Lunes, 19 Nov,2018

General / ABR 17 2016 / Hace 2 Años

Historia del hospital San Juan de Dios de Armenia (I)

Esta  narración se escribió con motivo de los cien años de creación del hospital, saliendo publicada parcialmente en una revista editada por la institución, llegando a pocas manos.

Historia del hospital San Juan de Dios de Armenia (I)

Uno de los bazares en beneficio del hospital San Juan de Dios de Armenia en el cual participaba la gran mayoría de la población. Estos se iniciaron en 1906 con el propósito de recolectar fondos para la obra.

 Quiero contar en estos párrafos no solamente las situaciones que rodearon la idea para darle vida a la institución, sino cómo era la Armenia de comienzos del siglo pasado.

Una noche, una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de música de alas…. cantó el poeta un día, y así en los albores del siglo XX, en una casona situada en la calle de Encima a una cuadra hacia el norte de la iglesia parroquial, en la amplia sala con piso de madera impregnado y  embellecido por el brillo de la parafina derretida, sentada en un amplio diván misiá Rosarito Mejía de Jaramillo ‘Saringa’ como cariñosamente la llamaban sus allegados, discutía con preocupación frente a las figuras del Dr. Alejandro Londoño Bernal y del reverendo padre Vicente Antonio Castaño la situación de la salud de sus coterráneos y la imperiosa necesidad de construir un hospital para prestar a cabalidad los servicios a la comunidad distante a varias leguas de camino de alguna ciudad de más categoría.

 

El villorrio de entonces
Armenia hacía poco había sido elevada a la categoría de municipio, era un pequeño villorrio que se extendía desde lo que actualmente es el parque Cafetero por el sur hasta Corocito (por los predios de la actual U. La Gran Colombia) y desde la actual carrera 12 a la 17.

La calle Real era la actual carrera 14 y a la carrera 13 se la llamaba la calle de Encima y hacia abajo de la iglesia se denominaba la calle de Sevilla, de la actual calle 21 hacia el suroccidente se le denominaba El Chispero, y de Corocito hacia el occidente por donde actualmente se encuentran las Cuatro Milpas era la zona de las “señoritas alegres o la tierra caliente” por donde las damas de la sociedad tenían prohibido transitar.

Las vías eran destapadas con andenes empedrados y pegados con calicanto, casonas de bahareque algunas de doble planta con los balcones salidos con amplias chambranas de madera y las paredes externas decoradas con zócalos, con portones separados para el ingreso de los dueños y de la servidumbre, patio interior y pesebrera incorporada. Había deficiencia en los servicios sanitarios y el agua llegaba a las viviendas por una acequia por donde circulaba además mucha contaminación.

En el marco de la plaza
En la plaza principal fuera de la iglesia estaba el colegio de las Bethlemitas, las casonas del Dr. Alejandro Londoño y su esposa misiá Paquita Mejía, Dr. Joaquín Restrepo y su esposa misiá Irene Puerta, don Juan Mejía B., don Laureano Barrera, don Ricardo Ángel, don Alejandro Suárez con una vivienda como de 3 plantas  que hizo que llamaran la “calle del Gallinero” porque era un parapeto muy horroroso, don Pablo Londoño que tenía en su casa un piano de cola, la casona de las Arias y la de Las Villas “janinas” por lo pasaditas de kilos que eran y por supuesto el Hotel de Polidoro en pintura gris con balcones  salidos enchambranados.

Hacia el terreno donde estuvo la plaza de mercado, en ese entonces era una plaza de ferias con un amplio tanque para bañar el ganado con agua y específico y enseguida de lo que fue el teatro Bolívar estaba el café La Bastilla e igualmente en la esquina de la actual carrera 14 con calle 20 el café Caucayá  que era el sitio donde los caballeros se reunían a hacer sus negocios.

Además estaban el almacén de don Manuel Naranjo que vendía útiles de estudio, la tienda de don Quintiliano Naranjo que era una miscelánea pues fuera de ser tinteadero vendían todo tipo de mecato para darle sabor al paladar, la tienda de don Rafael Ocampo en donde era el teatro Yuldana y en el sitio que ocupa el actual colegio de Las Capuchinas era la fábrica de cerveza de don Juan Nepomuceno Jaramillo cuya fórmula guardaba celosamente misiá Sara Hoyos su querida esposa.

 

La junta del Gualanday
En la plaza principal había varios tipos de árboles, pero uno de ellos llamaba la atención y era un gualanday donde bajo su follaje se reunían don Belisario Ríos, don Manuel Naranjo y otros más a discutir problemas de índole cívico y de ahí que se les llamara “La Junta del Gualanday”; el actual parque Sucre  tenía jardines sembrados por misiá María Valencia y una hermana de Isabelita Jaramillo Hoyos incluida la ceiba actual, allí los domingos se hacían las retretas por parte de don Rafael Moncada y su banda donde participaban sus hijos.

Los doctores Alejandro Londoño, Joaquín Restrepo y Aurelio Botero tenían cada uno su consultorio con su respectiva botica donde se preparaban las fórmulas magistrales.

Posteriormente unos años más tarde donde es el edificio de la actual gobernación se organizó el Club América en una casona de balcones salidos y el primer sitio geográfico del Club Campestre fue por Corocito.

 

La fundación del hospital
Este era el entorno del recién creado municipio, y entonces misiá Rosarito Mejía de Jaramillo como lo expresé al principio de éste relato con su vestido largo a ras de los tobillos, envuelta en su fina mantilla negra y con sus zapatos oscuros con tacón Luis XV, en compañía de los dos personajes de noble estirpe decidieron dar vida a esa idea fantástica de fundar un hospital; era el año de 1906.

Y entonces se discutieron todos los pormenores para recolectar fondos y poder iniciar la obra, se programaron festivales y se hicieron bazares, su majestad la empanada pionera de  tantas obras en nuestra geografía criolla despedía sus aromas invitando a los transeúntes a degustar su humanidad, los músicos animaban los bailes y las damas con sus faldas largas  de colores negro, azul o gris, su chaqueta estilo sastre, el abrigo de paño, sus zapatos de cuero con tacón Luis XV, ataviadas con sus mantillas negras  o los sombreros con velo y en su brazo la escarcela negra, acompañaban a sus esposos, esos señores vestidos de paño con su sombrero de fieltro, corbatín al cuello y en su chaleco la leontina con cadena de oro.

 

El papel de la iglesia
Los domingos el padre Castaño alentaba a sus feligreses, allí las señoras con su manto de encaje unas y las otras con reboso oraban al Altísimo para que la obra no se fuera a truncar y cuando el día se acompañaba del calor del sol muchas se vestían elegantemente de amazonas,  se subían a sus caballos para sentarse de medio lado apoyando su pie en la horqueta del galápago y desfilaban por las calles al lado de sus esposos. Continuará...

 

Por Diego Gutiérrez Mejía. MD.


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