Viernes, 21 Sep,2018

General / NOV 17 2015 / Hace 2 Años

Holocausto del Palacio comenzó en el Quindío I parte

Escarbando entre las extensas líneas que condensaron los folios del informe final de la Comisión de la Verdad sobre el holocausto del Palacio de Justicia, acaecido el 6 y 7 de noviembre de 1985, un dato se desveló: “Mientras se preparaba la toma del Palacio de Justicia, dos comandos diseñaban el ataque al batallón Cisneros de la ciudad de Armenia y el secuestro del general Rafael Samudio Molina, comandante del Ejército”.

Holocausto del Palacio comenzó en el Quindío I parte

El capitán Gustavo García Velandia, comandante de la estación de Policía de Caicedonia, quien murió en la primera emboscada en el sector del puente del río Rojo. Reportes de la época, dan cuenta que el ataque fue comandado por Carlos Pizarro

Sí, hace unos días, el país conmemoraba lo que llamaron toma y retoma del Palacio e innumerables reportes de los medios de comunicación fueron elaborados y replicados, como parte de la rememoración de uno de los episodios más lamentables de la historia de Colombia, sin embargo pocos o ninguno evocaron los antecedentes y los sucesos preliminares que también hicieron parte de esta tragedia, y que tuvieron al Quindío como epicentro.

Sumadas a las víctimas del Palacio de Justicia se deben recordar, entre otros, los fallecidos en la toma a Génova en junio de ese aciago 1985 y el ataque al batallón Cisneros, el 19 de octubre de ese mismo año, los que se constituyeron históricamente como el preludio de lo que fue catalogado como un holocausto.

Junto a todos aquellos homenajes, hoy LA CRÓNICA publica la primera parte de unos informes en los que recopiló reportajes, reseñas y testimonios de quienes experimentaron también las consecuencias de la guerra, la que no ha sido ajena para nuestro territorio quindiano, para que no olvidemos a quienes murieron por esas balas disparadas por hermanos.

 

Rompe tregua, toma a Génova

El 28 de junio de 1985, los genoveses se despertaron  con el estruendo de los tiros que provenían del parque principal. 

Ese día, cerca de las 8:30 de la mañana, más de 100 guerrilleros pertenecientes al bloque Mariscal Sucre del M19 iniciaron los enfrentamientos con la Policía en la plaza Bolívar de la localidad. El intercambio de disparos se extendió hasta las 4:00 p. m., cuando los subversivos se  vieron derrotados por la fuerza pública. 

Hoy, 30 años después, los habitantes del municipio cordillerano recuerdan los pormenores de la toma, que dejó como saldo 21 personas muertas. 

Sentados en el parque, Luis Fernando Franco Ceballos y Orlando de Jesús Orrego recuerdan cómo vivieron esos instantes, el primero siendo un adulto de 30 años y el segundo apenas un adolescente de 15. 

“Desde las 8:30 empezaron a sonar los tiros. Siendo tan temprano en la mañana no entendíamos muy bien qué era lo que pasaba, por  lo que varios de los habitantes salimos a mirar, y nos encontramos con los hombres que vestían camuflado y disparaban hacía la estación de Policía, que quedaba en la parte alta de la estación de Bomberos”, dijo Franco Ceballos. 

El ataque al municipio quindiano fue la primera manifestación del grupo guerrillero, luego de romperse la tregua pactada con el entonces presidente Belisario Betancur en Corinto, Cauca. Dicho cese al fuego había iniciado el 24 de agosto de 1984, día en el que se firmó un acuerdo con el M19, donde se asumían algunos compromisos por parte de ambas partes. 

Sin embargo, en enero de 1985, se declaró rota la tregua, según versiones históricas, a raíz del ataque de un grupo militar a los campamentos guerrilleros y el supuesto incumplimiento de Betancur con respecto a varios de los puntos acordados. 

Así, el primer acto de poder durante ese año fue la entrada a Génova, donde los subversivos pretendían conseguir armas de dotación y dinero, al hurtar las sedes del banco Agrario y Cafetero, ubicadas ambas en la zona aledaña del parque. 

“El dinero que robaron fue poco, ya que en el Agrario se había hecho el cierre semestral y se había trasladado el dinero a Armenia, y en el Cafetero no pudieron abrir las cajas fuertes y no encontraron al gerente para que las manipulara”. 

Según la historia popular, los combatientes fueron hasta la vivienda del gerente del banco Agrario, a quien hicieron correr varias cuadras hasta llegar a las instalaciones de la entidad bancaria. Estando en el sitio, exigieron la apertura de las bóvedas y las cajas fuertes. Para sorpresa de los delincuentes, solo encontraron varias bolsas llenas de monedas. 

“Había como $28.000. Al final del día se encontraron las bolsas a la salida del pueblo. Finalmente, no se llevaron nada, eran demasiado pesadas para cargarlas y no representaban un monto significativo”. 

Con respecto al banco Cafetero, cuentan los ciudadanos, que el directivo fue sorprendido por el tiroteo a una cuadra de su casa y otra del banco, por lo que, en medio del susto, decidió esconderse en una  edificación de la zona, donde se mantuvo todo el día y por eso no pudieron encontrarlo. “Él se quedó a mitad de camino y se entró a una residencia. Los guerrilleros intentaron abrir las cajas pero ni con bombas pudieron. Buscaron por todas partes al funcionario pero nadie sabía dónde estaba. Allí sí  había como $200 millones, pero, de nuevo, no sacaron nada”. 

Igualmente, cuentan que los atacantes se vieron cohibidos al encontrarse con la estación de Policía en la parte alta de los bomberos, pues esto evitó que utilizaran explosivos. “Un guerrillero se montó en una de las torres de la iglesia y cuando iba a tirar la bomba a la estación, los que estaban acá abajo le dijeron que no lo hiciera, que podían causarle daño a los socorristas que se encontraban en la parte de abajo. Por eso fue que finalmente no pudieron con los uniformados”.

A pesar del peligro que representaba salir a la plaza, la gente recuerda que se arremolinaban en las esquinas para observar los enfrentamientos, sin temor a ser alcanzados por una de las balas. “Uno de los civiles que salió herido fue un señor que vivía a media cuadra del parque. La esposa narró que el hombre, apenas escuchó las explosiones, salió de la vivienda diciendo: “a mí lo que me gusta es la acción”. Cuando logró acercarse a la zona de los enfrentamientos, recibió un tiro en una de las piernas”, recordaron entre risas algunos de los habitantes. 

“Yo salí cerca de las 3:00 de la tarde. Recuerdo que la plaza estaba llena de cuerpos de guerrilleros. Yo vi caer a la comandante Tatiana”, dijo Orrego. 

 

                                   Así tituló El Quindiano, en su reporte de los hechos ocurridos el 28 de junio de 1985. 

 

 

Cerca de 21 muertos 

Aunque ningún policía perteneciente a la estación de Génova fue asesinado en la toma, 11 uniformados de Caicedonia cayeron en tres emboscadas que se presentaron en el puente del río Rojo, a la entrada de la localidad. 

“El comandante, el capitán Gustavo García Velandia, era muy cercano al municipio, siempre nos visitaba y era conocido y amigo de todos. Vino a traer refuerzos pero lo recibieron a tiros en el puente, lo mataron a él y a otros tres policías. Luego hubo dos emboscadas más, una patrulla con el teniente Luis Alfonso Cuta Contreras y otros 3 agentes y después una volqueta donde murieron otros 3. En total fueron 11”. 

En la plaza quedaron tendidos sin signos vitales 7 subversivos, entre los que se encontraba una reconocida combatiente y comandante llamada Tatiana. “A ella le dieron varios balazos, pero la alcanzaron a levantar viva. Luego murió desangrada sobre el andén”, contó Orrego, quien aseguró que esta escena de muerte es un recuerdo que permanece en su memoria. 

Indicó que unos días después de la toma, en la vereda La Esmeralda, su hermana encontró el cadáver de un hombre, al parecer guerrillero. El cuerpo estaba sin uniforme ni arma. “Lo que pensamos es que se lo llevaron herido, pero al no poder curarlo lo dejaron tirado en medio de la zona rural”. 

En la lista de víctimas se encuentran tres civiles, entre ellos una menor de edad. Aunque no hay información exacta de esas muertes, dicen que dos de ellos, los hermanos Cagua, fueron asesinados por los soldados del Ejército. “Cuando entraron los soldados, esos muchachos se montaron a un árbol. Estaban todos tapados y el Ejército pensó que eran guerrilleros, los mataron a los dos. Eran jóvenes campesinos y estudiantes, fue una muerte muy triste”. 

En cuanto a la menor, contaron que se encontraba en el río cuando la alcanzó una bala perdida. Su cuerpo fue hallado horas después de terminado el enfrentamiento. 

Durante todo el día se presentaron por lo menos 50 personas heridas, sin contar con los guerrilleros y policías que también fueron atendidos en el hospital San Vicente de Paúl. 

 

 

Un conductor, rehén

Cerca de las 10:00 de la mañana, una buseta de servicio intermunicipal fue retenida por el M19 en la entrada al municipio cordillerano. El vehículo, que venía desde Armenia, transportaba aproximadamente 12 pasajeros, sin contar con su conductor. 

“Bajaron a las personas de la buseta y les dijeron que podían seguir caminando. Les informaron que había enfrentamientos en la plaza y que deberían tener cuidado pero que podían seguir si querían”. 

Por su parte, el chofer fue tomado como rehén para manejar un jeep que había sido hurtado al señor Arlés Arango, en donde pretendían movilizar armamento y combatientes.  

 

 

Fin del combate

A las 4:00 p. m., luego de que un helicóptero del Ejército logró aterrizar en el polideportivo e inició el contraataque, se escuchó la voz de retirada por parte del M19. 

Los guerrilleros empezaron a salir por la zona rural, por donde pretendían llegar al departamento del Tolima. “Apenas llegaron los soldados empezaron a salir del pueblo. En medio del fuego salían por las veredas”. 

Durante la noche se escucharon enfrentamientos en los sectores aledaños. Las autoridades declararon el toque de queda desde las 6:00 p. m. hasta el otro día. 

“No teníamos luz porque dañaron los transformadores, se sentía una paz muy tensionante, estábamos incomunicados. En el parque, sobre el andén, estaban los guerrilleros muertos. Los dejaron ahí hasta el otro día, cuando vinieron los periodistas y el Estado a mirar que había pasado”, puntualizó Franco Ceballos.

 

 

 

 

Testimonio de un rehén

LA CRÓNICA encontró, entre las publicaciones de los medios de comunicación sobre ese día, una entrevista hecha a William, el chofer del bus que fue obligado a servir al M19 durante el ataque al municipio cordillerano. 
Algunos de los testimonios: 

¿Qué le dijeron cuando lo retuvieron?

El comandante me dijo “estuvo de malas hoy”. Yo, riéndome y con nervios le pregunté ¿por qué? Me respondió que iba a tener que movilizar gente en una Toyota que estaba escondida debajo de unos guamos. El carro era de Arlés Arango. Yo le supliqué que no, que no podía porque estaba enfermo, que sufría de nervios y que tenía familia. 

Me dijo: “Vea hombre, mire, yo no tengo un rasguño y llevo 12 años dándole al gobierno y al Ejército. Si hoy estamos de buenas nos llevamos las armas de los policías y la plata de aquí. No venimos por nada más. No vinimos a robarle ese jeep a ese señor, ni la cadena a los pasajeros, ni atracar nada. Vamos por la plata del banco y las armas”. 

Cuando yo le pregunté qué íbamos a hacer, lo primero que oí fue: “yo primero que todo le voy a poner tres escoltas. Que no lo vayan a matar porque nos quedamos sin chofer. Además me da pesar que lo maten, no tiene nada que ver”. 

 

¿Dónde estaba la gente que usted traía en el bus?

Los dejaron ir a pie, los mandaron para las casas y les dijeron: “Váyanse para sus casas y no salgan, porque esto está peligroso. No por nosotros, por la Policía y el Ejército, ellos le disparan a todo el mundo de rabia. Nosotros solo disparamos cuando vemos un uniforme verde o un puesto de Policía. No disparamos a la loca. Pueden ver que estamos charlando con la gente  sin amedrentar ni aporrear a nadie”. 

 

¿Cómo salió usted de todo esto?

Habíamos pasado por una de las emboscadas en el río Gris, cuando, no se de dónde, salió una patrulla del Ejército. No sé por dónde se les habían metido y nos dieron una ráfaga a nosotros, tanto que casi me hacen volcar a mí en el puente. Al jeep le pegaron cuatro tiros. 

Crucé hacía Bola Roja, pensando que ahí estaban los del M19, como habían montado guardia ahí durante toda la mañana. Cuando miré para arriba y vi más soldados, entonces le dije al comandante Pizarro: “Nos van a matar a todos hermano”. Me contestó: “Échele para Génova”. Cuando llegamos me dio la orden de dejar la Toyota a un lado de la iglesia, y le dijo a uno de los comandantes: “Vaya al parque y dé el canto de retirada, pase usted la comunicación para que les llegue a los que están en Telecom. Todos para el monte, la huida hoy es por el monte”. 

El hombre me puso la mano a mí en el hombro y me dijo: “Hermano, voy a hacerlo todo por usted. Vamos a repeler el ataque aquí, mientras que usted le dice a esa señora que lo deje entrar a la casa”. Había una mujer en una ventana que me hacía señas. 

En medio de los nervios le suplique al comandante que me dejara ir. Él me respondió: “Sí, es que lo vamos a dejar ir, espere y verá, es que los soldados están dando ráfaga y si sale ya lo matan”. 

Los tiros me pasaban por el lado, pegaban en la pared. De un momento a otro le dijo a los guardaespaldas míos y a los que estaban debajo de las llantas: “Monte el proveedor enteritico y vamos a darle una ráfaga”, me miró: “Usted se nos pasa por detrás, para protegerlo”, y gritó: “Señora, ábrale la puerta al señor que va a pasar”. 

Finalmente pasé, me encerré en esa casa. Oía el tiroteo como en Vietnam, hasta que se fue disminuyendo el ruido. Entendí que todo se estaba acabando. 

 

¿Hay algo importante que se le haya olvidado contarnos?

Pues algo que quería decir es que esa gente en realidad no es mala, porque ellos no pudieron matar ni a un Policía de los que estaban defendiendo el puesto, por la sencilla razón de que les daba pesar matar a los bomberos. En una de las conversaciones escuché al comandante Óscar, todo bravo, que les dijo que si tenían miedo, que otros municipios se los habían tomado en una hora y que ya llevaban cinco horas dándole a ese puesto y nada, que por qué no les ponían un explosivo y ya.

Entonces uno de ellos dijo: “Mi comandante, ¿cómo vamos a poner una bomba?, si en los bajos están los bomberos, y usted ha dicho que ni Defensa Civil, ni bomberos. Que debemos respetarles la vida a ellos”. Él les respondió: “Sí, eso es así. Entonces síganle dando bala hasta que se entreguen, gríteles que se entreguen o que se rindan. Ellos no tienen refuerzos, que entreguen las armas”. 

 

 


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