Martes, 20 Ago,2019
La Política / SEP 11 2016 / hace 2 años

Jaime Lopera: Sí

No creo necesario invocar mi dolor de víctima que, con mis hermanas, sufrimos por años cuando una bala insidiosa acabó con la vida de nuestro padre en Calarcá. Ese recuerdo quedó atrás y supimos perdonar la irracionalidad de aquella época: en cierta ocasión, en Bogotá, tropecé fortuitamente con el autor intelectual de la consigna “a sangre y fuego” y, después de mirarlo a los ojos y escucharlo, me dije que un político tan competente no sería capaz de repetirla de nuevo.

Jaime Lopera: Sí

Jaime Lopera Gutiérrez.

Así cancelé ese episodio que me hizo ver la naturaleza proactiva de la reconciliación y de la tolerancia para seguir adelante sin rencores. Hoy las cosas son muy diferentes, pero siete millones de desplazados por la guerra desde aquel entonces me hacen ver que ya era el momento de hallar una salida.

Este gobierno lo ha hecho: siete millones de familias colombianas, marginadas, sin techo, sin trabajo, sin protección social, sin educación, deambulando sin norte fijo, están sufriendo demasiado con esta insensata tragedia; necesitan recobrar sus tierras y volver a creer en una vida digna, siempre y cuando el Estado pueda proveerlos de los recursos necesarios para su trabajo, educación, vivienda y salud.

¿Será que no hay piedad para entenderlas? Es necesario ser muy duro de corazón para seguir aceptando una situación tan aberrante. Si se es cristiano, mucho más: porque la paz está en la conciencia de los fieles como dijo el Papa al asumir que los pobres son los más afectados por la intolerancia. En esta homilía hay mucho de consuelo desde los púlpitos que ayuden a resolver la paz.

Es evidente que con el acuerdo de paz no vendrán ríos de leche y miel. No obstante, un solo ejemplo: por extraño contrasentido al menos vamos a ahorrarnos los 18 mil millones de pesos anuales que nos cuestan los 300 guardaespaldas de otro político pues sus presuntos enemigos lo van a coincidir pacíficamente en las plazas públicas debatiendo sus doctrinas e ideologías. 

Al final tampoco queremos ver de nuevo el rostro de la calamidad: durante quince años una emisora, La W, le regaló casas y televisores a 4.500 soldados mutilados por la guerrilla. Ellos aún están ahí, unos con mejor suerte que otros, pero casi todos con limitaciones para su plena autorrealización.

Si una sola víctima más de este horror mundial de amputados se puede evitar (y ya de hecho se está remediando), esa es ya una ganancia inconmensurable para las nuevas generaciones.

 


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