La Ciudad / Septiembre 13 de 2017 / Comentarios

Habitantes de calle prefieren vivir en los andenes que volver a sus hogares

Habitantes de calle prefieren vivir en los andenes que volver a sus  hogares

Caminar las frías y oscuras calles de Armenia se ha convertido en una costumbre para Gabriel —nombre cambiado—, un ciudadano que desde los 9 años de edad prefirió abrazar la soledad y lanzarse, sin ninguna restricción, a vivir en la calle.


No hay nada que hoy, a sus 16 años, le aterre más que recordar los abrazos de su madre, pero aunque sus manos mantengan inquietas por sentir las de doña Mariela, su progenitora, dice convencido de sus palabras que no volverá a su hogar.

“Sí, a quien me dio la vida le extraño mucho, pero no puedo volver a mi casa porque me tocó salir corriendo por los vicios de mi mamá. De ella aprendí a fumar, a rebuscarme la vida en las calles y la verdad fue que me quedó gustando”, dice mientras, en medio de su nostalgia, muestra una sonrisa por haber cenado en uno de los restaurantes más lujosos de la capital del Quindío: La Fogata.

Aunque asegura, a viva voz, que anhela dormir cómodamente en una cama, tiene seguro que no desea estar en un hogar.
 

“Lo más duro de estar en la calle es el frío y aguantar hambre, pero pese a todos los problemas prefiero estar durmiendo debajo de un puente que en mi casa. Yo allá no quiero volver. De hecho he tratado muchas veces de rehabilitarme en las fundaciones, pero no me nace. No tengo la intención de cambiar. En la calle soy feliz”.


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Sin ningún reparo dice que sus mejores aliados a la hora de sentir la soledad son la marihuana, el pegante, el popper “y alguna que otra pepa”.

“Eso no me hace un ser mala gente. Yo no le hago daño a nadie consumiendo esas sustancias, pero sí debo decir que le ayudo a las personas y con eso logro vivir”.

En todos los años que ha pasado de esquina en esquina, asegura tener semanas donde no prueba un solo bocado de comida.
 

“La gente es muy solidaria, pero uno a veces es muy necio y prefiere el vicio que la misma comida”, cuenta, mostrándose inquieto con sus confesiones.


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Mientras agacha su mirada, agrega: “Haber comido pollo al limón en el lujoso restaurante me da mucha alegría. Nunca me había sentido tan feliz. Además, mi paladar nunca había probado un plato tan delicioso. Me da tristeza saber que más tarde volveré a las calles a aguantar hambre, pero sé que solo es culpa mía”.

Uno de los sueños más grandes que tiene es prestar servicio militar, pero tiene claro que nada puede lograr si no deja a un lado sus vicios y temores.

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Otras historias

El caso de Gabriel no es el único en Armenia. Carlos Andrés Torres Rivera, de 28 años, dice que ama como a nadie la calle y no quiere volver al seno de su hogar.

Cuando tenía tan solo 11 años de edad decidió arrancar de su ciudad natal, Medellín, para “volar muy alto”.
 

“Yo soy caminante desde hace 17 años. Quería ser libre y me tocó salir corriendo de mi casa por un problema familiar. Pero la verdad es que no extraño nada. La calle es una elegancia, pero a mí me pasa algo muy paradójico y es que no me gusta la gente que vive en la calle. No me generan confianza”.


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La comida se la gana armando bicicletas en alambre y grillos en hojas de plátano.

Nunca me gustó el estudio, pero sí me apasiona hacer artesanías, con lo que he logrado sobrevivir y no me quejo”, dice sentado en una de las mesas del restaurante La Fogata.

Al igual que Gabriel, asegura que dormir en la calle y pasar frío es lo más difícil.
 

“Yo soy drogadicto. He estado durmiendo debajo de cualquier columna que me proteja del frío. Cuando puedo como y si no hay bocado, pues no me afano. Hay otras cosas que me mantienen lleno”.


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Sus sueños hubieran podido hacerse realidad, pero pudo más su gusto por la marihuana.

Yo me iba a ir para el extranjero con mi hermana. Ella vive en España, y hubiera podido hacer lo que quisiera, pero preferí las malas cosas y no puedo lamentarme de eso”.


María Fernanda Ramírez Tejada
LA CRÓNICA

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