastres naturales y cataclismos políticos

La sociedad quindiana reclama nuevos hechos, hechos transformadores. Si el Estado, la institucionalidad y la “clase política” están en crisis y sus hechos y discursos no son creíbles, la sociedad civil está llamada a provocar nuevos hechos: hechos políticos alternativos, hechos cívicos, culturales, hechos éticos.

Entre desastres naturales y cataclismos políticos

Veinte años se cumplen del día trágico cuando se agrietó el cielo, la tierra, el alma, el micro-cosmos quindiano. ¿Cómo olvidar la catástrofe que partió en dos nuestra historia reciente? Y aunque cada quien interpreta a su manera el terremoto en su conciencia, lo guarda a su modo en la memoria, lo siente diferente en sus entrañas y lo asume distinto en la intimidad de su vida, la catástrofe develó una gran verdad: somos una sociedad vulnerable en la institucionalidad y en los liderazgos; con identidad imprecisa, pues no acabamos de entender quiénes somos, hacia dónde vamos ni qué queremos, y, por si fuera poco, signados con el estigma macondiano de incubar cataclismos políticos.

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“Ese lunes fue un día raro. En la mañana los pájaros no arrimaron al balcón a comer el alpiste que siempre les dejábamos ni tan poco los oímos cantar; durante toda la mañana sentí un gran vacío en el espíritu y una sensación de desorden. Hasta mis pensamientos parecieron confundidos”. “Cuando me despedí de mi esposa y de mi bebé las estreché con fuerza, quizás más de lo normal, pues tuve la sensación de que no las volvería a ver. Soy agente viajero, llamé cada hora durante toda la mañana. Al momento del sismo no hubo comunicación. Solo hasta el día siguiente pude saber que estaban vivas. Le pedí a mi esposa que no viajara a Armenia, ese lunes. “Mi amiga está operada, debo visitarla”, me respondió, y sin saber por qué le insistí. Como a las seis de la tarde la amiga llamó para avisarme de su muerte”. “La noche anterior tuve la sensación de oír explosiones lejanas, unas veces parecía que vinieran del espacio, otras veces de lo profundo de mi conciencia, sentí miedo. Algo horrible va a pasar, pensé. Les conté a los compañeros de trabajo y se rieron de mis presentimientos. “Estás loco”, me dijeron”. “En la finca, las gallinas no querían salir del gallinero, hubo que sacarlas; el ganado se comportaba raro, algo les pasaba, unos daban vueltas y vueltas como si estuvieran nerviosos, otros se quedaban quietos con la cabeza levantada como interrogando al cielo”. “Ningún pariente, ningún amigo murió en el terremoto. Pero lloré al ver la ciudad, destruida, impotente. Pendiente nada más que de las réplicas”

Las versiones de cada quien dependen de la imaginación, del grado de dolor, de cuántos seres queridos murieron, de cuántos amigos, de la entrega de los socorristas, del tiempo que esperaron los heridos bajo las ruinas de Brasilia, del edificio El Prado, del Izcay; de cuántos bienes perdieron los comerciantes, de cuánto dejaron de ganar por los negocios destruidos; de las ganancias obtenidas por quienes lograron inesperados réditos. 

Más allá del dolor, de la destrucción y de las muertes, el terremoto del 99 produjo algunos hechos “positivos” —conocidos en Armenia, en el lenguaje popular, como las bondades de “San Terremoto”—, entre ellas, además de las cuantiosas inversiones económicas de la reconstrucción, hacernos conscientes de nuestros males y debilidades. La dolorosa herida que costó 1.186 vidas, descubrió muchas de las patologías que desde años atrás venían perturbando el desarrollo de nuestra sociedad. A juicio del Estudio de Desastres del Banco Mundial, “…Esas mismas patologías constituyen los factores de vulnerabilidad que se confabulan con el fenómeno desencadenante para producir el desastre. Lo que este hace es sacar a la luz pública situaciones que se venían gestando, acumulando y fermentando, a veces en silencio, a veces a gritos, en esas comunidades”.
 

Cataclismos políticos

Después de la tragedia del 25 de enero, el azote del Quindío han sido los cataclismos políticos. Desastres de alta intensidad que, a diferencia de las tragedias naturales, no destruyen fuerzas productivas —edificios, fábricas, máquinas, torres de energía, acueductos, puentes o vías—, ni vidas, directamente. En cambio destruyen el tejido social, el capital social, el capital institucional, el capital natural, la credibilidad, la moral, el futuro, la esperanza, el desarrollo

Mejor dicho, de manera distinta a los movimientos telúricos, los cataclismos potenciados por males sociales como el patrimonialismo, el clientelismo, el electorerismo y la corrupción —nuestras patologías endémicas— pueden colapsar estructuralmente una sociedad. No la destruyen en segundos —como las ondas sísmicas— pero la dejan maltrecha por años, por décadas, sobreviviendo únicamente, bajo crisis sui géneris, interminables, de las que difícilmente se levantan.

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En los escasos años transcurridos del presente siglo, el Quindío puede ser el departamento con mayores escándalos cometidos por sus gobernadores, diputados, alcaldes y concejales de Armenia, —no todos, por supuesto—; unos destituidos e inhabilitados, otros encarcelados o encausados por delitos graves, que si bien la sociedad no acepta, guarda sobre el caso un censurable silencio entre inexplicable y encubridor. 

En su obra Estado de Crisis, Bauman el filósofo polaco y Bordoni el sociólogo italiano, definen la crisis como la pérdida de una parte considerable del poder del Estado; pérdida que aceleran el mercado, las multinacionales, los grupos emergentes, a consecuencia de lo cual el órgano supremo se imposibilita para el mantenimiento del monopolio de la fuerza, para la producción de bienes públicos y para el mantenimiento del interés público como valor supremo. “Esta crisis —dicen los científicos sociales— constituye la característica clave de la era que habitamos, en la que experimentamos la ausencia de estabilidad económica y existencial; del mismo modo en que vivimos en una sociedad insegura, donde prevalece la incertidumbre, vivimos también en perpetuo estado de crisis, dominado por reiterados intentos de ajuste y el cuestionamiento de estos”.

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Amplios y numerosos sectores sociales comprenden y sufren la crisis. Pero, acaso lo correcto es que, ¿en tanto ciudadanos conscientes del fenómenos la idea es hacerse al poder para utilizarlo en beneficio propio, desconociendo el principio del bien común? ¿No suena esto a la lógica perversa y egoísta del funcionario que maquiavélicamente planifica el delito, se hace elegir en la urnas, infringe la Constitución, repudia la solidaridad y la cooperación grupal, y aprovecha su investidura para enriquecerse con los recursos públicos, precisamente porque el Estado se haya en crisis? 

Tal como ocurre hoy en la vilipendiada Armenia, aturdida ante el desastre de sus cuatro últimos alcaldes —enero 2004-abril 2018— y el anunciado juicio a la exgobernadora, a quien debería llamar la Corte —más que a rendir cuentas por su cuestionada gestión— a responder por los malabares para vaciar del poder la idea del interés general, calamidad que propina otro devastador impacto a la institucionalidad.
 

¿Qué hacer?

El cataclismo político en contraste con las tragedias naturales no produce circunstancias ni realidades positivas. Empeora la situación social, agrava y predispone al colapso total. Entonces, ¿qué hacer, es la pregunta clave? Desde el punto de vista ético-legal y político de nada vale reconocer la crisis si no se enfrenta con la intención de exorcizar los demonios. Dejar el asunto en la simple “identificación” no resuelve nada. La medicina diagnostica la enfermedad y ataca los virus para salvar la vida del paciente. Pero lejos estamos de habituar esta conducta. En la cotidianidad quindiana lo más cómodo es aceptar la realidad, —Sí…si… estamos en crisis—, cruzarnos de brazos, y esperar que el cielo resuelva el problema. Nada de posiciones, nada de compromisos. 

Acudir a la teoría es parte del camino para buscar respuestas y esclarecer cómo está transcurriendo la crisis de Estado en el Quindío. Poco por no decir que nada se ha reflexionado o investigado sobre tan compleja realidad. Entonces, ¿si no conocemos el mal cómo curarlo? Es lo primero por hacer. El siguiente paso consistirá en identificar y caracterizar las patologías en busca de respuestas y de acciones: a manera de preguntas orientadoras: ¿Si la sociedad civil está organizada, por qué no se pronuncia? ¿A qué obedece su apatía? ¿Quiénes son los actores que hacen la política, quién los apoya, quién los financia, cómo llegan al poder, cómo gobiernan, qué intereses los mueven, cómo manejan los recursos públicos? ¿Insistirá la sociedad en elegir y reelegir candidatos de dudosa honestidad? ¿Qué rol desempeñan las instituciones, cuál es su nivel de credibilidad, orientan o no a la sociedad, son críticas o se confabulan con el poder? ¿Qué políticas existen para superar la crisis? ¿A dónde irá a parar esta sociedad si continúa por el mismo camino? ¿Conforme a la teoría de Bauman, dejó el futuro de significar esperanza para los quindianos?

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La sociedad quindiana reclama nuevos hechos, hechos transformadores. Si el Estado, la institucionalidad y la “clase política” están en crisis, y sus hechos y discursos no son creíbles la sociedad civil está llamada a provocar nuevos hechos: hechos políticos alternativos, hechos cívicos, culturales, hechos éticos, hechos de futuro. Hechos surgidos de la sociedad organizada y deliberante que transformen la cultura política, las costumbres, la conciencia colectiva. Hechos que despejen el camino al porvenir, que la exorcicen de sus demonios y complicidades, para que la liberen del sino fatal de encluecar más cataclismos políticos. 

En esencia, frente a la ocurrencia de nuevos terremotos los quindianos tienen poco por hacer, acaso, prevenirse, nada más; pero en contraste —ante los cataclismos políticos— tienen en sus manos el poder suficiente para evitar que continúen destruyendo la sociedad y el futuro. ¿No es de seres cívicos e inteligentes actuar ante la inminencia del desastre? 
 

Eddie Polanía R.
[email protected]
Especial para la CRÓNICA


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