Lunes, 22 Jul,2019
General / SEP 16 2012 / hace 6 años

Himno del Quindío narra una historia excluyente

Al pie del árbol más viejo y bello del Quindío, allá en el parque Sucre, en un anochecer de la semana pasada, la legión de mujeres poetas que lideradas por Marta Helena Hoyos visitó la región, le rindió un homenaje a la poeta armenita Carmelina Soto, hasta ahora y sin duda la mayor de nuestras voces líricas.
Himno del Quindío narra una historia excluyente

El oferente del acto fue un archiconocido dirigente cívico de Armenia, uno de esos personajes que a la postre son los indispensables depositarios del anecdotario de cualquier ciudad que se quiera a sí misma.

En algún momento de la conversación posterior y cuando tocamos el tema del poema de Carmelina A mi ciudad, surgió la inevitable comparación de ese texto con las letras de nuestros himnos quindianos. Dentro del balance del himnario quindiano, que reporta saldos negativos en general, un hecho es destacable por lo polémico: El himno del Quindío. Por boca de nuestro locuaz amigo supe entonces que Carmelina Soto fue jurado del concurso que eligió el actual himno del departamento y, lo mejor del cuento: se opuso con firmeza a que se le diera el premio a la letra de Jorge Robledo Ortiz, que fuera musicalizada por Luis Uribe Bueno.



Era el himno de otra parte
Al parecer la objeción de nuestra poeta mayor obedecía no sólo a la discutible calidad de la letra sino a su carácter excluyente. Pero la cosa va más allá: nuestro interlocutor, además de contarnos que lo escribirá en un libro de memorias suyas, sostiene que tiene pruebas de que el extinto poeta Jorge Robledo Ortiz ya le había hecho ese himno a un municipio de Antioquia pero ante la perspectiva de una mayor retribución en dinero y reconocimiento departamental, optó por someter su himno original a un reencauche que no le debió tomar más de diez minutos, dada la precariedad y poco hondura de la letra que conocemos y cantamos en todo evento oficial.

En terrenos de la música los reencauches a veces resultan exitosos, como los de la Billo’s Caracas Boys con un porro presuntamente dedicado a Palmira, pero en principio compuesto para Valencia, estado Carabobo de Venezuela.



Un himno excluyente
Dado que en el Quindío confluyeron caucanos, vallunos, tolimenses, santandereanos, cundiboyacences y paisas, la presunta pureza racial o antioqueñidad que han pretendido inocularle al Quindío no solo es excluyente sino también ridícula.

Erigido por unos como “El poeta de la raza” (¡y dale con lo racial!) y rebautizado por otros como “El poeta de la virgen”, don Jorge Robledo Ortiz nos vendió a los quindianos el reencauche donde navegan sus impajaritables adjetivos clisés: heredad, raza, blasón, hacha, tiple, y otras patriarcales acepciones.

Toda razón tienen los calarqueños que se sienten marginados del himno departamental cuando argumentan que no los representa. Hay que recordar que el fenómeno multiétnico de Calarcá, entre otros, fue enriquecedor y definitivo en la formación del Quindío. Aunque en su génesis los inmigrantes no paisas fueron virtualmente discriminados y se concentraron en la histórica Calle de Fusa, al final la integración se impuso y coadyuvó a la prosperidad agrícola y del pensamiento.


Hágame un himno...maestro
Los himnos, escudos y demás símbolos deberían ser despojados de su condición de inamovibles y ser sometidos a las despercudidas que impone el paso de los años, los giros de la historia y las nuevas posturas ideológicas. Miremos, por ejemplo, el escudo de Armenia con su descomunal hacha que apunta en contravía de la preservación del medio ambiente.

Siguiendo con los himnos, vale la pena mirarlos desde la identidad misma. El ritmo de la mayoría, en compás de cuatro por cuatro, pertenece a la marcialidad propia de ejércitos, cuarteles, uniformes y guerra. Contrario a eso, afortunadas excepciones tiene nuestro himnario colombiano: El joropo “Ay mi llanura” del Meta, “Tierra de promisión”, una guabina del Huila y el Bunde tolimense. En ese orden de ideas, el himno del Quindío debería ser un bambuco nuestro; tan nuestro como el tiple que se le encargó al maestro.


Por Libaniel Marulanda
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