Sabado, 22 Sep,2018

En profundidad / SEP 02 2018 / Hace 19 Dias

Filandia y las historias fabulosas en sus 140 años de vida municipal

Mucha parte de la gran historia de la ‘Colina Iluminada’ se ha perdido por el descuido, desinterés y falta de conocimiento.

Filandia y las historias fabulosas en sus 140 años de vida municipal

Ciento cuarenta años de historia de la ‘Colina Iluminada del Quindío’ son también el motivo para recordar algunas historias agradables y fabulosas de este pueblo quindiano, que nació a la vida un 20 de agosto.

En 1878 —cuenta el registro histórico— más de 100 colonos asentados en el extenso territorio que hoy corresponde al norte del Quindío y sur de Risaralda, firmaron un acta de fundación de la población que llevaría el nombre de Filandia. Durante muchos años se sostuvo la versión de la asignación de ese nombre, endilgando su autoría a uno de ellos, llamado Felipe Meléndez. De ello no existe comprobación histórica, aunque sí se mantuvo la discusión sobre otra denominación para el nuevo caserío, a partir del nombre Finlandia.

Lo cierto es que Finlandia —como el país europeo— sí aparece en las crónicas de fines del siglo XIX y, especialmente, en la sucesión de hechos de la más importante noticia de su última década. Corresponde ello al descubrimiento del Tesoro Quimbaya en 1890, más de 430 objetos de oro e incontables piezas de cerámica, lo que dio vigencia a la historia nacional que hoy todavía tienen presente los colombianos. Otra historia fantástica es la construcción de su templo principal, único en el mundo, pues está levantado en 22 pesados postes de árbol barcino, que los baquianos cargaron desde el bosque de Bremen hasta la plaza principal.

El trabajo artesanal en bejucos, cristalizado especialmente en cestería, ha sido la marca identitaria de este municipio, que es llamado también “Un tejido artesano”.

El más reconocido artífice de los canastos se llamó Manuel Arias, quien ganó un premio nacional a la destreza artesanal en 1982, lo que le mereció ser condecorado por el presidente Belisario Betancur un año después. Aunque lo más agradable de este recuento tiene que ver con su viaje en avión a Bogotá y su alojamiento en el Hotel Tequendama, algo que nunca olvidó don Manuel y que contaba sin cesar a sus amigos y familiares.

Se destaca también lo arquitectónico, representado en un conjunto relativamente conservado de casas de bahareque que han definido sectores turísticos. Entre ellos, el más frecuentado se llama “la calle del tiempo detenido”, por la historia detallada de la filmación de una película titulada “Milagro en Roma”, y que escogió esa calle como su escenario.

Sus paisajes fácilmente observables desde cualquier sitio de su disposición urbana han motivado la construcción de atalayas en algunas esquinas y la erección de su símbolo construido llamado el Mirador Colina Iluminada, construido en madera mangle. Esa torre mirador es hoy la más alta del Quindío y de ella debe destacarse su historia de creación, atribuida a un campesino soñador que comentó varias veces la necesidad de levantarse en el cerro más alto de Filandia el mayor monumento al paisaje.

En un rebosante compendio patrimonial como en el de Filandia no solo con sus canastos, sino también con sus casas centenarias y sus paisajes, sobresalen también sus historias, las de los artífices de tantas realizaciones y objetos simbólicos.

En Filandia se recuerda al Tesoro Quimbaya por las anécdotas de guaquería y, en particular el guaquero “Casafú”. No es gratuito que todos en este pueblo tengan sus apodos, pues se les conoce más así que por sus nombres de bautizo. Dicen que este guaquero que era jugador y bohemio empedernido, regaló, junto con Victoriano Arias, varios objetos de oro del Tesoro —tal vez los más pequeños— para destinarlos a la fundición y elaborar parte de la campana que le daría sonoridad. Después en 1928 cuando Filandia cumplió 50 años, nadie dio cuenta de esa pesa de oro que golpeaba la campana y todo quedó en el anecdotario provincial.

Sólo sobreviven bien dos arrieros en Filandia, don Moisés y don Arnoldo. El primero cuenta sus historias de caminos difíciles de mulas y peripecias en las vías montañera de Aguadas, su tierra de origen. El segundo, lamenta profundamente el olvido al que se ha sumido a esta actividad que le dio gloria al comercio en los años treinta. Igual que se le fue la vida en ruegos al más recordado de todos, don José Valencia, muerto en abril de 2017. Tan ingrato fue su declinar que algunos en Filandia aprovecharon su agonía para saquear la casita donde tenía sus tesoros más preciados: catres, aparejos, carrieles, documentos y objetos de arriería, algunos heredados de su padre, que también había sido arriero. Por fortuna, alguien hizo llegar parte de ello a manos del Museo de Filandia, donde se conservan sus catres y pequeños objetos del carriel, como homenaje al solitario arriero que se atrevió a proponer insistentemente al ministerio de Cultura, sin respuesta alguna, para que se constituyera el Día Nacional de Arriero, el 24 de junio de cada año, en recuerdo a los que en un camino de Antioquia murieron en esa fecha al ser sepultados por un camino que se “deslanchó”. Solo después de su muerte se mereció una placa sencilla en el Mirador de Filandia, la misma que tramitó sin respuesta en vida en homenaje a sus compañeros de jornada.

Como todo en Filandia es exagerado y grande, tal cual es el poema más largo escrito a Bolívar —La Bolivariada— de 660 estrofas, por Jesús Rincón y Serna. En Filandia también vivió Chun, quien fabricó la cometa más grande del mundo en la década de los años 40. Chun era el apodo de su fabricante, llamado Jesús María Ocampo, o sea, un homónimo del fundador de Armenia, además fueron famosos los poemas de apodos, los más largos y graciosos.

En 1988 se realizó a su memoria el primer Festival Internacional de Cometas. Iniciativas como estas son una contribución a la recuperación de la memoria cultural.
 

Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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